Nicolás Maduro subestimado por la religión opositora

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Entrevistado por uno de sus principales consejeros, el presidente Nicolás Maduro sentencia: La peor política de la Oposición es subestimarme. Y eso que sus rivales son incapaces de lanzar improperios de alto calibre. Si bien en las redes sociales abundan los memes, chistes y videos ofensivos a la majestad presidencial, no es esa la clase de subestimación que da fortaleza a un gobernante despótico. Porque no se requiere el Q.I de Albert Einstein para practicar el terrorismo de Estado, convertir el gobierno en sainete o mentir con desparpajo a sus más fieles seguidores. Sin duda, al Presidente se le ha subestimado negándole su permeabilidad frente a la influencia estalinista cubana y su firme obediencia a los dictámenes de la casta militar que nos gobierna. Por lo demás, la advertencia de Orwell no puede ser más luminosa tratándose de un orden con vocación totalitaria. En tales casos “la ignorancia es la fuerza, la guerra es la paz”. Lo subestiman quienes aún aspiran arrebatos democráticos de parte de los sepultureros de la República.


Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Las elites venezolanas que habían traicionado la democracia en los ‘90 pretendieron enmendar su error y subestimaron a su propia creación del siglo XXI. El resultado fue el bochorno golpista de 2002 y la negación de las señales que anunciaban la vocación totalitaria del régimen en marcha. La mala conciencia hacía su trabajo. A partir de ese momento fueron iluminados por la luz divina que anunciaba la verdad incuestionable: Frente a la crisis venezolana se debe producir una solución pacífica, democrática, electoral y constitucional. La consistencia de tal declaración de principios en realidad descansa sobre una serie de presupuestos que remiten en última instancia a una moralidad más que a una postura práctica objetiva. No sólo se debe ser demócrata, importa además parecerlo. Sólo buenos deseos impregnan las bases sobre las cuales reposa aquella propuesta:

A) El pueblo venezolano, fiel a su tradición democrática, rechaza soluciones violentas o reñidas con tales principios.

B) En Venezuela rige un contrato social, claramente expreso en la Constitución del 99, el cual define las reglas de juego político.

Y C) El pueblo expresará su voluntad inapelable a través del voto. No importa que el dato empírico señale otras opciones, la moralina se impone. Aquella declaratoria, convertida en dogma para los opositores, resultó ideal como doctrina religiosa para almas indispuestas al pecado político. Pero como guía para la toma del poder, resultó una camisa de fuerza. De allí la superioridad política del estalinismo tropical que rodea a Nicolás Maduro: Si lo que importa es conservar el poder, los rollos morales se deben subordinar a la eficacia de los medios para alcanzar el fin ya citado. Por ello no hay subestimación ni aún si se le compara con un cuadrúpedo, sólo hay que añadir: Se trata de animales políticos y esa es su naturaleza implacable.

Nicolás Maduro, Presidente de la República.

El peso del pecado original

Para una democracia que aún debate su pecadillo original golpista, y que a lo largo de sus años no logra desprenderse del tutelaje militar, el dogma electoral no es poca cosa. Las élites nacionales aún no saldan cuentas con el golpe de 1945, menos con el Carmonazo de 2002. Del dilema octubrista pasamos al estalinista, sin acuerdo sobre el triunfo de la civilización sobre la barbarie. A estas alturas, seguimos intentando introducir el elefante en el refrigerador. Esto parece explicar por qué saltan al ruedo tantos defensores de los desaciertos de la MUD: No hay otra cosa que hacer, no es posible rebajarse a la estatura de la inmoralidad castrista aliada al sempiterno militarismo. Postura absolutamente válida y respetable para reafirmarse como secta puritana, pero absolutamente inservible para defender la República de un enemigo perverso. Y aunque los ilustrados venezolanos desean ver cumplidos sus prejuicios, no debería extrañar el surgimiento de sectas paganas, prestas a buscar otro modo de enfrentar el mal. Porque no se puede andar predicando superioridad moral, mientras la sociedad en su conjunto se hunde en el desespero, bajo el peso terrible de la brutalidad exitosa.

La moralidad hipócrita

Y no deja de notarse un sesgo hipócrita en los superiores morales: ¿Qué otra cosa puede pensarse al considerar la famosa segunda pregunta del plebiscito del 16 de julio? Se propició el apoyo de millones de venezolanos (el mandato del pueblo) para que los militares cumplan con su deber. Los puritanos imaginaban un día después festivo. El abrumador apoyo dado a una quimérica restitución del hilo constitucional, con intervención civilizada de los militares, parecía anunciar el fin de un culebrón. Hasta imaginamos un nuevo alto mando, surgido de las entrañas de la institucionalidad, nombres hasta ese día desconocidos, desprovistos de rabo de paja, provocando la rendición de los corruptos sin siquiera hacer estallar un petardo. La República civil y civilizada se habría impuesto, sin la detestable ocurrencia de muertes dolorosas e innecesarias. De una parte se reconoce la imposibilidad de superar la crisis sin el concurso de las armas, pero estas deben participar con disimulo, sin broncas sanguinolentas que puedan acarrear pecados históricos. Cabría preguntarse: ¿Qué habría pasado si algún jefe militar y su tropa decide tomarse en serio aquel mandato, y se produce un reguero de muertos? ¡Yo no fui! ¡A mí que me registren!

Los pacifistas de la derrota

Escuchamos a dos jóvenes diputados opositores, ya sin asombro: “Pueden perseguirnos, pueden tratar de desconocernos y hasta pueden llevarnos a la cárcel, pero nada de eso torcerá nuestra ruta pacífica y democrática”. En otras palabras, se sabe el destino que les aguarda, pero igual transitarán la vía de la derrota. No son suficientes los prisioneros, los perseguidos, los desterrados. Añadir unos más debilitará, ahora sí, a la dictadura hasta hacerla pedir perdón. Con semejante discurso se pretende insuflar ánimo a una población martirizada por el hambre y hastiada de líderes fracasados. Esta propensión al martirio en realidad muestra una concepción absolutamente estúpida de la lucha pacífica que poco o nada tiene que ver con Gandhi, pues ni siquiera se reconoce el universal y legítimo derecho a la defensa. Para muestra, lo dicho por el propio Gandhi: “Quien no puede protegerse a sí mismo ni proteger a sus seres más cercanos y más queridos, o su honor, enfrentando la muerte mediante la no violencia, debe y tiene que hacerlo encarándose violentamente con el opresor. Quien no puede hacer una de ambas cosas, resulta una carga” (M. Gandhi, 2011, p.40). Imbuidos de superioridad moral, los pacifistas de la derrota fijan los límites de su propio fracaso, el enemigo perverso lo sabe: No es cierto que la lucha pacífica excluya la muerte que tanto se evita, y mucho menos que proscriba la autodefensa.

La fe de los idiotas

De algún espacio ignoto en el mundo de la metafísica, los monjes opositores extrajeron la magnífica idea según la cual los sucesivos fracasos deben olvidarse, porque siempre habrá una nueva oportunidad para volver a empezar. De esta manera, los ciudadanos no tienen derecho a la desilusión y menos a perder la fe. La superioridad moral nos asegura la luz al final túnel, el trono de la justicia tras la derrota de los opresores. Ha de ser por ello que no se le debe dar importancia al abandono de la Asamblea Nacional en Caracas, para irse a liberar espacios de poder en Tucupita o San Fernando. Para unos líderes intimidables con el señalamiento de pro imperialistas, o por renegados de la soberanía chavista, es comprensible que se abandone la Asamblea Nacional y se despilfarre todo el apoyo internacional logrado con tanta muerte. Nuestros monjes nos exigen cada vez mayores sacrificios y fe renovada pese a repetir el mismo discurso del fracaso. La moralina no puede permitirse ninguna asociación con el imperio. La sacrosanta soberanía nacional, mil veces violada por los cubanos, en cambio debe ser casta frente a la morbosidad imperial. De tanto pujar por el apoyo internacional hoy nos morimos de eso. Ni escrachar se le permite a los exiliados, salvo que estén dispuestos a desafiar la censura. La religión opositora no permite esta fea y aborrecible práctica de la plebe, pues abochorna a los sumos sacerdotes y nos rebaja al nivel de los bárbaros. ¡Bastantes satisfacciones nos dan estos sumos pontífices, para que también debamos incurrir en ese horrendo pecado! Una rocolera, y detestable por repetitiva, canción de los años ‘70 lo ilustra de modo magistral: “Tu lo quieres es que me coma el tigre”. Y lo peor, luego nos culpan por la desesperanza. Y es que no puede haber mayor fuente de desesperanza que contemplar a quienes podrían encauzar nuestro destino tropezando siempre con la misma piedra, para luego morderse la cola culpando a la abstención causada por los abstencionistas.