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El control del hambre se transforma en votos

martes 17 de octubre de 2017, 17:30h
Por Oscar Medina @oscarmedina1.- Apenas comienza el aluvión de explicaciones y teorías acerca del triunfo del chavismo en las elecciones regionales y el menú contempla todas las opciones: Ventajismo, abuso de poder, amedrentamiento, fraude y todo lo que se nos ocurra. Pero, ¿y si de verdad la mayoría eligió a esos gobernadores?
El control del hambre se transforma en votos
Por Oscar Medina @oscarmedina1.- Que nadie crea en los resultados del domingo 15 de octubre no cambia para nada sus efectos. Sólo la demostración incuestionable del fraude o de las “sospechas” tendría alguna consecuencia. Y eso, en este momento, no está a la vista. Todavía estamos en la etapa del “no puede ser”, de confrontar lo que nos parece inexplicable, de maldecir porque cómo es posible que con el país en ruinas el chavismo haya recuperado votos y se proyecte como mayoría.

La bolsa CLAP funciona como promesa para quienes menos tienen.

La pérdida del estado Miranda ha resultado el mayor golpe a la moral opositora. Este lunes el candidato Carlos Ocariz hizo recuento de múltiples irregularidades, abusos y ventajismo que podrían haber sumado a favor de su derrota, incluyendo un aspecto clave: La ausencia de testigos de la Oposición en momentos importantes, bien sea porque los sacaron violentamente de sus lugares o porque misteriosamente perdieron comunicación con ellos. Lo que dijo es cierto: No hubo disimulo en establecer ventaja ni en obstaculizar el voto opositor. ¿Pero es suficiente para explicar por qué se perdió Miranda y por qué los resultados no fueron los que se esperaban?

En realidad nada es suficiente. En la negación del momento sólo cabe la tesis del fraude, de que inflaron los votos, de que las máquinas son vulnerables y todo eso. Del ventajismo y el amedrentamiento hay evidencia de sobra. De lo otro, nada todavía.

Uno de los argumentos más utilizados por analistas y opinadores en medios y discusiones de café es el ya dicho: En una nación azotada por la inflación, el desabastecimiento, el crimen, en la que el hambre golpea cada día con mayor fuerza, en la que mueres por falta de un simple antibiótico o de una pastilla para controlar la tensión… ¿el chavismo sigue siendo mayoría electoral? No parece muy racional, ¿verdad?

Hace ya unos cuantos años el escritor y crítico literario Domingo Miliani llamó la atención sobre un rasgo de la conducta del venezolano en un ensayo titulado País de Lotófagos: Como masa, solemos inclinarnos a votar por quien proyecta la imagen de mayor fortaleza, por quien nos hace creer que es ganador seguro para no “perder” el voto.

En venderse como ganador el chavismo ha sido siempre muy efectivo. Pero a eso cabe añadirle otro filón: También sabe venderse como proveedor, como la organización en control, como el camino único para muchas cosas. Entre ellas, conseguir alimentos. El Carnet de la Patria, la bolsa -o la caja- CLAP funcionan como promesa para quienes menos tienen. No importa que cada vez tengan menos como consecuencia de las mismas acciones de quienes prometen darle: Usted, aspirante opositor, ¿puede asegurar que no van a castigar a mi barrio si aquí pierde el candidato chavista?

En un chat de periodistas la reportera Clavel Rangel compartió un mensaje de un sacerdote de San Félix llamado Carlos Ruíz. Allí cuenta que, actas en mano, pudo verificar que el chavismo ganó en varias zonas en las que habían perdido en las pasadas elecciones de diputados. Y se pregunta por qué: “Fundamentalmente porque ellos hicieron autocrítica de su derrota y sacaron una respuesta (manipuladora, pero superadora) a su derrota de la AN: El Carnet de la Patria y una poderosa maquinaria de búsqueda de personas una por una. Y así se pueden ganar elecciones con hambre. Es más, cuanta más hambre mejor para el chavismo, porque gracias al tercer elemento que tiene (hegemonía comunicacional) se presenta como el que resuelve lo inmediato: Qué voy a comer hoy”.

Ruíz relata que los electores eran llevados a “certificar” sus votos en los llamados puntos rojos del oficialismo, incluso bajo amenaza. ¿Quién, en esa situación, se arriesga a perder la esperanza de recibir la bolsa de alimentos o el magro beneficio de algún otro programa asistencial sólo por darle su voto al opositor que no cuenta con el respaldo del gobierno central, que no tiene dinero, que no participa en las misiones? A esto el Padre lo califica de ingeniería social para el control de las clases más pobres: “Para entender lo de ayer hay que haber escuchado a tu hijo llorar por comida, que es lo que oyen a diario los hambrientos de Venezuela”.

No se trata, por supuesto, de una explicación concluyente ni suficiente para abarcar toda la complejidad del caso, pero es un elemento a tener muy presente porque tal vez nos toca volver a digerir la incómoda verdad de que, por coacción, por hambre o por lo que sea, Venezuela es más chavista de lo que queremos aceptar.

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