La dictadura y la obligación de votar

Por Omar Noria.- Al acercarse el 15 de octubre, fecha en la que se celebrarían las elecciones para decidir la escogencia de los gobernadores, todavía nos debatimos sobre la pregunta de si acudiremos a votar o nos abstendremos de hacerlo.


Por Omar Noria.- Algunos piensan que votar en estos comicios supone un acto de legitimación del régimen de Nicolás Maduro, de ocultar sus crímenes, su agravada corrupción y violaciones flagrantes a los derechos humanos y, tan funesto como lo primero, legitimar también la ruptura del orden democrático imponiendo una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) ilegítima.

El 15 de octubre debes asumir tu responsabilidad, tú decides.

Estas observaciones alimentan las razones argüidas por una oposición numérica nada deleznable no sólo en cuanto al argumento cuantitativo sino a razones intelectuales, políticas y morales importantes que dibujan a un elector que no está dispuesto a transigir en lo que considera una traición por parte de la MUD de los acuerdos resultantes del referendo consultivo pasado, y soslayar con inocultable negligencia los actos y abusos de poder y la amenaza de sumisión ante la ANC de los gobernadores electos así como la feroz represión de las fuerzas policiales, militares y paramilitares del gobierno de Nicolás Maduro.

La otra Oposición, reunida en la MUD, convoca a votar, reconociendo errores pasados, da una alerta que, en las arengas de Henry Ramos Allup y su estilo tan peculiar, marca con el estigma de colaboracionistas del régimen a los abstencionistas porque sostienen todos, MUD y con ella Ramos Allup que el llamado a la abstención dejará el campo libre al Gobierno para copar el mapa de Venezuela por gobernadores afectos o militantes del Gobierno y que, como efecto perverso, le daría un “baño de verdad” al fraude electoral fraguado desde las entrañas del CNE en las pasadas “elecciones” para la creación y normalización de la ANC.

Y finamente se hace presente el Gobierno y su aparato electoral, excrecencia del régimen, cometiendo toda suerte de tropelías como la negativa a sustituir a los candidatos en las listas de gobernadores de la MUD; además de lucir cínicamente imperturbable frente a la denuncia de fraude por parte de la empresa Smartmatic. Y sumado a ello, un despliegue doloso de propaganda a favor de sus candidatos salidos y pagados de los bolsillos del Tesoro Nacional. Sobre estas tres posiciones y su lectura crítica y preocupada es como quisiera animar, con algo de suerte, las siguientes notas.

El voto una conquista liberal

El siglo XVIII y XIX representaron años de lucha para superar el antiguo régimen monárquico en occidente y la conquista del voto por cabeza, sólo permitido, una vez conseguido, bajo criterios de capacidad y renta hasta bien entrado el siglo XIX para los hombres. Y luego a mediados del siglo XIX y todo el XX, el voto femenino logró imponerse por el trabajo de las sufragistas, no sin grandes dificultades.

Fue entonces en el año 1869 en el sstado de Wyoming donde es reconocido el voto de las mujeres por primera vez; fue una lucha y una conquista lograda por las primeras sufragistas en Estados Unidos cuyos nombres Elizabeth Cady Stanton y Susan Brownell Anthony constituyeron íconos de esta revolución política que se proyectó en los espacios culturales y políticos del mundo occidental logrando imponerse cada vez más a lo largo del siglo XX.

Gracias a ellas y su fundación nacional para el voto de la mujer se logró la realización del voto femenino como un logro sustantivo de la libertad de los modernos y de la democracia, ya con un sentido de mayoridad y completitud universal.

Desde 1789 el sufragio tiene una característica esencial: Ha sido y es un voto individual; no es un voto corporativo, ese cuya representación es exterior a la persona misma pues funciona atado a la institución o corporación o gremio a la que pertenece ese votante y no a su voluntad individual, como por ejemplo, el voto eclesial de los cardenales para elegir al Papa; esa elección se hace por su condición de cardenales; votan por pertenecer al llamado Colegio Cardenalicio y nunca por el carácter uti singuli, esto es, como una persona v. gr.: Jorge Urosa Savino y Baltazar Porras, nuestros Cardenales venezolanos.

El voto en una democracia moderna es un uno numérico que califica a la persona como ciudadano, independiente de su estado social, condición, raza, religión o pertenencia a un partido o grupo político.

El voto reviste una condición de anonimato cuyo correlato es el secreto del mismo. Y vale tanto en cantidad: Uno; como en su calidad, ya seas un barredor de calle o presidente de la república.

Abierto a esta perspectiva, el sufragio es un derecho político sustantivo reconocido por el texto constitucional como cierre jurídico a las luchas políticas que en Venezuela tiene una gesta particular desde 1945, sobre todo con el sufragio de la mujer; de modo que llamar a no votar, tesis sostenida por un grupo de la mayor importancia de la oposición venezolana y la apuesta del Gobierno para triunfar y seguir imponiendo su voluntad totalitaria, devela no pocas contradicciones constitucionales y dilemas políticos irresolubles en el ámbito de la democracia venezolana.

De suerte que la abstención juega a favor del régimen porque sus militantes y afectos lo harán para lograr un poder y control omnímodo con la Asamblea Nacional Constituyente, CNE, y las gobernaciones, además con la obsecuencia del poder judicial a su favor. El abstencionismo suspende el juicio sobre la calidad doctrinal del voto que hemos expuesto someramente, e insiste en el aspecto instrumental del mismo; uno que serviría para consolidar el poder de la dictadura de Maduro y lograr convertir el mapa político venezolano en una homogeneidad gubernamental que aniquilaría, como lo ha venido haciendo, la calidad de escrutinio del sufragio al poder; su evaluación y capacidad sancionatoria de los gobernantes.

Y este es el nudo conceptual del problema que encierra esta abstención; porque partiendo de un examen situacional conformado por razones argumentadas por sectores distintos en su naturaleza política y calidad democrática coinciden, a pesar de sus definiciones ideológicas contrarias, en un resultado que auspicia, sin duda alguna, la devastación del régimen democrático o lo que queda de él.

Para debatir este llamado a la abstención y darle fuerza moral y política al problema se ha planteado de una manera, en mi opinión, no organizada en la pluralidad de la alternativa democrática, un examen de las inconsistencias e incoherencias del liderazgo opositor sumamente importantes y que revestiría una irresponsabilidad mayúscula el no ser consideradas por el sector mayoritario de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Son las paradojas de nuestra democracia y las debilidades de nuestra formación y cultura política. No hay un debate público de pedagogía política y ciudadana, más allá de las declaraciones monádicas formuladas desde los partidos políticos y sus intereses o, en otro orden, de grupos de especialistas en opinión pública y procesos electorales provenientes de las universidades, estos últimos sin capacidad de decisión que constituyen, fundamentalmente, formadores de opinión que lucen insuficientes, no obstante a su encomiable labor para consolidar conductas electorales sustentadas en el voto racional que, a mi juicio, es el requerimiento de capacidad política que exigen estos difíciles momentos de la nación venezolana.

El voto un derecho constitucional

Es el argumento exhibido por el grupo de partidos de la MUD. Admitiendo errores cometidos, sin propósito de enmienda, diría el profesor Víctor Maldonado, buscan con afán el voto de la población. No hacerlo es repetir la torpeza política de dejarle la Asamblea Nacional a los rojos chavistas propuesta por Acción Democrática y otros en el pasado, y que dejó con una escasa o ninguna representación política a la Oposición de entonces.

¿Qué hacer? El voto es una decisión única, individual. Kant en la Doctrina del Derecho lo consideraba un contrato de derecho y obligaciones que el individuo celebra como resultado de la autonomía de la voluntad; de manera que obligar a alguien a votar es una contradicción flagrante que menoscaba su libertad individual, y al hacerlo el acto de votar es nulo y no acarrea responsabilidades morales ni políticas. Empero, en este contexto de diatribas y descalificaciones políticas, es de temer que estas consideraciones no tengan la relevancia doctrinal que merece atender; no obstante que su ignorancia afecta la atmósfera de la naturaleza de esta república en desgracia. Una república es una de ciudadanos. Pierre Rosanvallon, el sociólogo y filósofo francés llama al sufragio como Le Sacre du Citoyen, la consagración del ciudadano que en clave roussoniana sería interpretada en tonalidades de religión civil, esa que amalgama un sentimentalismo moral con un sentido elevado de compromiso cívico por el respeto a la existencia e imperativos de las leyes. Es el oficio del  ciudadano que marca la idea de civilidad de la república, pero hay que construirlo.

Lamentablemente la llamada partidocracia no formó ciudadanos sino mostrencos de ciudadanos, militantes de partidos cuyos sufragios fueron la expresión de una cultura política corporativista obedientes a la disciplina y órdenes de los partidos Acción Democrática y Copei y, en menor orden numérico e importancia, de los otros partidos y grupos de electores. De suerte que las realidades políticas de hoy es el corolario tormentoso de una manifiesta incompetencia y abulia para formular programas y doctrinas de pedagogía ciudadana durante el período democrático. Sed buenos ciudadanos fue más unflatuus vocis que un imperativo categórico.

La disolución de la república o la libertad de las espadas

El intento de golpe de Estado contra la democracia en 1992 por unos felones dirigidos por una logia militar fue la expresión palmaria de la fragilidad del sistema republicano nuestro. Su gestor más visible Hugo Chávez culmina su felonía con la elección como presidente de una república que prometió liquidar. ¡Menuda paradoja! Un Infame “Por ahora”, marca como un tatuaje inefable la pulsión suicida del pueblo venezolano por el golpe militar y sus consecuencias militaristas. Ha sido así desde la conspiración octubrista, para ser breves, del partido Acción Democrática y los militares con el golpe de 1945 hasta las asonadas, rumores de levantamientos, y rebeliones del hoy que nos consume; se busca afanosamente forjar la libertad, como si en la modernidad política se puede ser libre por obligación de las espadas.  Pocos han sido los años de democracia desde que somos un intento republicano. Luis Castro Leiva habló de un militarismo domado, bestialidad hibernal que nunca supuso el triunfo de la democracia en las líneas de su famoso libro De La Patria Boba a La Teología Bolivariana.

Natura non facit saltuum, la naturaleza no se hace a saltos, todo está determinado por hechos precedentes en una suerte de capas que se preceden unas a otras; es lo que enuncia esta sentencia. ¿Qué de extraño tiene entonces que esta patología democrática que padecemos sean los síntomas de nuestra muerte como república a la manera como San Agustín describiera en su Teología las diferentes muertes adámicas, signo del pecado y escatología de la humanidad descarriada? Que Maduro mienta indefectiblemente rompiendo los espejos de la  buena conducta presidencial ¿no es para nuestro infortunio el carácter de la nación, como los cretenses y la paradoja del mentiroso Epiménides? ¿La fidelidad que juró Chávez y sus conmilitones a la Constitución y a las leyes al momento de recibir la espada de honor militar de las manos del primer magistrado no es una mentira monumental? Nido de alacranes diría el general Müller, figura señera del castro-chavismo, educado en una universidad de la democracia venezolana, en una imagen autobiográfica, tal vez, como relato de quien fuera gobernador del presidente adeco Jaime Lusinchi y senador de la República.

Las elecciones y el voto correspondiente no es un evento al que se le concede una importancia mayor a juicio de uno de los candidatos psuvistas a gobernadores de Miranda. El mismo sujeto que habló de mantener al pueblo (llano) en la sempiterna ignorancia y evitar con ello el ascenso social por la vía del estudio y el trabajo creador y productivo que innegablemente fue el triunfo de la democracia representativa.

Una reflexión final

Si el voto signó el triunfo de la libertad política a partir del 1789 con la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, este triunfo abrió los espacios públicos para la realización y consagración del ciudadano en la atinada reflexión de Pierre Rosanvallon en su Histoire Universel du Suffrage en France. La libertad de conciencia, el derrumbamiento de la monarquía absoluta convirtiendo a los reyes en un número más en los procesos eleccionarios, fue el llamado del Veto Real y el triunfo de la república; quitó los privilegios y abusos de poder de una nobleza de toga y espadas en aquellos tiempos, unos que el gobierno y régimen de Maduro repone como una depravación y salto atrás de la democracia moderna que en Venezuela se instaló, no sin dificultades, a partir de 1958. El rechazo de la comunidad internacional, las sanciones económicas y políticas a personeros del Gobierno y al Gobierno mismo, es un juicio que mueve a reflexión y conmociona moralmente a la hora de decidir si votar o no votar. Isaiah Berlin en sus Conferencias sobre la libertad negativa y la libertad  positiva acota que una de las “tragedias” de la libertad moderna es que debes elegir ineluctablemente.

Votar obedeciendo a un principio como realización de ciudadanía atiende a una canónica universal que no es puesta es cuestión; la libertad es un derecho irrenunciable diría Rousseau en El Contrato Social así quieras enajenar tu libertad y hacerte esclavo de otro, sigues siendo libre.

Impedir votar o menoscabar el derecho al sufragio es una rémora de los regímenes absolutistas que comienza a hacer mella en los sistemas democráticos, y hasta en ese híbrido de la Hispania de Rajoy y del rey Felipe VI. El 15 de octubre debes asumir tu responsabilidad, tú decides.