Método cubano: El Gobierno usa a los presos políticos para quebrar física y moralmente a toda la sociedad

Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.- Quebrar física y moralmente todo intento de resistencia, por pasivo que pueda ser, en la población busca consolidar un estado de dominación. Reconocer la Constituyente, ser candidato obligado, recibir la bolsa de los CLAP, es parte del mismo método usado por las dictaduras comunistas en el siglo XX. Usar a los presos políticos busca idéntico propósito, ellos no son el fin, son el medio para enviar un mensaje.


Pedro Benítez.

Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.- Contra Toda Esperanza es el estremecedor relato del disidente cubano Armando Valladares sobre sus 22 años de reclusión como preso político en las cárceles de Fidel Castro. Torturas físicas y psicológicas, trabajos forzados, aislamiento y casi todo tipo de hostigamientos a él y sus familiares llenan las páginas de este libro de memorias.

La ignominia descrita de la que es capaz un régimen político como el cubano contra un prisionero indefenso es de tal nivel, que para un ser humano normal puede sonar inverosímil. La misma impresión se tuvo, por cierto, en Estados Unidos y el Reino Unido en 1945 a medida que las tropas aliadas iban liberando los campos de concentración nazi. ¿Es posible tanta maldad? Y de ser así, ¿con que propósito?

Pero lo cierto es que estos son hechos corroborados y, lo que es peor, responden a una lógica que Valladares, por ejemplo, va descubriendo en su testimonio. Para la dictadura cubana el objetivo último al degradar a los presos políticos no sólo era una cuestión de venganzas personales (que había y hay mucho de eso), el intento de reeducación (otro objetivo), ni siquiera su eliminación final o apartarlos del resto de la sociedad para evitar que la contaminaran; en realidad lo que se buscaba era la humillación personal del preso, quebrarlo física y moralmente, para luego exhibirlo al resto de la sociedad.

El principal logro de la revolución cubana: Haber conseguido quebrar física y moralmente a su propia sociedad.

En esa condición le es más útil al régimen que su eliminación, porque el propósito final es quebrar física y moralmente todo intento de resistencia, por pasivo que pueda ser, en la población para consolidar así la dominación. Esa es la lógica.

Al leer los relatos de los Juicios de Moscú, ocurridos en la Unión Soviética entre 1937 y 1938, contra miembros del propio Partido Comunista, varios de los cuales habían sido leales comunistas que habían instaurado el régimen 20 años antes, se observa exactamente idéntico método. El dictador Stalin buscaba el arrepentimiento público, la humillación del incriminado, su deshumanización. Luego se supo que el zar rojo no lo hacía sólo por una cuestión de morbo despótico, sino como parte de su método de dominación del resto de la sociedad. De hecho, un porcentaje importante la población soviética pasó por lo menos alguna temporada por los campos de concentración de ese país, sin ningún motivo político aparente. Sin embargo, esa era una forma para disciplinar colectivamente.

Otro tanto aconteció durante la Revolución Cultural de Mao Tse-Tung en China entre 1966 y 1968. A las víctimas se les hacía desfilar públicamente para humillarlos y buscando siempre el arrepentimiento público por sus “errores”.

En sentido, los presos políticos no son el fin sino el medio para enviar un mensaje al resto de la sociedad.

Todos los testimonios que se pueden recoger sobre la sociedad cubana de hoy, en particular de la generación más joven, coinciden es describir un estado de ánimo caracterizado por la falta de esperanza. Para el cubano de a pie no hay ninguna expectativa de que nada cambie; peor aún, la imposibilidad personal de poder cambiar algo, incluso la vida individual dentro de la Isla. Por lo tanto, para el cubano su única esperanza es emigrar. Ese es el principal logro de la revolución cubana: Haber conseguido quebrar física y moralmente a su propia sociedad.

La represión política, las tarjetas de racionamiento, los permisos, la restricciones, las confesiones públicas, las palizas a los disidentes, le sujeción completa a la incuestionable voluntad de los jerarcas del régimen, son parte de un mismo y perverso juego.

Con todos estos antecedentes detrás, no parece extraño entonces la insistencia del régimen madurista por obligar, por ejemplo, a que su Constituyente sea reconocida públicamente. No es un capricho. Es un método.

Así pues, no estaba tan descaminada la gobernadora opositora que expresó su determinación de humillarse por su pueblo. El asunto es que la humillación no es un hecho individual, es colectivo.