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Eulogio Del Pino muchos años después frente al pelotón de fusilamiento

viernes 01 de diciembre de 2017, 17:30h
Por Juan Carlos Zapata.- Los audios que grabó antes de que lo detuvieran hablan de otro Del Pino. Delatan otro Del Pino. Un hombre acorralado. Un hombre que se deja engañar. O un hombre confundido que no sabe distinguir entre rumores y verdades. Y un hombre que todavía cree, todavía le cree a su Presidente, y que le basta una palabra de este para acomodarse en el sillón de su casa, enfundarse una camiseta de la Vinotinto, sin sospechar, -la promesa de Nicolás Maduro va adelante-, que los hombres de negro del Sebin tocarán a su puerta, y se lo llevarán.
Eulogio Del Pino, ex presidente de Petróleos de Venezuela.

Por Juan Carlos Zapata.-No parece aquel Eulogio Del Pino que criticó la estatización de las empresas de la Costa Oriental del Lago de Maracaibo. No parece el Del Pino de la política petrolera, de los tiempos con Rafael Ramírez que diseñó el plan de Campo Carabobo de la Faja y que reunió a la crema y nata de la industria mundial. No parece el Del Pino que iba a Moscú, y negociaba acuerdos con Rusia. O el del canje de bonos. O el que realista decía que los precios a 100 dólares no volverían pero que con los recortes subirían 10 dólares, como en efecto ocurrió. No parece el Del Pino gerente. De la imagen petrolera. Formado en aquella PDVSA de la meritocracia. Los audios que grabó antes de que lo detuvieran hablan de otro Del Pino. Delatan otro Del Pino. Un hombre acorralado. Un hombre que se deja engañar. O un hombre confundido que no sabe distinguir entre rumores y verdades. Y un hombre que todavía cree, todavía le cree a su Presidente, y que le basta una palabra de este para acomodarse en el sillón de su casa, enfundarse una camiseta de la Vinotinto, sin sospechar, -la promesa de Nicolás Maduro va adelante-, que los hombres de negro del Sebin tocarán a su puerta, y se lo llevarán. Detenido. Esposado. Y peor. Aún así, imaginando el escenario de que ya no es libre, Del Pino, ex presidente de PDVSA,  ex ministro de Petróleo, todo un poder, al menos en la jerarquía burocrática chavista, elabora un discurso producto del miedo, del terror, y esto no puede tener otra explicación que el sentirse acorralado, y el sentirse acorralado tiene su origen en el conocimiento que posee Del Pino de lo que son  los rigores del régimen cuando se ha caído en desgracia. Cuba, la Unión Soviética. El implacable autoritarismo. Los dirigentes acorralados que se sentaban a esperar el perdón de Stalin, el perdón de Fidel Castro. Un perdón que nunca llegaba. Lo que venía era el paredón. Maduro “me dijo que no cayera en la guerra sicológica de quienes han traicionado la revolución y han destruido a PDVSA”, confiesa Del Pino en uno de los audios que grabó. Stalin también sonreía, Castro también sonreía. Y prometían. No pasa nada. Tú estás seguro. Quédate tranquilo. Y esto ha debido saberlo Del Pino. Que cuando los mecanismos de la purga del poder se ponen en marcha no hay promesas que valgan. Y es así que las víctimas, sabiéndose en desgracia, siguen esperando el perdón, recurriendo al recorrido bajo de la adulación, confirmando que sigue siendo parte del sistema, confesándose “adicto” al proceso, leal al líder y a la causa. “Sin embargo, yo he querido dejar testimonio de que he estado muy orgulloso de estar en las listas de sancionados del gobierno imperialista canadiense. Una lista de sancionados que comparto con mi admirado presidente Nicolás Maduro y con otros compatriotas que hemos estado al frente de esta revolución”. De este modo, aspira a que los vientos cambien. Unos vientos que arrastran lo que ya es incómodo. Lo que ya no funciona. Lo que ya no importa para los planes del poder que se atornilla y que requiere despojarse de adversarios internos, y que con la bandera de la corrupción mata varios pájaros de un tiro, y uno de ellos es ganar credibilidad  y de allí el golpe maestro en el corazón de la industria petrolera. Pero Del Pino no parece entenderlo. Del Pino al parecer no se percata de que Maduro no es el hombre con la misma piel de cuando era parlamentario o sindicalista. Maduro es el engranaje del poder. Y ya lo ha demostrado moviendo piezas en la Fuerza Armada. Moviendo piezas en PDVSA. Moviendo piezas en el PSUV. Moviendo piezas en el Gobierno. Lo ha demostrado reprimiendo, matando. Usando a la Guardia Nacional Bolivariana. Usando al CNE. Inventándose una Asamblea Constituyente. Usando el TSJ para saltarse la Constitución, rompiendo el hilo constitucional. Maduro es el hombre del siniestro Sebin. Y  aún así, Del Pino apela a un argumento que ni al mismo Rafael Ramírez  no le funciona ante un Maduro dispuesto a controlar todos los mecanismos del poder:  Que en este tiempo “privilegiamos a nuestra nación a nuestro pueblo, porque estamos en esta revolución bolivariana…petrolera. Antes de privilegiar el mantenimiento de equipos, privilegiamos que le llegaran medicinas y alimentos a nuestro pueblo. Y nuestra preocupación siempre era que les llegaran esos recursos para poder estar como estamos en esta orgullosa revolución. A todos ustedes les digo: Asumo toda mi responsabilidad como lo hizo nuestro querido comandante Chávez y aquí estaré”. Ni el pueblo. Ni Hugo Chávez. Ni el orgullo revolucionario. Ni los buenos propósitos ya no salvan. Porque la máquina del poder es imparable. De tal manera que el clamor de Del Pino, de que “esta revolución me dé el derecho a la legitima defensa”, tampoco entra en la escala de prioridades del sistema. No es la prioridad de “esta revolución”, como bien dice el otro Del Pino. Este.

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