¿No conoce el infierno?, pase un día en San Antonio del Táchira

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- Inicié el recorrido con cautela. En las calles, la basura parecía haberse incrementado. Al aproximarme a un boulevard pude ver un panorama dantesco: en los recodos, entre los árboles o en los postes, centenares de personas habían improvisado su dormitorio. Utilizaron cartones, colchonetas, papel, chinchorros y sábanas. Eran personas de todas las edades y ya comenzaban a levantarse produciendo imágenes acordes a una película de zombis. Otros habían dormido sobre sus maletas. Comprobé que el señor de los pesos había torcido mi destino sin proponérselo. Si aquello no era el reflejo de una crisis humanitaria, ¿qué podría ser? Pronto alguien aclararía mis dudas. “Esos espacios públicos ya los están alquilando”. Actúan funcionarios que ofrecen resguardo. Es decir, la crisis humanitaria también es crisis de humanidad.


Ezio Serrano Páez.

Por Ezio Serrano Páez @EzioNoc.- En Venezuela el mercado negro viste de verde. Ha de ser inevitable, admitiendo la advertencia formulada por Von Mises: “el culto al Estado es el culto de la fuerza”. Quien albergue dudas al respecto puede siquiera aproximarse a los pasos fronterizos venezolanos: zonas de pillaje, extorsión, robo y saqueo auspiciados por la mano visible de la Guardia Nacional y otros cuerpos armados. Muchos participan jubilosos de una trama, de apariencia bondadosa, pero con un resultado previsible: la liquidación de la libertad, pues, regresando con Von Mises, “el socialismo y el intervencionismo tienen un objetivo en común: subordinar incondicionalmente el individuo al Estado”.

Inicié el recorrido desde El Vigía (Mérida) hasta San Antonio del Táchira estimando unas 5 horas que se fueron estirando. La crisis por el abastecimiento de combustible fue la principal causa de retraso. A lo largo de la carretera, cada estación de servicio implicaba una tranca y por consiguiente un retraso. Aunque no hubiera nada que despachar, las descomunales colas pueden durar días de infame espera. Oda a la eficiencia y éxito de las políticas energéticas de la revolución. 

El precio regulado del combustible es la fuente del bochorno. La norma: sólo 30 litros por vehículo. La realidad: el tanque lleno es negociable con los guardias a cargo. Algunos se conforman con 100 mil bolívares, otros piden 200 y hasta 400 mil. Tras una cola de 24 horas, no faltan los dispuestos a pagar cualquier precio. Los teléfonos inteligentes permiten aliviar la escasez de efectivo y aportan modernidad a uno de los más viejos oficios del mundo: la rapacería. 

Frontera San Antonio del Táchira – Venezuela. Foto: Betty Maldonado.

Así, el recorrido previsto para unas 5 horas desde El Vigía se había trastocado en casi 10 horas distópicos, a lo Mad Max. Si la pasantía por San Cristóbal nos premió con un boceto del infierno; arribar a San Antonio en una tarde moribunda y a final de quincena nos brindaría la ocasión de hacer contacto con el purgatorio. Y no debe extrañar que entre el infiernito inicial y el purgatorio final, con el permiso de Dante, Cúcuta se nos convertiría en el Paraíso o, al menos, latierra prometida.

¿Por qué esta fiebre del viernes por la tarde y no un sábado por la noche, tal como lo recomendara J. Travolta? En San Antonio, y probablementeen otros pasos fronterizos, confluyen factores que se muestran de modo exultante los días viernes de cada semana y más aún en tiempos de quincena: 

1) el flujo de personas que trabajan, de lado y lado, aumenta con el fin de la jornada semanal y el retorno a los hogares respectivos. 

2) El incremento del número de viajeros y emigrantes venezolanos que utilizan los terminales cucuteños. 

3) El incremento de visitantes colombianos los fines de semana, haciendo compras y buscando diversión apoyados en la fortaleza del peso frente al bolívar. 

Este aspecto se traduce para los vecinos en la baraturade los licores, hoteles y el sexo hecho en Venezuela. 

4) Y, finalmente,el factor decisivo para configurar el purgatorio lo constituyela tremenda afluencia de los sobrevivientes venezolanos provenientes del centro y occidente del país. Van con ansias de obtener moneda dura, es la minería del efectivo para acceder al peso colombiano.

 Por allí pasó Antonio Ledezma

“¡Por allí pasó Ledezma!” dijo el conductor del automóvil mientras detenía su vehículo a unas 4 cuadras del puente Simón Bolívar. Caminé  rápidamente entre los ventorrillos, la basura, las aguas servidas, las fritangas y los gritosanunciando glamorosas ofertas. Pero fue inútil. Ya eran más de las 6 de la tarde y el paso había sido oficialmente cerrado. La cita quedó para el día siguiente, a las 6 de la mañana. Se complicaban las cosas, pues los costos del traslado se habían multiplicado por 4, lo cual devoró mis reservas del efectivo necesario para pagar el hospedaje. En tales circunstancias había que retar a la minería del peso: la caza feroz del hambriento y necesitado. Una excesiva demanda para la precariedad de la oferta. 

Inicié el peregrinaje en busca de algún lugar limpio para descansar y domeñar el hambre que pujaba entre las vísceras. Las respuestas dadas por los recepcionistas eran de dos tipos: “No hay habitación disponible” y “me queda una habitación pero sólo aceptamos efectivo o pesos (no funciona el punto de venta)”. Una y otra vez escuché estas respuestas en los 15 lugares recorridos por más de dos horas de caminata con mi morral a cuestas. Visité hoteles, posadas, hoteluchos, muladares, ergástulos y toda suerte de “casas de espanto”. Pasadas las ocho de la noche el tema del descanso había cedido el paso al tema de la seguridad y los peligros inminentes en una pequeña ciudad asediada por la trashumancia. Las calles semioscuras no ofrecían buen pronóstico y los presagiostampoco. Del nivel “necesidad” había pasado al nivel “naufragio”en cuestión de minutos: ¿En qué plaza, calle,iglesia, puesto de socorro, estación de bomberos, o tal vez algún solar, yo podría flotar la noche y amanecer con vida? Regresarme no era opción sin efectivo. 

Volvía desde el extremo oriental del pueblo rumbo a las proximidades del puente, probablemente la última calle por recorrer. No quedaban reductos de fe, pues esta se había diluido entre la semipenumbra y suciedad del ambiente. Pero muchas personas seguían caminando, probablemente buscaban lo mismo. Me encuentro casi de frente con una pareja de apariencia forastera y les pregunto con tono resignado: “¿Saben dónde puedo hallar algún hotel con habitaciones disponibles?”, “¡Allí en la esquina!” fue la respuesta suficientemente sonora como para que la escucharan varias personas que caminaban a mi espalda. Esto me obligó a emplear el resto de energía para acelerar el paso. Lo mismo hicieron mis seguidores, ahora convertidos en competidores de una loca carrera por la habitación deseada. Al llegar a la recepción ya éramos cinco personas dispuestas a formular la misma pregunta al recepcionista. Algo de respeto, o lástima, debí inspirar porque me permitieron ser el primero en preguntar. Aunque sabía la respuesta, estaba dispuestoa montar una mesa de diálogo y no patearla hasta lograr el objetivo:

—Disculpe, ¿tendrá una habitación disponible?

—Sólo me queda una, pero en efectivo. También podemos aceptarle pesos o dólares—respondió el joven a cargo sin siquiera mirarme.

—Puedo pagarle el doble del costo si utiliza el punto de venta. Retruqué señalando al aparato prudentemente alejado del mostrador. Pero eso no lo conmovió. Apenas logré que levantara la cabeza para mirarme con algo de piedad. Lo cual aproveché para hacerle un resumen de mi peregrinaje. Comencé a sentir en mi nuca la respiración de los otros participantes en aquel curioso concurso. Uno de ellos lanzó una temible propuesta:

—¡Tengo pesos! Puedo pagar la habitación con pesos— dijo, mientras sacaba de la billetera su convincente argumentación. En un instante comprendí el sentido revolucionario del concepto “soberanía”. Fue demoledor pero no me di por vencido. Apelé a la manipulación mediática con su carga sensiblera. Saque de mi cartera una vieja pero conservada tarjeta de presentación y colocándola sobre el mostrador le dije al joven recepcionista:

—Tome nota de mi nombre. ¡Si mañana aparezco en las páginas rojas de la prensa local, recuerde que esta noche perdió la ocasión de realizar una buena obra!

No había girado los 180 grados necesarios para dar la espalda cuando el dependiente asomó otra alternativa del tipo Zapatero, en aquella improvisada mesa de diálogo:

—Nosotros acá no leemos el periódico, pero la habitación tiene 2 camas matrimoniales. Usted me paga la mitad con su tarjeta y si el señor de los pesos, si no tiene problemas, me paga en pesos la otra mitad. ¿Qué me dicen?

Aturdido, no respondí nada. El señor de los pesos asintió con su cabeza y eso fue suficiente para que el joven actuara. Me pidió la cédula y la tarjeta. Anotó mis datos y ejecutó la operación en el punto sin demoras. Recuperé mi cédula, mi tarjeta de débito y la de presentación abandonada en el mostrador.

Una noche muy larga

Sin proponérmelo, había tomado el poder: tenía en mis manos la llave de la habitación número 12. Subí la escalera en la dirección indicada, abrí la puerta, encendí la luz y puse a funcionar un ruidoso ventilador. Descargué el morral cuyos 6 kilos ya parecían 15. Respiré profundo y decidí esperar a quienes serían mis acompañantes. Tras 5 minutos de silencio se escuchó el toque a la puerta. El señor de los pesos entró con una enorme mulata que hablaba como niña. No portaban equipaje. Me presenté para romper el hielo, pero fueron muy parcos. Por fortuna salieron casi de inmediato y anunciaron regresar en 2 horas. Rápidamente procedí abañarme para salir raudo y veloz a buscar comida en un restaurantde comidas rápidas con punto de venta. Al llegar, estaban por cerrarlo, pero tuve tiempo de darme un atracón de chatarra.

La sabiduría popular señala que si duermes con niños puedes amanecer sucio. Si lo hacemos con desconocidos, simplemente no hay modo de dormir. Sin poder cerrar los ojos ansiaba despertar de la pesadilla. La pareja entró a la habitación casi a la media noche. Fueron muy prudentes y apenas encendieron la luz del baño. Procuré no ver ni escuchar nada, luego apagaron la luz y se fueron a la cama. Nada podía evitar la tensión reinante en medio de la penumbra. Se escuchaban las respiraciones entrecortadas, era como una grave discusión telepática.

Entre cavilaciones transcurrieron las horas. Me acosté vestido, incluyendo los zapatos puestos. A la mano el cepillo de dientes y la pasta dental. La alarma del celular se escuchó innecesaria. Entré al baño apoyado sólo en alguna luz impertinente que entraba por la ventana. Tome el morral y abandoné la habitación para esperar un rato en el pasillo. Allí permanecí hasta las 5:30 a.m. conjurando los miedos de la calle. 

Despertar en el infierno de la frontera 

Inicié el recorrido con cautela. En las calles, la basura parecía haberse incrementado. Al aproximarme a un boulevard pude ver un panorama dantesco: en los recodos, entre los árboles o en los postes, centenares de personas habían improvisado su dormitorio. Utilizaron cartones, colchonetas, papel, chinchorros  y sábanas. Eran personas de todas las edades y ya comenzaban a levantarse produciendo imágenes acordes a una película de zombis. Otros habían dormido sobre sus maletas. Comprobé que el señor de los pesos había torcido mi destino sin proponérselo. Si aquello no era el reflejo de una crisis humanitaria, ¿qué podría ser? Pronto alguien aclararía mis dudas. “Esos espacios públicos ya los están alquilando”. Actúan funcionarios que ofrecen resguardo. Es decir, la crisis humanitaria también es crisis de humanidad. 

Al aproximarme al puente, el paisaje recordaba el día después de Woodstock. Más basura, gente en las aceras y los temibles funcionarios requisando a las ovejas descarriadas en las calles paralelas. Es la Policía Nacional acudiendo a la pesca del salmón en desove.

Ya frente al marco del puente hay una multitud agolpada. Faltan 10 minutos para las 6:00 a.m., hay silbidos y gritos, cuerpos que se rosan y empujan. Me imaginé en el Puerto de Mariel con los Marielitos. No sólo se trata de cruzar el puente, tal parece que también se busca la libertad. A pesar de ser una mañana bastante fresca hay tensión y sensación de encierro. Me pregunté en voz alta “¿será que padezco claustrofobia?”.“No amigo”, responde una voz, “es Castrofobia. Una rara enfermedad que padecen las víctimas del encierro castrista”.