Tres mujeres y tres asesinatos en el infierno de las ideologías

Por Harrys Salswach.-Etty Hillesum es asesinada el 30 de noviembre de 1943 a los veintinueve años; Gertrud Kolmar es asesinada los primeros días de marzo de 1943 antes de cumplir cincuenta años; Irène Némirovsky es asesinada en julio de 1942 a los treinta y nueve años de edad. Todas deportadas a Auschwitz. Todas escritoras con un futuro truncado, arrebatado pero no acallado por la barbarie monstruosa de las ideologías.Ya sabes que volveré (Galaxia Gutenberg, 2017) es una exégesis de los escritos que Etty Hillesum, Gertrud Kolmar e Irène Némirovsky dejaron en forma de diarios, cuadernos de notas, cartas, novelas, fragmentos de papeles que encontraban en los campos de tránsito o en el propio Auschwitz donde fueron gaseadas.


Por Harrys Salswach.- Es este el libro de una lectora excepcional. La manera en la que la crítica literaria y ensayista Mercedes Monmany (Barcelona) se enfrenta a las páginas de los libros que caen en sus manos es el resultado de una inteligencia, sensibilidad, agudeza, amor y respeto cultivado en el noble oficio de leer. La autora de ese monumental mapa espiritual de Occidente que es Por las fronteras de Europa (Galaxia Gutenberg, 2016) se sumerge en los últimos años de vida de tres escritoras judías, cuyas brillantes y promisorias carreras literarias se vieron aniquiladas por la maquinaria industrial de muerte que fue el nacionalsocialismo alemán, esa calle ciega a la que condujeron a la humanidad los proyectos modernos. No pierda de vista el lector la palabra compuesta para señalar el nazismo. El comunismo-socialismo será ese otro callejón sin salida gemelo que acabará con más vidas. Y se insiste.
Ya sabes que volveré (Galaxia Gutenberg, 2017) es una exégesis de los escritos que Etty Hillesum, Gertrud Kolmar e Irène Némirovsky dejaron en forma de diarios, cuadernos de notas, cartas, novelas, fragmentos de papeles que encontraban en los campos de tránsito o en el propio Auschwitz donde fueron gaseadas. Monmany hace que la lectura de estas pruebas de la vitalidad y sentido —aun ante la más vil de las maldades— brille potenciada por el comentario, el señalamiento, la contextualización, el dato biográfico, la reflexión, la admiración, el conocimiento de la obra y el respeto hacia quienes hicieron de la palabra y amor a la vida refugio y libertad.
Etty Hillesum es asesinada el 30 de noviembre de 1943 a los veintinueve años; Gertrud Kolmar es asesinada los primeros días de marzo de 1943 antes de cumplir cincuenta años; Irène Némirovsky es asesinada en julio de 1942 a los treinta y nueve años de edad. Todas deportadas a Auschwitz. Todas escritoras con un futuro truncado, arrebatado pero no acallado por la barbarie monstruosa de las ideologías. Hillesum estaría un período en el campo de tránsito holandés (y quizás —hasta ahora no es sabido— Etty pudo haberse encontrado con otra diarista llamada Anna Frank) gestionado por judíos en Westerbork, Holanda. Una de esas aberraciones del nazismo: hacer que los propios judíos colaboraran con el orden impuesto por ellos en los países ocupados. Estas tres mujeres y otros tantos supervivientes o víctimas mortales del Holocausto de los que Monmany hace un repaso más que elocuente, se toparon con la dificultad infranqueable de nombrar lo indecible, de utilizar palabras para lo inefable. De alguna manera se acercaron al límite de lo humano, se asomaron al abismo del alma, al oscuro abismo del alma, y lograron fortalecer su existencia y vencer —si tal noción puede ser aceptada— el Mal absoluto.
He aquí que los vínculos con el exterminio comunista se hacen claros. Se echa de menos el acompañamiento de Monmany en Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg, 2017) de Monika Zgustova, sin embargo hay que hacer una salvedad: los testimonios de esta investigación sobre las mujeres en el Gulag soviético fueron recogidos en vida de las víctimas y el margen para intervenir los relatos se reduce ante la imponente e irrefrenable voz de las entrevistadas. Zgustova deja hablar. Escuchar es una manera de honrar  a quien sobrevivió a las peores vilezas. En ambos libros la atrocidad está en pugna con la fortaleza de espíritu de estas mujeres maravilladas por el milagro de la vida aun en las más abyectas circunstancias. Es conmovedor que la literatura, la poesía, la palabra hayan sido la esperanza de estas y muchas de las víctimas del Mal formalizado en las ingenierías sociales que solo traen devastación, hambre, miseria, persecuciones, torturas, sufrimientos y muertes.

La palabra y la memoria ante los verdugos

“Tengo que fraguar una nueva lengua para los acontecimientos y retenerla dentro de mí, para cuando ya no tenga oportunidad de escribir nada […] Tal vez logre alguna vez, mucho más adelante, encontrar un espacio tranquilo que sólo me pertenezca a mí y en el que pueda estar mucho tiempo, aunque dure años, hasta que la vida bulla de nuevo en mí y hasta que las palabras vengan a mí, para dar fe de aquello sobre lo que habrá que dar testimonio.” Escribe Hillesum en su diario en 1942. Y ese testimonio trascendería a su propia contingencia. Cada palabra que diera cuenta del impulso vital sería más poderosa que las ordenes dadas y cumplidas por la zahúrda nazi. Con la misma intensidad vital Kolmar y Némirovsky podrán dar fe de cómo las sociedades pueden verse arrastradas por aguas pútridas que se estacan en lo más íntimo de cada quien antes de desbordarse e inundar todo a su alrededor.
La poeta Kolmar y la novelista Némirovsky ya eran reconocidas por sus talentos literarios. Mundos (Acantilado, 2005) es un libro de poemas de extraña belleza donde hay dolor, mucho dolor ante lo perdido y hermosura reconocida en la naturaleza. Esta extraña fascinación por el mundo natural vinculado a estados intensos del alma en Kolmar hace que su figura sea de una fragilidad desconcertante ante la barbarie que estaba por vivir. “Dame tu mano, tu querida mano, y ven conmigo, / pues queremos alejarnos de los hombres. / Son mezquinos, ruines, y su mezquina ruindad nos odia / y mortifica […] así que huyamos […] con los animales del bosque que no murmuran.” Un rincón del Berlín nazi será el jardín de las maravillas de esta poeta de misteriosa delicadeza. No habrá verso de Kolmer que no sea justamente un agravio a la fealdad que puede generar el ser humano.
Quien haya leído la estremecedora Suite francesa (Salamandra, 2005) experimentará la lenta progresión de la decadencia de un país ocupado por fuerzas malignas, una sociedad que quizás fue vencida por el antisemitismo, un odio mayor que no pudo ser superado por el amor propio. La historia de ese manuscrito que estuvo resguardado e ignorado por décadas en una maleta y que Némirovsky dio a sus hijas antes de ser capturada en París y asesinada por los nazis, es tan sorprendente y dramática como la novela misma. Mercedes Monmany logra estructurar en torno a ella un relato conmovedor que se lee con el ánimo sacudido. Y este es uno de los tantos logros de la autora en este ensayo que es un homenaje a la vulnerabilidad, fragilidad y a la vez fortaleza y voluntad del ser humano: conjugar la pasión por los libros, por la literatura, por la lectura, con las vidas al límite de todos aquellos que se atrevieron a escribir mientras el horror los rodeaba. Entusiasmo, admiración y agradecimiento hacia todos aquellos que dieron su vida y la vaciaron en literatura, en las páginas que llenaron de narraciones, vivencias y poemas porque amaban la vida y, para perplejidad de los lectores, no abrigaron odio hacia sus verdugos.
La memoria se ha encargado de hacer justicia. Es la memoria la que triunfa sobre la barbarie. Monmany acompaña a estas mujeres y guía al lector en el antes, el durante y el después —y es en este último adverbio donde la reivindicación se concreta, porque ese después será un siempre cada vez que un lector abra las páginas de sus diarios, poemarios y novelas— expresando más júbilo que tristeza, más gozo que duelo ante el portento de espíritus libres. Monmany articula, vincula y ordena una ingente bibliografía que gira una y otra vez sobre estas tres mujeres como señalando que la literatura es una comunidad que eleva a los hombres, que los trasciende, que los hace rozar la divinidad, que lo acerca a Dios, que los hace libres y participes de un tiempo que ya no es mera y fatal contingencia. Leerlas es constatar que vuelven, que siempre vuelven.