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Cómo afectan a la banca pública y privada la hiperinflación, las sanciones y los desafueros chavistas

lunes 12 de febrero de 2018, 08:10h
Por Orlando Zamora.- El sistema financiero venezolano en toda su extensión está siendo sometido por factores externos y locales a una prueba de fuego, más dura y compleja de lo que pudiera inferirse a simple vista. Los riesgos operativos como de mercado son palpables.

Por Orlando Zamora.- El Gobierno en cada oportunidad le endosa la responsabilidad del debilitamiento operativo de la banca nacional a las sanciones impuestas por el mundo financiero internacional. Obviamente que el peso de estas medidas comienza a sentirse con fuerza.

Pero en forma alguna constituyen el principal elemento que explica  por qué la banca  local se reduce físicamente, los costos de transformación se expanden por la inflación y las remuneraciones salariales bajas precipitan la fuga masiva de técnicos.

Las instituciones bancarias no pueden afrontar las mejoras y adecuación de sus plataformas sistémicas, por carecer de dólares para esos propósitos. Tales adversidades se traducen en una merma considerable de la calidad de los servicios prestados. Los bancos privados han sido hasta ahora muy prudentes y comedidos.

En medio de una vorágine hiperinflacionaria, el Ejecutivo le ordena al BCV editar digitalmente más ingentes cantidades diarias de bolívares sin respaldo, para cancelar gasto público y bonos diversos, programados de acuerdo a las festividades recogidas en el calendario. Con frecuencias quincenales o mensuales (planes de corte electoral).

Esto tiene un brutal impacto en las taquillas bancarias, en las cuales simplemente no aparece dinero fiduciario suficiente. La liquidez monetaria se ubica en 181,2 billones de bolívares, quince cifras, en tanto que la masa constituida por billetes es mucho menor, tan solo 10,5 billones, es decir 170,7 billones menos. La guerra por los billetes con razón es tremenda. Estos apenas representan el 5,5% de los medios de pagos.

El canal oficial VTV, en el programa de Miguel Pérez Pirela, saca en pantalla decenas de cajeros sin fondos, muestra hasta los entes públicos, quiere señalarlos como autores del desastre, y que se sepa desde el año 1939 los bancos privados no emiten especies monetarias. ¿Quién es el culpable entonces? ¿Quién juega con la confianza de los clientes de Banesco? Hay un uso politiquero de tan delicado tema.

Las decisiones de políticas públicas colocaron al sistema financiero venezolano en el actual trance funcional y operativo. 



Dificultades de la banca pública

No recodaremos la descapitalización en moneda extranjera y el débil soporte patrimonial de la banca. Expliquemos por qué los bancos tanto públicos como privados tuvieron problemas para cumplir a tiempo con solicitudes u ofertas en el Dicom III, y también con el pago oportuno de intereses vencidos de la deuda soberana venezolana.

Mucho antes del llamado bloqueo financiero de la era de Donald Trump, Hugo Chávez, Rafael Ramírez y  Jorge Giordani,iniciaron pasos para abandonar la red bancaria próxima a EE.UU. Por un lado sacaron las reservas de ese país y Ramírez pasa los fondos de PDVSA por el Banco Espíritu Santo, instituto portugués intervenido (Ahora Banco Novo), con escasa cobertura internacional.

Giordani inventa en febrero del 2011, tomando divisas del Fonden, comprar el 49% de un banco ruso regional, conocido como Euro Finance Mosnarbank. El presidente Vladimir Putin promueve este banco conjunto. La estrategia es la de alejarse de los controles gringos. Un año después, Hugo Chávez anuncia la repatriación del 90% de los ahorros en oro.

El banco ruso-venezolano es tan insignificante, que siendo corresponsal de los bancos De Venezuela, Del Tesoro y  Bicentenario, carece en el mundo de corresponsales suficientes, por ello, tiene dificultades para ejecutar todas sus operaciones con la banca pública al no disponer de los necesarios nexos bancarios con los grandes bancos internacionales u otros que trabajan también para  entidades venezolanas privadas. Por esto el desorden operativo es mayúsculo.

La ausencia o “eliminación” en la práctica del uso preponderante del dólar como divisa sine qua non de la economía venezolana, ha impactado negativamente la actividad de las tesorerías bancarias, inversionistas por naturaleza. Esto es también valido para las tradicionales operaciones de inversión del Banco Central de Venezuela, reducido en mucho hoy: básicamente se ocupa de sus operaciones con oro monetario y no monetario.



Dificultades de la banca privada

Pocos bancos privados mantienen estrecha relación con el Gobierno, destacan el BOD y el Grupo Italcambio. El único banquero que organiza actualmente un nuevo banco en Venezuela, bajo las penosas condiciones descritas, es Carlos Dorado. Construye un edificio en Altamira que en algún momento se llamara Italbank, Venezuela. Ya había vendido Eurobanco.

Este nuevo banquero se acercó al Ejecutivo ofreciendo ayuda con el fracasado experimento del “peso paralelo”. También extendió puentes para la contradictoria política financiera del Estado. Recuperó un millón de dólares, retenido por las autoridades cambiarias, mientras se dilucidaba si la exportación de ese monto se ajustaba a la normativa legal vigente, la cual ciertamente había sido cumplida por el grupo cambista. Esta decisión legal repotenció al jefe del referido grupo financiero.

Por cierto, esta historia explica las excelentes relaciones entre el socialismo chavista sui generis y un otrora representante del mundo liberal y por supuesto amante del mercado.

Los problemas informáticas de algunos bancos grandes son notorios, no solo por los millones de transacciones a través de las redes, sino por los tropiezos de sus sistemas, debido a la baja remuneración de altos ejecutivos en computación, que emigran buscando mejor suerte. Muchos promotores de negocios no pueden subsistir con salarios denominados en bolívares de papelillos. Las renuncias del personal calificado suelen ser diarias.

En la práctica, el negocio de las tarjetas de crédito, está hoy estancado. La Sudeban, luego de muchos retrocesos, aprueba el aumento de los topes de los límites de 9 a 36 millones de bolívares; es decir, dinero suficiente para comprar un colchón matrimonial y disponer de un quinto del valor de un televisor grande.

Pareciera que el tráfico de operaciones a través de medios electrónicos es tan elevado por la ausencia de dinero efectivo y por cheques, y en los cajeros entregan en promedio 10.000 bolívares diarios, valor suficiente para pagar un estacionamiento de vehículo. Por esto las operaciones secundarias o personales vía Internet son limitadas para favorecer las transferencias de fondos, donde un millón de bolívares alcanza para adquirir un simple grifo de batea. Este dato  da una idea del complejo panorama.

El crédito bancario está lejos de remontar la cuesta de la hiperinflación. Con 700 millones en un préstamo hipotecario se adquiere tan solo un inmueble edificado por el Banco Obrero en el año 1956.  

Se rumora que el Gobierno quiere eliminar tres ceros al debilitado bolívar, desea unirse al pueblo llano que dice 50 cuando quiere decir 50.000 bolívares. Pero este plan no contempla, y es lógico que sea así por la ausencia de dólares (vitales para todo), que para imprimir un nuevo (e irresponsable) cono monetario se requieren miles de millones de dólares. Tendríamos el disparate de tres conos monetarios a la vez.

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