Las series de televisión son un fenómeno de nuestro tiempo

Por Rafael Arráiz Lucca.- El patrón del mal la seguí por televisión todas las noches en Bogotá (2009-2012). Entonces, el ruido de la calle disminuía, la ciudad entera estaba frente al televisor, hipnotizada. Está basada en el libro de Alonso Salazar, La parábola de Pablo, quien fue alcalde de Medellín y es periodista.


Por   Rafael Arráiz Lucca.-La primera serie que fue un gran éxito y marcó una pauta fue Los Soprano, entre 1999 y 2007; no la vi, pero la literatura especializada la ubica como un hito. Si extremamos la línea argumental, la prehistoria de las series son las telenovelas, un producto latinoamericano típico, para el que Venezuela tuvo grandes aportes en la década de los años 70, 80 y 90. Pero las series de televisión son otra hechura, ya que son grandes producciones donde las inversiones son millonarias y los retornos enormes. Para muchos, las series han salvado a la televisión, que en verdad sin ellas deja mucho que desear, siempre esclavizada por el rating que la obliga a entregar productos de bajísima calidad. Paso a comentar las cinco mejores que he visto.

La primera serie que me pareció deslumbrante fue Homeland, cuya primera temporada es del 2011, y sigue las peripecias de Carrie Mathison (Claire Danes), una agente de la CIA que a su vez es bipolar, lo que le da al personaje un sesgo extraordinario e inesperado: batalla contra el terrorismo islámico y contra sí misma (dejar de tomar sus pastillas y sumergirse en el infierno es lo mismo). Su jefe es el judío Saul Berenson (Mandy Patinkin), quien junto con Carrie se va adueñando de la serie. Por supuesto, el papel que interpreta Damian Lewis, el de Nicholas Brody, es central en la trama. Lo interesante de Homeland es que trabaja con lupa, y sin concesiones, el trabajo de la CIA en el medio oriente, luego en Berlin y, también, en su sede de Langley (Virginia). Las primeras cuatro temporadas fueron las mejores, las últimas han girado alrededor de Peter Quinn, el agente que ha sufrido lesiones cerebrales, y la verdad es que ha decaído sustancialmente. Creo que el tema central se agotó. Hay que saber cuándo terminar y no extender la historia más allá de sus límites. Los grandes toreros saben cuándo cortarse la coleta.

Eso fue precisamente lo que hicieron los productores de Downton Abbey (2010-2015, seis temporadas) y, cuando entendieron que aquella trama no daba para más, terminaron con la serie. Lo primero que se agradece de esta serie es su impecable producción, las formidables actuaciones de actores y actrices británicos, la absoluta ausencia de violencia explícita, la belleza de los ámbitos. En suma, el interés que puede despertar la vida de los nobles ingleses en un momento en que su mundo está por desaparecer, entre la segunda y la tercera década del siglo XX. Los personajes más interesantes son el mayordomo de la casa, Charles Carson (Jim Carter), y la condesa Violet, interpretada por esa cúspide de la actuación que es Maggie Smith. Carson es más ortodoxo que los dueños de la casa, más conservador que nadie, mientras la vieja Violet, desde su zamarra ancianidad, suele estar por encima de lo subalterno.

Las subtramas son hechos, por lo general, menores, el meollo no está allí, sino en la actuación, en el sentido del misterio que los británicos han desarrollado como nadie, en las sutilezas, en los detalles, y en el contraste luminoso entre la vida de los señores de la casa y la servidumbre, mucho más emocional de lo que las visiones maniqueístas suelen creer. La serie es un tratado sobre las formas, sobre su importancia y su futilidad, así como es un expediente sobre el buen gusto y la sobriedad de los ingleses. El contraste entre los problemas de los de arriba y los de abajo, es la perla de la serie. La disfruté enormemente. Siempre tuve la sensación de que entrelíneas había más sustancia que lo evidente.

El patrón del mal la seguí por televisión todas las noches en Bogotá (2009-2012). Entonces, el ruido de la calle disminuía, la ciudad entera estaba frente al televisor, hipnotizada. Está basada en el libro de Alonso Salazar, La parábola de Pablo, quien fue alcalde de Medellín y es periodista. Lo primero: la formidable producción, sin nada que envidiar a cualquier trabajo de nivel internacional. Lo segundo que puede ser lo primero: la actuación excepcional de Andrés Parra. Logra una identificación tal con el Escobar de la vida real que deja claro que esto solo puede lograrse estudiando muchísimo al personaje. El elenco es muy grande y con desempeños satisfactorios en casi todos los casos, pero el trabajo de Parra es la “joya de la corona”. Por supuesto, es un curso intensivo de historia contemporánea de Colombia, un país que vivió durante décadas interpelado por los narcotraficantes y la violencia más descarnada. Colombia es un país entrañable, con sesgos escalofriantes, y aquí está retratado.

Borgen es una serie danesa cuyos productores fueron los primeros sorprendidos con su inusitado éxito en el mundo. Con tres temporadas (2010, 2011, y 2013), la serie concluyó para siempre. Es una joya sorprendente, presidida por el personaje de Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen), primera mujer en alcanzar a ser primer ministro de Dinamarca, en la ficción, naturalmente. Borgen es el palacio (modesto) donde residen los tres poderes públicos de Dinamarca en la realidad, y el epicentro ambiental de la serie. Borgen es un tratado sobre el régimen parlamentario danés, la importancia de los medios de comunicación en el mundo democrático moderno, y la incidencia radical de la vida personal de los actores políticos en la vida pública. Todo lo que les diga será insuficiente para ponderar esta maravilla de serie que ya ha sido transmitida en más de 50 países alcanzando un reconocimiento unánime.

Y, last but not least, un prodigio de la producción española transmitida por la televisión catalana:Merlí. Es decir, el nombre de un profesor de filosofía en bachillerato llamado Merlí Bergeron. Lo primero: es una inédita indagación en el mundo de los jóvenes catalanes que estudian el último año de bachillerato, junto con las tramas sentimentales y profesionales de los profesores. Todo lo que ocurre está tratado con inteligencia, con profundidad, con muchísimo humor, con dulzura, es una verdadera alegría seguir un trabajo de esta catadura. Y uno se pregunta: ¿Por qué no seguir indagando en otros mundos distintos al policial, al terrorismo, a la violencia? ¿Por qué no seguir indagando en la vida cotidiana de la gente, si allí brillan los tesoros más preciosos de la condición humana?

Van tres temporadas de Merlí (está en Netflix), y ojalá sus productores sepan cuando detenerse. El esquema no da para mucho más, pero ya lo que han hecho marca un hito, al menos en el gusto de este televidente que en las noches, cansado de dar clases, leer y escribir, se concentra en la vida de los otros, que transcurre en el televisor.