Sangre, sudor y lágrimas para cruzar la frontera de Venezuela a Colombia

Por Ezio Serrano Páez (ALN).- A diferencia del éxodo cubano, el de los venezolanos no ha contado con la preponderancia de los balseros. Pero ello no significa ausencia de peregrinaje, dolor, humillaciones y muerte. Los venezolanos convertidos en los parias del siglo XXI, son la herencia del socialismo de la misma época. Los relatos de violencia y crimen en los cuales se involucran ya se hacen frecuentes en la prensa local cucuteña. En las rutas entre las ciudades de Mérida, San Cristóbal (en los Andes) y Barinas (en los llanos) ya existen bandas especializadas en el asalto de transportes de personas.


Por Ezio Serrano PáezALnavio.com (ALN).- La última alcabala, como las otras que se dejan atrás entre Caracas y la frontera, para sortear el paso hacia Colombia, está plena de suspicacia, cacheo y atropello. De esto da fe una enorme fila de personas ansiosas para cruzar el puente Simón Bolívar que conecta San Antonio del Táchira con Cúcuta. Se trata de los viajeros, los que se van bien lejos. Procuran el sello de salida en sus pasaportes. Muchos han dormido lo más cerca posible de las taquillas para afrontar el tormento de una larga espera. Hoy no hay sistema, y eso implica horas de espera agobiante bajo un sol que suele ser eléctrico. Cuando no hay sistema, las aguas se revuelven para que los gestores salgan de pesca. Según un funcionario de inmigración, el 95% de los que por allí transitan tienen algo pendiente con la ley. Señal inequívoca de la estima inspirada por los usuarios de aquel servicio. A pocos metros, los guardias, “enemigos” declarados del contrabando, requisan de modo aleatorio. Imposible revisar a todos. ¡Mi número salió sorteado! Una oficial me pide colocar el morral sobre la mesa. Lo palpa minuciosamente, luego lo abre para introducir las manos en el amasijo de ropa revuelta.

Una enorme fila de personas ansiosas cruzan la frontera entre Colombia y Venezuela / EFE: Schneyder Mendoza

– Siga, me dijo sin mucho afán.

Y me agregué al torrente humano que se atropella. Al final del puente, la gente comienza a reagruparse. Se libera la ansiedad contenida. Es la hora de las historias individuales, tan variadas como las personas que hacen sus relatos.

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