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Así es el sexto sentido de un periodista llamado Rafael Poleo

viernes 29 de junio de 2018, 10:10h
Por Juan Carlos Zapata @periodistajcz.- “Yo no me entero. Me doy cuenta”. Esto lo resume todo. O casi. Y aquí Rafael Poleo explica de qué se trata. Es una expresión con toda una carga. Una filosofía. Si se conocen la historia, el ambiente y los personajes, “se crea un sexto sentido” que hace posible “darse cuenta” de lo que está ocurriendo y de lo que puede venir. ¿Cómo se hizo periodista Rafael Poleo? ¿Quiénes fueron sus maestros? Aquí lo cuenta.
Así es el sexto sentido de un periodista llamado Rafael Poleo

Este es Rafael Poleo. ¿Usted me reconoce? ¿Usted lo reconoce? Polémico. Incisivo. Preciso. Periodista, editor. El último de los editores venezolanos. De los de verdad. De aquellos que lo hicieron todo por vocación. Formado por otros dos editores que eran amigos y resultaron en enemigos irreconciliables, Miguel Angel Capriles y Armando de Armas. Poleo, hecho a sí mismo. Sin academia. Más bien critica a los periodistas de universidad pues Poleo afirma que “que el periodismo es un oficio para superdotados al cual los infradotados ocurren desde que se fundaron las escuelas de periodismo, porque es de lo más fácil para graduarse y de lo más difícil para ejercerlo”.


Ahora Rafael Poleo escribe un libro. ¿Memorias? No. No en el estricto sentido. Sin embargo hay mucho de ello. De historias. De detalles de la historia. De hechos determinantes. De personajes. Poleo conoció a todos los presidentes que gobernaron Venezuela desde 1945 hasta 2012, desde Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos, Marcos Pérez Jiménez hasta Hugo Chávez. No es que los trató. Los conoció, y anótese la diferencia. Pone la piel de gallina pensar en lo que Poleo escribe, de qué escribe y sobre quiénes escribe. Porque Poleo ya ha cumplido 80 años. Y ha vivido. Miren que ha vivido. Si a los 23 –él dice 24- Miguel Angel Capriles le encomendó la dirección del diario El Mundo. Y luego De Armas la responsabilidad de darle forma a lo medular del Bloque De Armas, 2001, el primer diario a color de Venezuela.

De pluma ágil. De conversación todavía más ágil y mena. Echador de cuentos. Hilados. Entrelazados con anécdotas. De hechos. Unos sabidos por boca de otros. Y unos vividos. Con mandatarios. Con empresarios. Con banqueros. Y están los vividos en carne propia. Con las debidas consecuencias. La cárcel. El exilio. Y están los hechos leídos. Pues en este punto se establece también la diferencia. La lectura. ¿Quién le resta a Poleo la condición de lector apasionado y aventajado? Todo se mezcla. Y una conversación con Poleo posee –puede que sí- la gratitud de las mil y una historias vertidas como lección y escape, entretenimiento y cultura general.

Este descendiente del mariscal Antonio José de Sucre –hasta en esto marca diferencia- sigue manejando la revista Zeta y el diario El Nuevo País ahora en versión digital, (la situación de la “Venezuela impresa” es conocida), desde el exilio, en Mami. En Zeta marcó época con la columna Péndulo. Y en el diario con el Corto y Profundo. Un mini texto, para qué más, en el cual no aborda hechos –que también- sino la pista de la anticipación. Y hay que reconocer que fue el primero en adelantarse a las negociaciones entre Estados Unidos y Cuba. La experiencia y el conocimiento de la historia, los personajes, los antecedentes, los escenarios, las motivaciones, los intereses de hombres y países, corporaciones y grupos, le permiten “darse cuenta”. En este punto hay una marca. Es más que instinto. Y en este sentido, Poleo sentencia:

-Yo no me entero. Me doy cuenta.

Y esta es una expresión con toda una carga. Una filosofía. Si se conocen la historia, el ambiente y los personajes, “se crea un sexto sentido” que hace posible “darse cuenta” de lo que está ocurriendo y de lo que puede venir. Es el sexto sentido del detective. O del científico que experimenta, que metido de lleno en los ensayos, va “adivinando” por dónde tiene que orientar la investigación hasta demostrar lo que busca. El científico experimenta día a día. El periodista como Poleo mira, observa, escribe, analiza, conversa, todos los días. Ahora también lo hace en el Twitter. Porque el Twitter impone disciplina y economía en el lenguaje. Es como aprender a escribir, otra vez. Y es la economía que aplica en Corto y Profundo. Y es, en verdad, corto y profundo lo que escribe Poleo en el diario.

Aquí está Poleo. De carne y hueso. Contando. Diciéndonos que de niño quería ser marinero. Médico. Y torero. Y hasta siquiatra. “Lo primero fue geográficamente imposible, de lo segundo me disuadió mi hermana mayor, quien me sacó por las orejas cuando me entrenaba en el Parque de Los Caobos. De la Psiquiatría me salvó una repugnancia por los cadáveres, que me impidió estudiar Medicina”. Resultó periodista. Y con la decisión ganó el periodismo.

-¿Cuándo comienzas como periodista?

-A los diez años, cuando estudiaba quinto grado en el viejo Colegio "La Salle", de Tienda Honda a Santa Bárbara. En papel del cuaderno escolar hacía un periódico manuscrito llamado El P-40, como un avión de combate en la guerra de China. Allí tuve mi primer choque con el poder, por comentar la conducta impropia de un religioso. Debo decir que el director, el hermano Gabino Luis, intervino sobre la marcha y el sujeto fue expulsado de la orden. Profesionalmente empecé a ejercer al caer la dictadura en 1958, haciendo cables, como se llamaba la información internacional, en un diario que sólo circuló ese año y escribiendo artículos de opinión regularmente en Últimas Noticias, al lado de políticos como Luis Herrera Campins, Domingo Alberto y José Vicente Rangel, todos interesados en hacerse conocer. En febrero de 1959 me invitaron a un seminario en la Universidad de Columbia, junto a las lumbreras del periodismo nacional. No merecía estar en ese lote. El periódico donde trabajaba acababa de cerrar y otros asistentes al seminario, directores de medios, me ofrecieron trabajo. Simón Alberto Consalvi me ofreció llevarme a Momento como Jefe de Redacción y publicar mis artículos de opinión en Panorama, pero me sedujo la imaginación de Oscar Yanes y la cultura de Sergio Antillano, quienes me convencieron de irme con ellos a la Cadena Capriles. Para entonces mis lecturas las conducía Plá y Beltrán, que publicaba sus críticas literarias en todas partes. Una vez caminábamos frente al Capitolio y Plá entró en una librería. Salió de ella con un ejemplar del Ulises y me dijo: "Esto tienes que leerlo y releerlo". Pero mi hermano mayor en el oficio fue Paquito Villanueva Berrizbeitia, "Telemicros", un humanista bohemio a quien todos querían y admiraban, con quien desarrollé una amistad fraternal que duró hasta su muerte. Paquito se tomaba el trabajo de recortar mis artículos ya publicados y dejarlos corregidos en mi casa cuando yo no estaba. También aprendí mucho de su padre, el cultísimo alavés Francisco Villanueva y Lope de Uralde, quien me hacía pasarle en máquina sus artículos escritos a mano, haciendo pausas para explicarme por qué aquello lo decía así y no de otra manera. En esos tiempos, el periodismo era el oficio en que se ganaban la vida los hombres de letras.

-¿Los inicios fueron por vocación o por necesidad?

-De niño soñaba ser marinero en el Sur de Asia, torero o periodista. De adolescente consideré ser psiquiatra. Lo primero fue geográficamente imposible, de lo segundo me disuadió mi hermana mayor, quien me sacó por las orejas cuando me entrenaba en el Parque de Los Caobos. De la psiquiatría me salvó una repugnancia por los cadáveres, que me impidió estudiar medicina. Así, mi curiosidad por todo me llevó al periodismo, mucho más peligroso que todo lo anterior y peor pagado. Pero debo decir que el periodismo me permitió vivir con sencilla holgura, porque el oficio se me dio de inmediato. Por cierto, jamás me gradué. Siempre odié ir a clases. Me desesperaba la lentitud de ese aprendizaje. Preferí leer, leer y leer, incluso textos universitarios como los que publicaba el Fondo de Cultura Económica, así que debo mucho a la institución universitaria. Los muchachos de entonces leíamos mucho y bueno. También tuve profesores inolvidables, como Elio Gómez Grillo, quien aceptó mi escasa disposición para oír clases y me regaló Cómo estudiar y cómo aprender, del psiquiatra Emilio Mira y López, cuya Psiquiatría Básica me era familiar a los veinte años. Otro profesor que me dejó huella fue José Alberto Velandia, quien puso en mis manos Venezuela, política y petróleo cuando Rómulo Betancourt acababa de publicarlo, y me alertó contra el dilentantismo que por mi curiosidad siempre me amenazó. Más adelante aprendí mucho de Everett Bauman, notable periodista que tradujo al inglés Venezuela, política y petróleo y Santiago Blanco, un publicista de hábitos refinados que en muchos aspectos actuó como hermano mayor. También de Luis Villalba Villalba, quien, para dar un ejemplo de su original pedagogía una vez tropezó conmigo en la calle y al ver que era yo me espetó, con voz de regaño: "¡No seas el Rufino Blanco de tu generación!". Cuando se me van los tapones recuerdo eso y corrijo la figura.

-Cómo te formaste. Qué leías en la juventud.

-De niño adquirí el vicio de la lectura, con preferencia, hasta ahora, de temas históricos, especialmente en biografías. Pero detesto la novela histórica desde que a los catorce o quince años, admirador de Richelieu y Mazarino como los creadores del Estado francés, les vi convertidos en villanos por Alejandro Dumas. Es que la novela histórica deforma la imagen de figuras históricas y la mayoría de la gente se compra esa imagen deforme, como la que han hecho de Simón Bolívar. Se crea así en la imaginación popular una Historia paralela que desorienta a los pueblos al distraerlos de la verdad. Eso se agrava porque los latinos, arrastrados por nuestra naturaleza apasionada, somos incapaces de escribir biografías. O insultamos sin justicia o elogiamos sin límite. Salvo Liévano Aguirre, aunque un poco recargado, no hay una biografía objetiva de Bolívar escrita en español. La mejor a mi juicio es la de John Lynch cuando era director de la escuela de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Londres, con la añadidura de que también escribió la de San Martín. Leyendo las dos tienes una visión real del nacimiento de estas repúblicas, necesaria para comprender por qué son como son.

-Con Miguel Ángel Capriles aprendiste a hacer periódicos. ¿Cómo fue ese proceso, a qué condujo?

-Miguel Ángel puso en mis manos El Mundo, un vespertino que paralizaba el país todas las tardes, cuando yo no había cumplido los 24 años. En un año el periódico había reventado a cuatro directores y yo lo dirigí cuatro años. Me fui porque Miguel Ángel fue arrastrado a un complot injusto y absurdo para derrocar al presidente Leoni. Allí aprendí a dirigir periódicos. Miguel y yo estuvimos disgustados unos años hasta que caí preso por algo publicado y la Cadena se dedicó a defenderme. Cuando salí, mi abogado, Morris Sierralta, me dijo: "Miguel Ángel está esperándonos para celebrar". Fuimos directo a la Cadena y de allí salí con la promesa de escribir una columna diaria, En "Este País", que duró quinces años, hasta que fundé El Nuevo País y pasé a publicarla allí. Pero la amistad siguió, cada vez más estrecha, alentada por una animada relación intelectual que muchas veces condujo a importantes hechos de la política.

-Rompiste con Capriles y luego trabajaste con su exsocio y enemigo personal, Armando De Armas. ¿Cuál fue el aprendizaje con este?

-De Radio Caracas Televisión me fui tras dirigir seis años sus servicios informativos y comentar la política nacional e internacional cada noche en El Observador Creole. Trabajar con los Phelps fue fácil, porque son gente muy decente, y mi contacto con la empresa fue un gerente acorde a eso, Alfredo Ferrara. Pero Marcel Granier desbordó al propietario, Peter Bottome, y empezó a presionar en favor de su proyecto político, aquello de Roraima. Armando de Armas, quien había roto con su socio Miguel Ángel Capriles, me contrató para que le hiciera un bloque de periódicos. Así fundé 2001, el primer periódico a color que se publicó en Venezuela. Armando me trató espléndidamente y yo le construí su bloque de publicaciones. Armando y Miguel Ángel fueron dos talentos extraordinarios, personalidades riquísimas con caracteres diferentes que se complementaron en una asociación que empezó en la adolescencia y se rompió en la madurez. Sus biografías son una sola y lamento no tener tiempo para escribirla, porque se entendería mejor el mecanismo social venezolano.

-También rompiste con De Armas

-Después de una ruptura con Armando, innecesariamente violenta, provocada por mí en una crisis existencial que puedo resumir como una reacción mía ante el efecto corruptor del éxito -de esas he tenido varias-, Armando recuperó mi amistad y debo decir que sus consejos me ayudaron muchísimo en momentos cruciales de El Nuevo País.

-¿En qué momento decides ser editor? ¿Por qué?

-Dada mi naturaleza independiente eso era inevitable. No me acomodaba al concepto del periodismo como negocio. Una secreta dimensión poética, como casi todo el mundo. Cierta vocación épica, lo cual ya es menos corriente. Algunas personas la calaron en un mundo que ya desapareció. Sofía Imber y Pedro Pablo Aguilar, personas bien distintas, me ruborizaron al comentarlo, Sofía porque vino a sus manos unos textos míos que un amigo publicó en forma casi clandestina y Pedro Pablo ante una edición de Bohemia, revista que resucité y dirigí trabajando para De Armas, en el cual se me escapó un gazapo íntimo. El propio Armando cuando redactábamos un comunicado de los editores el año 2000, y en su peculiar manera de penetrar las situaciones, me espetó: "¡Tú no eres un empresario!". Y Jaime Lusinchi, discutiendo sobre la guerra de Las Malvinas, entre respetuoso y frustrado me dijo: "Tú no eres político, eres un poeta". (Respetuoso no conmigo, sino con la poesía).

-En el mundo ya no quedan editores.

-El periodismo, que como digo arriba fue un ejercicio épico, es ahora un negocio corporativo. Pienso que esa es una de las causas de la decadencia del periodismo: la gente ya no lo respeta porque ya no es un defensor de sus intereses sino de quienes cubren sus enormes costos. Algo similar pasa con los partidos políticos. Es la crisis del sistema democrático, que ya no satisface a las mayorías.

-Has fundado diarios y revistas. ¿Te sientes el último editor de Venezuela?

-Puede que sea el último, pero eso sería una casualidad. Quizás lo sea por inadvertencia, porque no me di cuenta de que estos tiempos no admiten una conducta romántica. En 1972 fundé 2001 para el Bloque de Armas. Pero estaba incómodo con mi éxito, esa morisqueta paradojal que muchas veces resulta un horrible fracaso. Por esos días proyectaban Zeta, una película de Costa Gavras sobre un fotógrafo de prensa que registra en su cámara la toma del poder por los coroneles en Grecia los años sesenta. Llevé a verla a Rafael Chimaras, un fotógrafo excepcional que dejó el oficio, y le dije: "Esa es una cámara Hasselblat con motor. Te compraré una y haremos una revista llamada Zeta para decir la verdad hasta la última letra". Eso hicimos. Fue un éxito desde el principio. Zeta condujo a El Nuevo País el diario que es su hijo y que lleva nombre alusivo a que cuando lo fundé, 1988, se sentía el fin de una era en Venezuela, por agotamiento del proyecto democrático impulsado a la caída de Pérez Jiménez. Al día de hoy, interrumpida la impresión porque el régimen no nos da papel, desarrollamos las ediciones digitales elnuevopaís.net y revistazeta.net. Volveremos a imprimir en cuanto sea físicamente posible. Por cierto, Zeta y El Nuevo País siguen siendo mías 100 % y no tengo ni deudas ni socios ni perrito que nos ladre.

-Tomando en cuenta lo que has vivido de cerca, ¿cuál crees que ha sido la mejor época del periodismo en Venezuela?

-La misma de la honrada democracia burguesa, cuando los líderes eran Betancourt, Caldera, Leoni, Villaba, Prieto, Uslar, etc. Cuando ciudadanos como Juan Pablo Pérez Alfonzo cuidaban del interés nacional y héroes civiles como Arnoldo Gabaldón entregaban su vida a erradicar pestes como el paludismo. Cuando había hombres de Estado que eran poetas, como Andrés Eloy Blanco. La era preindustrial. En el mundo industrializado los costos ponen todo en manos de los muy ricos. Cada vez hay menos sitio para el hombre libre, y lo más triste es que este pierde la libertad sin darse cuenta, entregada a cambio de un confort personal que sólo se le da en préstamo. Ya no se puede vivir como yo he vivido. Uslar Pietri me lo dijo en su casa una tarde de domingo, que es la hora de visitar a los viejos, cuando se van los nietos y él se queda solo: "Usted ha vivido como usted ha querido" Esa conversación comenzó cuando a propósito de mi propio envejecimiento le pregunté cómo es eso de envejecer.

-¿El poder en Venezuela siempre ha respetado la libertad de expresión?

-Jamás lo ha hecho, unas veces por necesidad o torpeza y otras porque lo ejercen los bárbaros, como es el caso actual. En 1914 Gómez convocó a unas elecciones y el periodista Rafael Arévalo González, director de El Pregonero, se permitió proponer la candidatura de un conocido abogado. El periodista se pudrió en la cárcel. López, Medina, la Junta de Gobierno y Gallegos nos dieron la que pudo ser una época de libertad, de la cual abusaron periodistas como Ramón David León, que cada mañana pedía en La Esfera un golpe militar. Pérez Jiménez la borró por completo. Los gobiernos de Betancourt, Leoni y Caldera la respetaron con episodios traumáticos cada uno de los cuales en sí mismo es una historia periodística. De ahí en adelante empezamos a dar tumbos hasta llegar a la actual tiranía oclocrática, que odió la letra impresa porque odia las ideas, el pensamiento, la racionalidad. Pero esto quedaría incompleto sin la advertencia de que en la era democrática los dueños de medios -prensa, radio y televisión- fueron con frecuencia chantajistas que cometieron grandes abusos de poder y extorsionaron a la sociedad para arrancarle ventajas económicas. Es la vida.

-¿Qué condiciones debe tener un periodista?

-Excepcionales condiciones físicas, éticas, intelectuales y emocionales. Leer mucho y bueno sobre los temas de su especialidad. Conversar con los protagonistas de su tiempo de una manera distendida y entendiendo que lo revelado en esas conversaciones no es para ser publicado directamente sino para que él conozca la realidad, esa verdad que apenas transparenta en lo que generalmente se publica. Esto le permitirá al periodista saber quién sabe, ya que no es posible saberlo todo, y así comunicar una idea tan parecida a la realidad cuanto le sea posible. Pasa que el periodismo es un oficio para superdotados al cual los infradotadosocurren desde que se fundaron las escuelas de periodismo, porque es de lo más fácil para graduarse y de lo más difícil para ejercerlo. No sé qué se enseña en esas escuelas, porque sus graduados no saben hacer periódicos y su ignorancia en lo que llamábamos cultura general es pasmosa. Cuando yo llegué al periodismo, éste todavía era el oficio en que se ganaban el pan los hombres de letras.

-¿Cuál consideras es la misión del periodista?

-Dar a las generaciones presentes y las que vendrán una imagen, tan fiel como le sea posible, de su lugar y de su tiempo.

-¿Y un editor? ¿Cómo debe ser? ¿Cómo se relaciona con el poder político y económico?

-Es pretencioso que un editor le diga a los demás cómo deben ser, sobre todo cuando cabe preguntarse si aún hay editores, porque en el mundo de hoy los medios no están movidos por una voluntad sino que pertenecen a grandes corporaciones, así como los partidos políticos dependen de financiadores a cuyos intereses deben atender, y los políticos, en consecuencia. Esto se debe al aumento desmesurado de los costos, que han liquidado aquellos personajes de dimensión heroica que hacían periódicos y política. Zeta y El Nuevo País son supervivientes de una época desaparecida. En la política hay también casos de supervivencia, como Ángela Merkel, pero los periodistas apasionados del oficio y los políticos entregados al servicio público van desapareciendo.

-¿Cuáles han sido los mejores periodistas venezolanos, contando a partir de 1945?

-Las listas son injustas, porque es inevitable que se te olviden algunos muy obvios. Inmediatamente antes de la Revolución de Octubre, que incluyó en la vida pública a la pequeña clase media, destacaban Miguel Otero Silva, Pedro Sotillo, Rómulo Betancourt -quien escribía "periodista" en cualquier planilla que preguntara por profesión u oficio-, Ramón David León...Todos de marcada tendencia política. Con la caída de los restos del gomecismo entraron en escena periodistas que tenían posiciones políticas, pero eran sobre todo periodistas: Oscar Yanes, Kotepa Delgado, Ramón J. Velásquez, Víctor Simone De Lima, José Moradell, Cuto Lamache, Ramón Koesling, Guillermo José Shaell, Pascual Venegas Filardo, Paquito Villanueva, Lourdes Morales, Emiro Echeto La Roche. Más adelante, Omar Pérez, Simón Alberto Consalvi, Luis Esteban Rey, Guillermo Álvarez Bajares, Germán Carías, Marco Aurelio Rodríguez, Chepino Gervasi, Hesnor Rivera, "El Caballo" Acosta. Más cerca aún Eloy Enrique Porras, Fernando Delgado, Carlos Jaén, Nelson Bocaranda, Marta Colomina, yo mismo ... En fin... Llenaríamos páginas aún reduciéndonos a los estrictamente periodistas, quienes dedicaron sus vidas al oficio de hacer periódicos impresos y de los otros. En las generaciones más recientes hay mujeres como Ibéyise Pacheco y hombres como tú mismo, Juan Carlos, que hasta te has atrevido a tener tu propio medio.

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