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11 de agosto de 2020, 8:04:46
Kolumnistas


El terror de otro virus narrado por Arturo Uslar Pietri en la mejor novela sobre el poder

Por Juan Carlos Zapata

Por Juan Carlos Zapata (KonZ).- Oficio de difuntos es la mejor novela sobre el poder en Venezuela. Cuidado si es una de las mejores sobre el poder en América Latina. Retrata la época de Juan Vicente Gómez. Pero este es otro tema. El que me ocupa es cómo Arturo Uslar Pietri describió al ambiente de Caracas durante el azote de la gripe española. ¿En qué se parece a la situación actual del coronavirus?


Es hacia la mitad de la obra que comienza el drama. “Se hablaba en voz baja de la peste. Fiebres, escalofríos, tos persistente, dolor de pecho, esputos sanguíneos, bruscas depresiones y el morir”. Hay síntomas similares al del coronavirus. Pero una cosa es diferente. La peste se sufría en silencio. El coronavirus es terror pero está en las noticias, está en las redes, está en el boca a boca, está en todas partes. Sin embargo, en Venezuela el gobierno de Nicolás Maduro ha impuesto una censura férrea en torno a la pandemia y esto se parece a la dictadura de Juan Vicente Gómez que prohibió que se informara.

“Todos los rezos y los emplastos parecían inútiles. El día entero desfilaba el tropel de carros fúnebres hacia el cementerio. De casa en casa pasaba la noticia de quiénes habían amanecido enfermos y de quiénes habían muerto”. Los primeros alertas de las autoridades gomecistas fueron equivocados. La gripe española entró por el puerto de La Guaria a mediados de octubre de 1918 y no se le dio la debida importancia. El régimen de Maduro ha usado, por el contrario, la única arma con la que cuenta: la represión. Por ello impuso el estado de alarma que le ha funcionado. De no haberlo hecho, otra sería la situación en Venezuela. Porque el sistema sanitario está destruido y porque Maduro no cuenta con recursos para distribuir desinfectantes, mascarillas y los demás insumos de protección.

El muchacho lo llamaba y el dolor se le metía en las costillas, pero aun así, Gómez juraba que “yo no debo salir de aquí. Yo soy el único que no puede morirse. Si yo me muero se mueren todos. Hubo casas de las que, en una semana, sacaron dos y tres entierros”.

“El Gobierno comenzó a tomar medidas. Se establecieron cordones sanitarios y se repartieron desinfectantes. Se abrieron puestos de socorro de emergencia y cuadrillas médicas. También hubo que organizar servicios fúnebres. Todas las carpinterías se pusieron a fabricar urnas. Las llevaban de a dos y tres en cada coche fúnebre. A los muertos más pobres había que apilarlos en carretas de campo descubiertas y llevarlos por la calle solitaria hacia la fosa común. Comenzaron a aparecer máscaras en las calles, hechas de algodón empapado en desinfectantes recubierto con tela metálica. Las pocas gentes que salían iban de prisa. Cuando el teléfono sonaba era para dar la noticia de una nueva muerte”.

Narra Uslar Pietri en Oficio de difuntos que el general Gómez se refugió en su residencia de Maracay. Su hijo Alí Gómez enfermó y el dictador no pudo verlo a pesar de que el joven, el más querido por el patriarca, lo reclama cerca de él. Gómez después señalará que era el que más se le parecía. La conseja apuntaba que iba a ser el sucesor. Le llevaban noticias. Cada día. “Sigue lo mismo pero muy mal”, relata Uslar Pietri.

En la novela, Alí es Omar. Lo había colocado al frente de un regimiento. “Era particularmente afectuoso con él. Le recordaba en sus rasgos de carácter y en sus modos su lejana juventud de la frontera”. Un día el edecán le dijo que el joven le enviaba a decir que “no quiere morirse sin su bendición”.

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Mientras en Caracas y en el país, “la invisible enemiga se podía ocultar en cualquier cosa, en aquella fruta, en aquel vaso de agua, en la tos del hombre que nos cruza en la calle, en aquel pequeño corte que nos hizo el cuchillo de le mesa, en el alimento, en el aire. Tantas formas y maneras como las del diablo”. “El asedio letal iba cerrando sus círculos en torno a las ciudades. Por las calles solitarias pasaban vehículos fantasmales lanzando aullidos de corneta. Estaba entrando la pelona en todas las calles y en todas las casas. La anunciaba el coche fúnebre que se paraba en la puerta, casi con prisa, a recoger la caja entre los gritos de dolor de los deudos”.

Gómez “caminaba por la habitación, de pared a pared como un animal enjaulado. Omar se estaba muriendo. Parecía mentira. Se iba a morir aquel mocetón que podía con los toros, con los caballos y con los hombres. Se iba a morir pendejamente”. Era Alí, su preferido. El muchacho lo llamaba y el dolor se le metía en las costillas, pero aun así, Gómez juraba que “yo no debo salir de aquí. Yo soy el único que no puede morirse. Si yo me muero se mueren todos. Hubo casas de las que, en una semana, sacaron dos y tres entierros”.

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