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11 de agosto de 2020, 8:29:59
Hemeroteka


Un hecho insólito que ocurrió en la avenida Libertador de Caracas

Por Caleb Zuleta

Por Caleb Zuleta (Konz).- Apareció en el reportaje testimonial Así es mi avenida Libertador de Milagros Socorro en Prodavinci. Y como bien aclara la periodista Milagros Socorro, “este relato, basado en un hecho real, forma parte de No te mires en el espejo”, libro de cuentos que prepara Juan Carlos Zapata.


Escribe Milagros Socorro que la avenida Libertador “fue trazada en el gobierno del general Pérez Jiménez y, tras el derrocamiento de la dictadura, en enero de 1958, se construyó. Por eso fue inaugurada por el presidente Rómulo Betancourt, en los albores de la democracia, en los primeros años 60, para conectar la Parroquia El Recreo, Municipio Libertador, con Chacao. Antes de llamarse Libertador, era la calle La Línea de Sabana Grande, ya que el Ferrocarril de Caracas pasaba por allí. Es la única avenida de Caracas con dos niveles”.

El relato de Juan Carlos Zapata, comienza aquí:

Antes de cambiarse al hogar estable, X. rentó un apartamento en un edificio pequeño en la avenida Libertador, una vía de diseño moderno, futurista para su tiempo, aunque con los años, arrinconada, deteriorada, en la desidia; por el descuido de los gobernantes de Caracas.

Con el paso del tiempo, se volcaron a la vía pública las prostitutas y los transformistas, que hicieron de la Libertador campo de levante. Mientras para los trasnochadores, aventureros y alborotadores, aquello era una fiesta, un safari, un espacio de desahogo de alegrías y represiones, para los vecinos las noches eran, casi todas, dramas, peleas y hasta tragedias.

En los minutos en que no es de día, pero tampoco de noche, uno de los transformistas había logrado escabullirse entre las matas altas del jardín, más cerca de los estacionamientos, a un paso de saltar la valla, en caso de emergencia.

Una noche eran los policías persiguiendo los transformistas. Otra, eran los alborotadores pegándole a una prostituta. Otra, las prostitutas contra los transformistas. Otra, un transformista cortando a un cliente, o robándolo, insultándolo, maldiciéndolo. Otra, las patotas antitransformistas en operativo homofóbico. No faltaban gritos, disparos, frenazos de los carros, ni las sirenas de las ambulancias y los coches policías.

El edificio donde vivía estaba protegido por una valla baja, que podía ser saltada por cualquiera. De modo que el jardín había pasado a ser refugio cada vez que se desataba una riña, lugar para las urgencias de los esfínteres, o para complacer a la carta a un cliente.

En el último piso había un vecino que mantenía a raya a los invasores lanzándoles piedras, agua caliente, palos, gasolina, querosén, creolina. X. no sufría porque era de buen dormir y no había ruido que la perturbara. Pero una tarde, regresaba del trabajo, se encontró con lo indescriptible. El vecino del piso de arriba había hecho lo suyo, ahuyentando con su artillería a un grupo de tempraneros transformistas que habían tomado el jardín por asalto.

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En los minutos en que no es de día, pero tampoco de noche, uno de los transformistas había logrado escabullirse entre las matas altas del jardín, más cerca de los estacionamientos, a un paso de saltar la valla, en caso de emergencia. X. notó que, del rincón formado entre una columna y un arbusto, salía la parte posterior de un cuerpo desnudo en cuclillas. Se acercó con sigilo, rodeó un auto sin perder de vista al hombre desnudo que seguía agachado, apartó una rama del arbusto y, susto, ahí estaba la vela. Una vela blanca encendida en el suelo. A un lado, una cartera de mujer y un paso más allá una peluca pelirroja.

—¿Qué hace usted ahí? -inquirió

—Aquí, chica, maquillándome.

En ese momento, X. vio el espejo en la mano del intruso.

Gabo nació en Caracas no en Aracataca: Libro de Juan Carlos Zapata, disponible en Amazon y Kindle.


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