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Cuando el totalitarismo se mete en la vida y en la novela

viernes 03 de agosto de 2018, 10:00h
Por Harrys Salswach.- La impronta totalitaria inunda no solo el mundo con sus monsergas lastimosas y criminales sino también el mundo ficcional de la novela. Un alto cargo en el Comité del Partido Comunista de la Unión Soviética, consideraba que el realismo socialista era la única y verdadera visión de la vida y de la literatura. Nada menos.
Leonardo Valencia.

Por Harrys Salswach.- Los asuntos del mundo son distintos a los del lector. Y no por distintos, el lector deja de interesarse por "los asuntos del mundo". De una manera u otra estos intervienen, irrumpen desde el exterior en la intimidad que se da entre el lector y la novela. Porque el lector de novelas no se parece al de otros géneros. El lector de novelas se sumerge en un mundo ficcional de reglas propias que da cuenta, como en un espejo, de su propio ser. Es la lectura de novelas una inmersión en los asuntos del mundo fuera de los asuntos del mundo.

En ocasiones estos asuntos imponen con tanta fuerza su incumbencia que no hay grietas por donde pueda respirar la libertad. En los regímenes totalitarios, —aquellos de signo comunista son implacables en este sentido—, esos "asuntos" constituyen la realidad aplastante que procuran: una suspensión de todo tiempo, incluso el transcurrir del pensamiento, salvo el consagrado a la revolución. 

Señala Leonardo Valencia en el ensayo Moneda al aire (Fórcola, 2018), haciendo mención a lo que seguramente es el libro Ingenieros del alma, de Frank Westerman, que el escritor ruso Aleksandr Fadéyev, ganador del Premio Stalin por su novela La joven guardia, "la reescribió por la crítica de Zhdánov, según la cual 'había cometido un error imperdonable al hacer actuar a su joven movimiento de resistencia de forma espontánea, y no bajo la influencia edificante de un líder comunista'". 

El funcionario, un alto cargo en el Comité del Partido Comunista de la Unión Soviética, consideraba que el realismo socialista era la única y verdadera visión de la vida y de la literatura. Nada menos. 

A partir del pasaje de la novela de Kazuo Ishiguro, Los restos del día, en el que su protagonista, el mayordomo Stevens, esconde avergonzado un libro (una novela romántica) cuando la señorita Kenton lo sorprende concentrado en la lectura (concentración que asume hasta hacerle "pasar por alto" que el señor de la casa es un nazi entusiasta), Valencia traza un itinerario breve, enriquecedor, lúcido y erudito de la disyuntiva o falsa disyuntiva que sobre la lectura de novelas viene dándose desde los tiempos de Huet, Cervantes, pasando por Sade y Poe, hasta Kundera: ¿es un ejercicio placentero? ¿tiene utilidad práctica? o, en clara tradición cervantina, ¿es dañina de cara a las buenas costumbres? En principio parecería que es una diatriba impostada, un juego intelectual que permite reflexiones de poco interés más allá de académicos y algunos alumnos con tiempo libre. 

Sin embargo, esas reflexiones apuntan a otro orden. George Steiner ha escrito en Los logócratas:"en una lectura bien hecha (...) hay un eco que refleja el texto, pero también que responde a él con sus propias percepciones, sus necesidades, sus desafíos. Nuestras intimidades con un libro son completamente dialécticas y recíprocas: leemos el libro, pero, quizá más profundamente, el libro nos lee a nosotros". 

He aquí que esa intimidad, profunda e inmanente al hombre, se ve negada, anulada, invadida, por la impronta del poder omnímodo de la revolución. La disrupción propia de la lectura novelesca, es a su vez una disrupción en el mundo monotemático de las ideologías. Se invierte la unidad de expresión de la que hablaba Poe: la unidad monolítica de la ideología va a ser fisurada por la novela. La lectura —y en especial la lectura de novelas— se configura así como un acto de libertad que resguarda la última instancia de humanidad cuando se está por sucumbir a las necesidades insatisfechas del cuerpo —fin inicial y último del comunismo—. 

Si mal no recuerdo, Aquiles, el héroe aqueo, responde a la pregunta sobre su educación en el Gineceo diciendo que "el dominio de la palabra significa la soberanía del espíritu". Y de palabras están hechos los libros. 

Esta es una de las cuestiones, entre otras, que aborda sucinta y sustancialmente el escritor y docente ecuatoriano en el ensayo sobre el arte de leer novelas. De los tantos, el que la impronta totalitaria inunda no solo el mundo con sus monsergas lastimosas y criminales sino también el mundo ficcional de la novela y el de la mirada del crítico es, de lejos, uno de los más atractivos. Y apunto "el arte de leer novelas", porque la realización de tal actividad puede alcanzar cotas de significación que trascienden al mero ejercicio mecánico de leer (laxativa o críticamente) o a la sola diversión. Por cierto, esta última puede resultar insoportable para las ideologías, esas deshonrosas sistematizaciones del pensamiento que reducen el mundo a un solo asunto, ya que apunta Valencia "(...) la diversión, es decir, [es] la capacidad de ver otras versiones de la realidad, de alejarse con ellas de su propio entorno". Ese alejamiento es improbable en un régimen totalitario, es una sentencia de muerte o un acto de rebeldía radical: "La sinonimia de 'diversión' se vincula a digresión, diversidad, desautomatización, todos aspectos de apertura discursiva, fundamentos del arte de la novela". 

Leer una novela es irrumpir, fracturar, agrietar y elidir el mundo dictado por el Estado totalitario, ese narrador paquidérmico, desafiándolo en la última instancia de humanidad que pretende aniquilar: la libertad de pensar. Y es en el juicio donde el pensar es pleno, y es en función de la verdad por lo que se piensa. Anotará Schlegel: "Las novelas son los diálogos socráticos de nuestro tiempo".

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