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¿En qué consiste la limpieza ideológica del chavismo?

jueves 18 de octubre de 2018, 16:00h
Por Omar Noria.- Hemos visto cómo esta, autoproclamada, revolución del siglo XXI, se ha organizado alrededor de un círculo de hierro construido sobre una idea: “Limpieza Ideológica”. Si es que se puede llamar a esta aglomeración de nociones y consignas llevadas hasta el disparate, ideología. Pero el punto es que el chavismo construyó una suerte de Comité de Salud Pública de la revolución que ha tenido como función vigilar y corregir los desvíos ante el orden que impone el aparato gubernamental y su pretensión de homogenizar el poder total. Para ello se ha valido de un uso e interpretación de la ahora moribunda Constitución de 1999, muy a su favor.
Tibisay Lucena representa a un CNE que es la guillotina de la revolución / Foto: Sputnik
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Tibisay Lucena representa a un CNE que es la guillotina de la revolución / Foto: Sputnik

Porque la revolución tiene un concepto del poder público total. A diferencia de la cultura democrática y su práctica correspondiente, la revolución tiene una concepción de que el poder no puede ser representado. La sola idea de la representación política le es repugnante. La razón, es que desestabiliza el poder total y cualquier escrutinio como “check and balance” propio de las democracias mejor consolidadas, supone la pérdida y control del poder público como totalidad. Es por ello que hemos visto que los procesos sufragales han sido desnaturalizados y sometidos a una tutela que desrealiza la función pública de escrutinio del poder que debe ejercer cada ciudadano.

El Consejo Nacional Electoral queda entonces convertido en una excrecencia del Ejecutivo como voluntad exterior de la Nación que impone decisiones distintas a la voluntad expresada en los comicios. Las virtuosas damas del CNE son como la Sainte Guillotaine de la revolución francesa, solo hasta ahí, para guardar las distancias debidas. Las cabezas que ruedan, los rehenes políticos, su afán destructivo de la institucionalidad aparecen como un disfrute sensualista del poder y su desenfreno, como vimos también en ese teatrino burlesco de la gran comilona turca del presidente Maduro. El CNE configura el silencio de la democracia venezolana. Es una dura y pesada realidad que debe pensarse en orden a la participación ciudadana en las elecciones y sus dilemas irresolubles. No hay campanas.

La Asamblea Nacional Constituyente lo es todo

¿Qué somos? Nada. ¿Qué queremos? Todo. Fue la pregunta que se formulara el más importante teórico de la Revolución Francesa, Sieyès, en su brochure ¿Qué es el Tercer Estado? Ante esas interrogantes, la respuesta es: hoy la democracia en Venezuela es nada o casi nada. Esto supone al menos, dos desafíos.

Las cabezas que ruedan, los rehenes políticos, su afán destructivo de la institucionalidad aparecen como un disfrute sensualista del poder y su desenfreno, como vimos también en ese teatrino burlesco de la gran comilona turca del presidente Maduro.

El primero, enfrentar la Asamblea Nacional Constituyente. La ANC es una usurpación de la voluntad constituyente de la Nación. Su elección fue una trampa dramáticamente costosa para la institucionalidad democrática, sus electores, unos iniciados sin calificación legal y legítima. Fue un imperativo de inclusión política emanado desde el Palacio de Miraflores. Pero asume que es de una jerarquía superior que encarna la soberanía popular y que nadie puede atribuirse más derecho y poder que el de ella. La Asamblea Nacional Constituyente es todo lo que ella, abusivamente, quiera ser.

Un segundo desafío es que en la concepción del poder público como totalidad, los demócratas ¿debemos seguir transitando el camino del voto, de la constitucionalidad y la lucha por el restablecimiento de la república y la democracia por medios apropiados a la naturaleza de ésta? La oposición que es como mónadas en el mar de la desunión ¿podrá hacer tañer las campanas de la unión y la fuerza democrática? Círculo vicioso difícil de romper.

La ANC se ha constituido como un absoluto, una caricatura de las revoluciones francesa y americana que, paradójicamente, emergieron históricamente como un Sujeto Constituyente para poner fin a los privilegios de la aristocracia de toga, clerical y poder absoluto de la monarquía de los Capetos y el trono inglés.

Se instala entonces en Venezuela una lucha entre dos legitimidades. Una asumida por el régimen y su convicción de que es legítimo; que conservar el poder a todo trance es una lucha de vida o muerte de la revolución. Y otra, representada por la voluntad constituyente de la Nación; que no es la obra del Poder Ejecutivo, no puede serlo, no puede ser tutelada desde afuera, debe ser obra de su libertad.

Y esta tensión debe convertirse en una convicción moral y política que quisiera expresar con una cita del abate Sieyès:“De cualquier manera que una Nación quiera, es suficiente que ella quiera, todas las formas son buenas, y su voluntad es todo el tiempo la ley suprema”.