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Esta bodega de 1997 tenía todo lo que necesitaba una familia para vivir

lunes 12 de noviembre de 2018, 19:00h
Por Juan Carlos Zapata @periodistajcz.- Ahí están los productos de la tranquilidad. Parece un retrato de la abundancia. Hoy sería algo así como el cuadro de la opulencia y, sin embargo, era la normalidad. Era la bodega de Abigaíl Padrón, viuda de José Antonio Matute, ubicada en el barrio Los Corrales, al este de Guadualito, en el extremo de la calle que conectaba con el llano, paso de ganado, paso de hombres y mujeres. Paso del tiempo, que un almanaque también cuelga en la estantería de Abigaíl.
Abigaíl Padrón fundó esta bodega en 1960 / Foto: Nicolás Pineda
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Abigaíl Padrón fundó esta bodega en 1960 / Foto: Nicolás Pineda

Detallemos la fotografía. Hay la sal de la vida. Hay el azúcar del placer. Hay salsa de tomate Heinz. Y mostaza. Y compotas para calmar el llamado de los niños. Hay crema de arroz Polly. Y hay la Maizena Americana, gran producto nacional. Y también la Nenerina. Nada falta para levantar los muchachos. Y hay los caldos concentrados y los cubitos del sabor. Y mayonesa y margarina Mavesa. Y aceite vegetal. Hay pasta y atún. Y la mermelada y la gelatina del postre. Hay fósforos, que las cajitas están colocadas encima de las velas y los velones para la luz de los vivos y los muertos. Hay velitas de cumpleaños azules y rojas. Hay harina Robin Hood y también avena. Hay hasta salsa rosada, qué invento de la industria local.

Y hay, se aprecia, lavaplatos y esponjas para fregar. Y hojillas de afeitar. Y el infaltable papel sanitario. Porque en la bodega de Abigaíl Padrón había de todo lo que necesita una familia para vivir. Sin preocupaciones de escasez. Sin que la ocupen las compras nerviosas. Sin que la acosen la incertidumbre y la duda.

La bodega fue fundada en 1960, me dijo Abigaíl Padrón. Vendió una casa en La Palma, un caserío cercano a Guasdualito, y con esos recursos inició el negocio que cerró a su muerte, hace 5 años. “La empecé yo aquí en 1960 cuando las calles todavía eran de barro. Aquí lo que llegaba era pura gente de a caballo. Entonces había muy poquitas casas. Esto eran potreros, corrales de encierro de ganado. Por eso se llama Los Corrales. Y era un llegadero. La gente paraba a comprar aquí. Como hoy todavía paran los que pasan para el llano en carros y motos. Matute tenía también una bodega en el centro del pueblo, donde hoy queda la farmacia”.

Un tiempo Matute estuvo al frente de esta bodega, pues la del centro cerró. Y se turnaba con Abigaíl. En 1997 ya Matute no estaba. En la bodega también se vendía cerveza. Y en la foto se observa que hay los cepillos para barrer la casa. Y el jabón Las Llaves y el detergente Nevex para mantener la blancura de la ropa. Y hay, se aprecia, lavaplatos y esponjas para fregar. Y hojillas de afeitar. Y el infaltable papel sanitario. Porque en la bodega de Abigaíl Padrón había de todo lo que necesita una familia para vivir. Sin preocupaciones de escasez. Sin que la ocupen las compras nerviosas. Sin que la acosen la incertidumbre y la duda.

También la bodega fue la vida de Matute y Abigaíl. Tuvieron 9 hijos. Tres habían muerto cuando hablé con ella. “Me quedaron seis. Neptalí, Israel, Antonio, Hitler, Zaida y Dulce”. En efecto, Hitler. Así lo bautizó el padre. “Vainas de Matute”, dijo Abigaíl. “Yo qué sé, por qué lo bautizó así. Por el Hitler ese alemán que hizo una guerra y mató a tanta gente. A él le gustaba ese nombre, Hitler”. Curioso que a un hijo lo llamara Hitler y a otro Israel. Y Dulce, en realidad es Dulcinea como la del Quijote. Más de 30 años estuvieron juntos, Matute y Abigaíl. Por esos días que conversé con Abigaíl estaba recién operada. Una hija, licenciada en química, que estaba a punto de terminar el doctorado, la llevó a Barquisimeto a que la intervinieran. Ella estaba muy orgullosa.Abigaíl Padrón murió hace 5 años: dejó recuerdos. / Foto: Nicolás Pineda.

La bodega por esos días estaba adornada con serpentinas. Era diciembre. Su hija Dulce le dijo que había que adornarla para que se viera bonita. Y Abigaíl estaba contenta. Además, la bodega estaba surtida. Sin duda. Porque hay comino. Y canela y clavitos dulces. Y hay carne de buey. Y salsa inglesa. Y hay sal de fruta Eno, para los más delicados del estómago. Y hay más productos que no se logran identificar. Y los hay porque allí están las facturas. Un montón de facturas cuelga del estante, lo que indica que hay cuentas pagadas y cuentas por pagar a los distribuidores –todos venían de San Cristóbal- de Mavesa, aceites Vatel y Diana. Cuentas por pagar a la Indulac. Y si había facturas de la Indulac entonces había leche, potes de leche completa y potes de leche condensada La Campiña -estas sí se ven- o litros de leche en la nevera que quedó fuera del encuadre de la fotografía. Lo que también se ve es la caja de madera. La mano izquierda de Abigaíl Padrón, en la que reluce el reloj, está posada sobre ella sin cubrirla. La misma caja azul de todos los años, en la que los muchachos fueron pegando y despegando calcomanías. Era la caja para los billetes y el sencillo. Todo revuelto. Como los recuerdos.