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Qué hacen los boliburgueses cuando son sancionados por Estados Unidos

jueves 10 de enero de 2019, 15:01h
Por Juan Carlos Zapata @periodistajcz.- Sabemos lo que decidió un alto funcionario del gobierno de Nicolás Maduro que fue sancionado por Washington. Sabemos que al divulgarse el reporte del Departamento del Tesoro miró al techo de la casa. Tomó asiento. Pensó. Reflexionó. Sacó bolígrafo y papel de la chaqueta y trazó un cuadrado. Mejor un rectángulo. Entonces dijo: Esta será mi vida. De aquí hasta aquí. Y así vive. Ese es el poder que le quedó.
Raúl Gorrín es uno de los venezolanos sancionados por Estados Unidos. / Foto: raulgorrin.net
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Raúl Gorrín es uno de los venezolanos sancionados por Estados Unidos. / Foto: raulgorrin.net

Este hombre va de Caracas a la ciudad donde nació y que lo vio crecer. Regresa a Caracas. Cada mes, una escapada a Margarita. Y eso es todo para quien resulta un cambio radical. Que en los años de chavismo, con Hugo Chávez y Nicolás Maduro, había conocido el mundo. Más que un explorador de mundos. Más que un explorador de universos. ¿Qué lugar le quedaba por visitar? A él. La mujer. Los hijos. El padre y la madre. Los hermanos y los sobrinos. Nada le era ajeno.

Luego, hay que hablar de todo aquello. De la gran operación para ayudar al Gobierno. Para salvar a otros boliburgueses de la crujida histórica. La operación de los lobbies. La foto con Mike Pence. Los invitados que llevaba a Caracas. Una operación en la que había fe. Esperanza. Porque la crujida implica esto. La fe de los otros. Quienes creían que se iba a lograr mucho con esa estructura operativa. Una apuesta de años, que son las que cuajan y a largo plazo se les ve el resultado. Sin embargo, en esta ocasión pasó lo contrario. Y habrá decepcionado a aquellos ilusionados. Que no terminaban de aterrizar en la realidad de las sanciones. Y hoy, con esta sanción, mirarán al techo y al cielo, se sentarán, respirarán profundo, ¿resignados?, ¿impotentes?

Pero este hombre sabía que el poder construido y la parafernalia del poder les eran frágiles. Se sabía en el ojo del huracán y por lo tanto decidió que no tendría intereses en los Estados Unidos. Que no montaría negocios que lo expusieran. ¿Y las cuentas? Las cuentas a nombre de otros. Y las propias, abiertas con la debida ingeniería financiera de lo oculto en otros paraísos y otros dominios. Aún así está sancionado. Aunque el dictamen es más político, por la responsabilidad que enjugaba su posición de alto funcionario. Pero no anda lamentándose por la pérdida de algún entramado. El crujido no se manifestó en el campo de los negocios.

No es el caso de otros. Que montaron firmas en los Estados Unidos. Compraron casas. Propiedades diversas. Abrieron cuentas. Se vincularon a negocios. A operaciones diversas. Mudaron a las familias. Diseñaron estrategias calculando que habían llegado al edén. Contrataron bufetes. Activaron lobbies. Y creían que estaban siendo discretos. Uno fue sancionado en 2017. La crujida es de espanto. La huida del paraíso terrenal resultó ser más dolorosa que la de Adán y Eva. No sabemos si hizo lo mismo que el anterior. Si trazó un cuadrado o un rectángulo. Pero en fin. Allí está, en Caracas, sin moverse.

Ahora aparece uno recién sancionado. Uno que lo apostó casi todo a las conexiones imperiales. Que posee Banco. Un canal de televisión. Una aseguradora. Uno que operaba -¿opera?- lo suyo y lo de otros. Uno que entró al Palacio de Miraflores en calidad de invitado especial. Uno al que llaman magnate y no lo es, ya que igual que los otros, se trata de un boliburgués que acumuló millones de millones de dólares con operaciones financieras vinculadas al Gobierno y a PDVSA. Uno que vendía la imagen de componedor de vínculos y relaciones. Uno con influencia en partidos. En el Tribunal Supremo. En los ministerios del dinero. Uno que soñaba con una torre en los predios de La Castellana de Caracas que llevara su nombre. Su apellido, corto, pero que al ser pronunciado se alargaba por efecto y acción del acento en la í. Uno a quien, valido del acceso al poder, se le habían subido los humos del poder. Y tenía amigos. Claro. Y aliados. Por supuesto. Y socios. Unos cuantos. ¿Y enemigos? Algunos lo delataron, cerrándole el círculo, construyendo el relato que propició la sanción.

La crujida en este caso se escucha a distancia. A mucha distancia. En Europa y los Estados Unidos. Los nexos y la tramoya aquí son de madeja. Con decir que había planes para la expansión internacional. Con decir que pasaba 180 días en los Estados Unidos. Con decir que en Madrid llegó a plantearse un comienzo, haciendo ofertas. Y entonces el avión. Y las cuentas. Y las tarjetas.

Luego, hay que hablar de todo aquello. De la gran operación para ayudar al Gobierno. Para salvar a otros boliburgueses de la crujida histórica. La operación de los lobbies. La foto con Mike Pence. Los invitados que llevaba a Caracas. Una operación en la que había fe. Esperanza. Porque la crujida implica esto. La fe de los otros. Quienes creían que se iba a lograr mucho con esa estructura operativa. Una apuesta de años, que son las que cuajan y a largo plazo se les ve el resultado. Sin embargo, en esta ocasión pasó lo contrario. Y habrá decepcionado a aquellos ilusionados. Que no terminaban de aterrizar en la realidad de las sanciones. Y hoy, con esta sanción, mirarán al techo y al cielo, se sentarán, respirarán profundo, ¿resignados?, ¿impotentes?

Porque esta sanción es total, contra el operador y las empresas. Una sanción rotunda, severa. Como la sanción de Dios a los que desoyeron su voz, a quienes impuso el trabajo, el sudor, y el parto con dolor. Y él sospechaba lo que vendría. En tanto y cuanto habrá tomado algunas precauciones aunque pocas valen en estos lances de elevada factura. Pero en fin. Sabía que el tiempo le era adverso, ya colocado su nombre en expedientes y juicios, en las redes sociales, en los medios que baten fronteras. Dicen algunos allegados que esperaba la noticia. Y estaba pendiente, noche y día, de lo que dijera CNN.

Habrá debate. El caso Andrade entrará en discusión...

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