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Así fue como Chávez y Maduro aprendieron el negocio político de la corrupción

martes 05 de febrero de 2019, 14:30h
Por César Morillo.- Mientras España, Reino Unido, Francia, Alemania, Portugal, Dinamarca, Lituania, Austria, Polonia, Letonia, Suecia, Belgica y Holanda, es decir, casi toda la Europa democrática anuncia su apoyo y reconocimiento a Juan Guaidó como presidente de Venezuela, Corea de Norte, una de las más crueles y despóticas autocracias del planeta, proclama su respaldo a Nicolás Maduro.
Hugo Chávez usó la corrupción como arma política / Flickr: Hugo Chávez
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Hugo Chávez usó la corrupción como arma política / Flickr: Hugo Chávez

Hay una sustantiva diferencia entre ambos pronunciamientos. Por un lado las democracias occidentales cierran fila con la posibilidad del retorno a la libertad y del otro, los regímenes comunistas tratando de preservar lo que les es afín. Tal parece que al fin Occidente despertó al grave virus que supone para el mundo el modelo totalitario madurista apalancado por los cuantiosos recursos petroleros.

Alguna vez Luis Miquilena, quien fue el primer ministro del interior de Chávez y uno de los primeros en bajarse de ese barco, comentó que le tocó presenciar una conversación entre Chávez y Fidel Castro, por allá en el año 2001, en la que el cubano le alertaba sobre la inconveniencia de atacar la corrupción, porque se “podía quedar solo”. Castro le hizo ver, según Miquilena, que en un país con cuantiosos recursos petroleros lo normal era la corrupción, y que más bien lo conveniente era usar ese elemento a su favor para controlar el todo poder. Quizás fue entonces cuando el novato Chávez aprendió su más importante lección, usar la corrupción como práctica para afianzar su modelo autoritario.

Las democracias suelen ser lentas porque basan sus decisiones en la construcción de consensos, pero es precisamente por ese mecanismo para arribar a definiciones, que se convierten en más seguras y estables, sobre todo cuando se trata de resguardar los Derechos Humanos.

Hugo Chávez llegó al poder con escasas nociones de la política, apenas salió de los cuarteles para intentar dar un golpe militar un 4 de febrero de 1992 y seis años después ganó las elecciones presidenciales, luego de ser beneficiado con un indulto concedido por el presidente Rafael Caldera. Ya en el poder fue presa fácil de su vieja fascinación por Fidel Castro, quien además siempre soñó con tener un “discípulo” a quien influir, y si ese alumno resultaba presidente de un país rico, mejor aún.

Así fue como se juntaron dos necesidades, la de un líder decadente pero legendario, necesitado de entregar su legado a alguien con mayor vigor, y la de un líder emergente deseoso de poder, de todo el poder. Alguna vez Luis Miquilena, quien fue el primer ministro del interior de Chávez y uno de los primeros en bajarse de ese barco, comentó que le tocó presenciar una conversación entre Chávez y Fidel Castro, por allá en el año 2001, en la que el cubano le alertaba sobre la inconveniencia de atacar la corrupción, porque se “podía quedar solo”. Castro le hizo ver, según Miquilena, que en un país con cuantiosos recursos petroleros lo normal era la corrupción, y que más bien lo conveniente era usar ese elemento a su favor para controlar el todo poder.

Quizás fue entonces cuando el novato Chávez aprendió su más importante lección, usar la corrupción como práctica para afianzar su modelo autoritario.

Por supuesto que en las democracias también hay corrupción, como la hay en cualquier modelo organizacional. Humanos somos. Pero en una sociedad donde funcione la autonomía de poderes públicos, tal como fue concebida por Montesquieu, es más difícil que el flagelo de la corrupción se extienda dado los mecanismos de autorregulación que el sistema conlleva. Agréguese a lo anterior la encomiable función de vigilia que ejerce una vigorosa red de medios de comunicación sobre las instituciones y sus gerentes en toda sociedad abierta.

Mientras el caos se acrecienta del lado de la realidad donde...

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Lo cierto es que el gran secreto del socialismo del siglo XXI como se conoce a el modelo venezolano se ha sustentado en su gran capacidad para corromper y comprar voluntades. Los primeros en ser incorporados a la nómina de beneficiados fue precisamente Cuba, la cual pudo paliar las falencias de su sistema anacrónico gracias a los petrodólares. Para que se tenga una idea, sólo hasta 2015 la deuda de Cuba con PDVSA ascendía a más de 2.000 millones de dólares. Luego fueron los países del Caricom, compuesto por pequeñas islas caribeñas de población muy reducida pero que cada uno tiene voto en la OEA, y fue con ellos y la alianza con países como Brasil, Argentina y Ecuador, entre otros, como a Cuba le fueron levantadas las sanciones.

Algunos estudiosos del fenómeno chavista lo han asemejado a un cáncer por su mortal impacto en las instituciones. Sin embargo, el símil más apropiado sería con un virus porque a diferencia del cáncer que muere cuando el cuerpo que lo contiene queda sin vida, el virus se propaga.

Este virus ha cruzado fronteras ofreciendo apoyos a proyectos autoritarios y ganando incondicionalidad. En muchos casos la riqueza petrolera apalancó éxitos electorales como los de los Kirchner en Argentina, Lula en Brasil, Ortega en Nicaragua, Evo Morales en Bolivia, pero ha viajado hasta el mismísimo continente europeo financiando a proyectos de similar corte como Podemos.

Esta es la verdadera esencia del proyecto chavista-madurista, su vocación autocrática y cuya práctica se ha centrado en la corrupción. Se corrompe a sí mismo y va corrompiendo a donde va, tal cual un virus.

Twitter: Nicolás Maduro ‏

Muchos intelectuales de izquierda han sido engañados por los supuestos logros de un modelo económico que pudo repartir algo de la abundancia proveniente de su petróleo entre los más humildes en forma de subsidios directos. Otros sencillamente, han torcido su pluma a favor del régimen por lucrativas prebendas.

Esto explica buena parte de los apoyos que aún le quedan a Maduro. En América, Cuba, Nicaragua y Bolivia, son beneficiarios directos de la chequera petrolera. Los únicos países democráticos del continente que muestran un tímido apoyo son México y Uruguay. De éste último se dice que un hijo de Tabaré Vásquez, actual presidente y militante del Frente Amplio, recibió jugosos contratos en dólares, desde los tiempos de Chávez, por la supuesta venta de software. Las acusaciones no han sido aclaradas y un supuesto testigo del caso fue asesinado al mejor estilo mafioso, según relata en un reciente artículo Héctor Schamis (El País).

La convicción ideológica es una mampara para lograr sus objetivos. Por un lado, captar la adhesión de los sectores excluidos, anunciándoles una nueva sociedad, el socialismo, donde se liberarán del opresor: el capitalismo, y por otro, con la trama teórica del marxismo, justifican la creación de una estructura nueva de Estado, uno donde sólo ellos puedan gobernar. Decretan la muerte de la democracia occidental y burguesa en nombre de la lucha de clases, y ellos pasan a ser los salvadores de los oprimidos.

Rusia, China y Turquía, sociedades conocidas no precisamente por ser democráticas, también están del lado del régimen gracias, en buena parte, a los contratos leoninos que les favorecen. El petróleo, que siempre fue tenido como símbolo de soberanía, ha pasado a ser entregado, en desventajosas concesiones, a éstos países. El discurso nacionalista se deja de lado cuando se trata de sentarse en la mesa a repartir las riquezas de la nación. Nada nuevo.

A lo interno, es a partir de la corrupción como puede explicarse que Maduro aún mantenga el apoyo de la cúpula militar. Todos, absolutamente todos, los que hoy pertenecen al alto mando militar muestran los rasgos típicos de personas ricas. La mayoría mantienen a sus familias cercanas viviendo fuera del país, con vidas opulentas y llenas de derroche, eso sí, en países del primer mundo. Basta leer un reportaje del diario ABC de España, que dio a conocer los exquisitos gustos del primogénito del general Vladimir Padrino López, ministro de la Defensa de Maduro. Este joven que no llega a los 30 años se ufana de ser coleccionista de carros de lujo, ostentando hasta 9 Ferraris. ¿De dónde sacó tanto dinero? No se le conoce negocio alguno, pero es hijo del ministro de la defensa.

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Marx hablaba de la religión como opio del pueblo. Ese mismo concepto puede ser aplicado hoy a la ideología del comunismo, capaz de alienar consciencias de pueblos enteros. Conozco el caso de un buen hombre que sigue creyendo ciegamente en el socialismo madurista mientras su familia se le ha dispersado por el mundo. Sus tres hijos han emigrado a otros países buscando oportunidades y huyendo de la miseria. El pobre hombre que ya monta sobre los 60 años se debate entre irse con alguno de sus hijos o seguir defendiendo a su revolución.

El marxismo también sostiene la necesidad de hacer global su revolución. La revolución soviética extendió su zona de influencia hasta todos los países detrás de la llamada cortina de hierro hasta que se derrumbó el muro de Berlín. Luego vino la revolución cubana que trató de exportarse en los años 60 por América Latina y África, sin mucho éxito. Quizás lo que le sobraba el virulencia emotiva le faltaba en recursos económicos. El Che Guevara deambuló por el mundo armando guerrillas libertadoras de los pueblos. Marchó por África y América Latina de fracaso en fracaso hasta que cayó en su propia ley, en Bolivia.

El chavismo viene a ser el más reciente intento de renovar la esperanza en el viejo socialismo trasnochado, autocrático, ahora apalancado con ingentes recursos económicos. Dos elementos que juntos potenciaron el virus comunista.

El madurismo es la fase final y más grotesca de ese virus. Es un virus que ha mutado. Antes contaba con el liderazgo carismático de su líder fundador, pero desaparecida esa cualidad, ha mutado a su expresión primitiva, la del terror.

Occidente ha despertado tarde a una enfermedad de fácil propagación, y que ya le está tocando las puertas. Pero ha despertado, y eso debemos saludarlo. No será tarea fácil curarnos de este mal pero con la perseverancia de la sociedad venezolana unida y la solidaridad inestimable del mundo democrático, lo lograremos.