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Les cuento de un viaje a la playa con apagón y gatos flacos

viernes 29 de marzo de 2019, 18:00h
Por Orlando Zamora.- La crisis en Venezuela se entiende mucho mejor si se recorre el país. Un país abandonado. Entonces se tendrá la prueba palpable de lo que se llama también deseconomía o destrucción progresiva y constante de la actividad económica.
Al menos el chavismo no ha podido acabar con las playas / Foto: Pixabay
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Al menos el chavismo no ha podido acabar con las playas / Foto: Pixabay

Llegar al viejo y antes bullanguero pueblo de El Guapo es ya un duro golpe visual. Hay señales de tránsito quealertan a no usar la vieja carretera que comunica esa localidad con Caucagua. La propia Guardia Nacional advierte que si se toma esa vía se corre un gran riesgo personal. El hampa sin duda es la dueña del lugar. Estamos en el estado Miranda, en la vía a Oriente.

Ya no hay turistas. Ni los precios ni las circunstancias lo permiten. No hay viajeros hacia la Isla de Margarita. No existen los tours de otros tiempos.

De pronto al enrumbar el vehículo ya fuera de El Guapo, buscando el Guapetón, en dirección al próximo pueblo de Cúpira, el mar de huecos en la carretera es brutal. Allí están, en ambas direcciones de la vía. Imposible no dar con ellos. Los tropiezos del carro avisan. Y también los ojos. Por muchos kilómetros aparece todo un “esplendido” paisaje lunar. ¿Dónde quedó aquello de la Fiesta del Asfalto?

Hay otras churuatas luego de pasar el pueblo de Cúpira. No están en mejores condiciones, pero sobreviven. La novedad son los letreritos que rezan: Recibimos efectivo y dólares. Dólares para adquirir naiboa y casabe. Hasta la palabra trueque aparece en los avisos, seguramente a cambio de alimentos u otros bienes esenciales.

La mente recuerda. La mente evoca. Los tiempos de PDVSA. Cuando PDVSA tenía fondos y medio funcionaba. Entonces no sólo monopolizaba la producción de asfalto sino la distribución y aplicación de capas asfálticas en las carreteras nacionales junto a entes centralizados en Caracas. Hoy desaparecidos.

Extrañamos las empresas asfaltadoras privadas, muchas de ellas fundadas por italianos. Se esfumaron como todo en socialismo. Las gobernaciones tampoco ejecutan esta tarea de asfaltar.

Al regreso no nos salvamos. Perdimos el caucho delantero derecho. ¿Y el costo? Casi nuevo: 50 dólares. Un amigo perdió también las dos llantas delanteras de su camioneta china.

No obstante, el paisaje estremece por su belleza, pese a la sequía tanto de la naturaleza como la laboralpropiciada por el régimen. La pobreza se registra en las expresiones de los ciudadanos, en sus rostros. Éstos se la ingenian para sobrevivir. Siguen fabricando y vendiendo bolitas de chocolates, casabe oriental, naiboas, matas y hasta muñecas en un solitario puesto.

A lo largo del camino a Oriente se observan negocios cerrados, como Agropatria, el complejo Argelia Laya, y algunos proyectos privados. Pobre Argelia Laya. ¿La recuerdan? Era una dirigente del MAS. Mujer de méritos. Ahora su nombre asociado a la desidia. Al fracaso.

Lo que es excesivo es la presencia de puestos militares, de la Infantería de Marina, destacamentos de la Guardia Nacional y decenas de puntos de control. Se observan camiones militares gigantes. Venezuela es otra. Venezuela está militarizada.

En las cercanías de Machurucuto instalaron churuatas pero sin bienes que ofrecer. Fracasaron estrepitosamente. Son ahora restos de troncos y tejidos naturales sin forma ni propósito.

Discurso corto pero efectivo. Respuestas claras y precisas...

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Hay otras churuatas luego de pasar el pueblo de Cúpira. No están en mejores condiciones, pero sobreviven. La novedad son los letreritos que rezan: Recibimos efectivo y dólares. Dólares para adquirir naiboa y casabe. Hasta la palabra trueque aparece en los avisos, seguramente a cambio de alimentos u otros bienes esenciales.

Allá están las playas. Se ven las palmeras y los conjuntos turísticos levantados al inicio de la revolución por constructores privados. Aún deslumbran, pese al deterioro y la falta de recursos para mantenerlos. Los condominios y los trabajadores realizan una labor encomiable, con altas cuotas, pero hacen el esfuerzo.

De pronto estamos frente al mar. Las palmeras parecen “borrachas de sol”, como cantaba Daniel Santos. Los pocos visitantes, dispuestos a experimentar algo de ese deleite del que disfrutan las palmeras, mezclaron la sangría con Chinotto. El precio de una cerveza asciende a 2.000 bolívares. También se pueden pagar en dólares.

Cuando menos se esperaba, en la tarde del lunes 25, se produjo el otro apagón. Nada raro en Oriente y en esa parte extrema del estado Miranda. Es que son de las zonas más desvalidas de los servicios de luz eléctrica, agua, gas, comunicaciones y paremos de contar.

Pero al anochecer el apagón fue “sensacional”. Puede ser el único lado positivo de una tragedia como esa. Resultó que la oscuridad fue tan profunda, que el cielo se iluminó con miles de estrellas que convirtió la zona en el más grande planetario del mundo.

Las plantas eléctricas auxiliares hicieron luego el trabajo cotidiano. Rondaban algunos gatos flacos. El drama económico ahuyenta a los potenciales visitantes que suelen alimentar a los gatos.

Aquellos gatos estaban flacos. Siguen allá, flacos y desesperados, y lloraban como bebés esperando por la piedad de los escasos viajeros.

Todo esto es parte de una revolución que acabó con todo. Hasta con el plato que estaba servido en la mesa. Aunque el proselitismo político continúa. Por ejemplo, en Guatire había más de 200 jóvenes podando jardines, “poniendo lindo todo”.

De regreso, las colas en las gasolineras eran las mayores. Los buscadores de señales para los teléfonos en la autopista del Este de Caracas eran la nota folclórica. Una triste y adormecida Caracas nos esperaba, sacudida por una cadena de apagones como el resto del país.