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Sangre y Asfalto: El libro que recoge los 135 días de protestas y represión en la Venezuela de 2017

lunes 15 de abril de 2019, 15:00h
Por Carol Prunhuber.- Cuando en marzo de 2017 el Tribunal Supremo de Justicia disolvió la legítima Asamblea Nacional y asumió sus funciones, los venezolanos tomaron las calles una vez más. Exigían respeto a la Constitución y separación de poderes. Pero también protestaban por las carencias en su vida diaria. Las imágenes y testimonios de ciudadanos en las marchas, que circulaban a diario en prensa y redes sociales, ocupaban gran parte de mis días.
La represión cruda y brutal del régimen de Maduro / Foto: pueblosencamino.org
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La represión cruda y brutal del régimen de Maduro / Foto: pueblosencamino.org

Las crudas confesiones de jóvenes, mujeres y hombres de todas las edades, impregnados de miedo y horror, pero también de coraje y determinación, enfrentados a una maquinaria bélica y a grupos paramilitares y criminales me estremecían. Su arrojo diario iba cobrando una dimensión épica. Y decidí archivar cada testimonio para salvaguardar esas historias para un futuro.

¿Me preguntaba hasta dónde serían capaces de llegar las fuerzas represoras del Estado esta vez? ¿Cuánto más podría resistir esa población en recuperar su libertad? Nunca imaginamos el grado de brutalidad y odio al que llegaría el régimen. La información diaria no permitía sopesar con detenimiento lo que la gente estaba viviendo todos los días. Me sentía impotente, ¿qué podía hacer?

Comprendí que mi aporte desde la distancia estaba en preservar la memoria, documentar esta avalancha de información. Había que recoger y proteger todas esas voces, esos gritos, esos llantos, en un documento para que no desaparecieran, para que en el futuro los verdugos no nos cambiaran la Historia.

Pero no fue hasta que comencé a juntar esos testimonios que vi con claridad el monumental esfuerzo y voluntad de una población decidida a recuperar la libertad de forma cívica, enfrentada a la violencia desmedida de un régimen destructor que iba segando vidas, día a día.

Esto me hizo recordar mi experiencia en el Kurdistán. En 1985 viajé con la agencia francesa Gamma TV para hacer un documental sobre la lucha de los kurdos en Irán. Fui testigo de la lucha de un pueblo oprimido y presencié el sufrimiento de una población acosada por un régimen totalitario, dispuesto a destrozar su identidad y cultura a punta de balas, forzándolos a vivir en la penuria económica. La violencia y la persecución política obligó a millones a huir hacia Europa y América del Norte.

Esto me hizo recordar mi experiencia en el Kurdistán. En 1985 viajé con la agencia francesa Gamma TV para hacer un documental sobre la lucha de los kurdos en Irán. Fui testigo de la lucha de un pueblo oprimido y presencié el sufrimiento de una población acosada por un régimen totalitario, dispuesto a destrozar su identidad y cultura a punta de balas, forzándolos a vivir en la penuria económica. La violencia y la persecución política obligó a millones a huir hacia Europa y América del Norte.

En los años 80, el silencio internacional en torno a la opresión de los kurdos me enfurecía. Lo mismo me sucedió con respecto al silencio cómplice de muchos ante la violencia que el régimen de Venezuela inflige a su población. Nunca imagine que los venezolanos sufrirían la misma situación que los kurdos.

A la oposición venezolana se le exige mucho más que a su estado forajido que masacra a diario a un pueblo que exige una vida digna. Cuando civiles desarmados salen a las calles y se defienden con piedras y escudos de cartón, la opinión internacional los culpa de violentos mientras el régimen los asesina con disparos a la cabeza. A la disidencia se le inhabilita, encarcela, tortura, y los suicidan lanzándolos desde los altos de sus sedes policiales.

No importan los muertos, los supliciados, los desaparecidos, los que mueren por enfermedades o desnutridos, debido a una política de estado diseñada para el control de la población. Tampoco importa el sufrimiento de millones, una parte de la izquierda internacional siempre defiende al régimen, por razones ideológicas y, muy a menudo, por intereses económicos. Callan y prefieren no informarse y conocer lo que sucede. Como dijo recientemente una reconocida escritora española: “No recuerdo haber leído en ninguna parte un relato fiable sobre lo que ocurre en Venezuela”.

Algunos grupos de izquierda no han querido ver como un teniente coronel golpista como Hugo Chávez usó las herramientas de la democracia para llegar a la Presidencia y una vez instalado, desmontó todas las instituciones para perpetuarse en el poder. Posteriormente comprenderíamos que este era el libreto cubano para el siglo XXI.

En dos décadas, Chávez, Maduro y los cubanos impusieron un sistema represivo cuyo fin ha sido doblegar a la población con técnicas militares para imponer un régimen totalitario, a través de una guerra de exterminio de los indóciles, es decir una guerra cotidiana contra los ciudadanos.

El régimen cuenta con varios grupos armados para mantenerse en el poder desde las institucionales como las Fuerzas Armadas regulares (FAN), la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) hasta los irregulares como la milicia, formada por civiles, los grupos paramilitares llamados colectivos, los grupos terroristas de las FARC y el ELN y los militares cubanos. Y ahora los rusos protegiendo a Maduro

Los paramilitares, muchos con prontuarios criminales, azotan y controlan las zonas populares con absoluta impunidad. El régimen los utiliza para atacar a miembros de la oposición, así como para reprimir y asesinar manifestantes en las protestas. En 2017, el régimen usó reos para reprimir protestas y ya en febrero de 2019 les pusieron uniformes de la GNB para atacar a los que protestaban en la frontera con Colombia y Brasil.

Impusieron una política de penuria, de escasez, para someter a la población. Dejaron los hospitales públicos sin insumos condenando a muerte a los enfermos. Y cuando los barrios populares empezaron a protestar, los castigaron con furia. Las fuerzas militares y paramilitares operan con total impunidad: establecen toques de queda, detienen sin acusación oficial, desaparecen y amenazan a familiares y vecinos para que no denuncien. Y en las cárceles establecieron la tortura sistemática en sus mazmorras con el fin de infligir el mayor daño corporal y dejar secuelas.

En Venezuela no hay un conflicto ideológico. Hay militares que oprimen a los civiles. Hay un grupo de cínicos muy poderosos que ha utilizado el modelo castro-comunista para concentrar todo el poder indefinidamente.

En esta lucha entre la barbarie y la democracia el mundo civilizado no puede ser ambiguo. Ante un gobierno victimario, el pueblo tiene derecho a rebelarse y defenderse.

Con asombro y respeto he visto como los venezolanos han salido una y otra vez a ejercer su derecho a la protesta, desarmados le han plantado cara al régimen, cívicamente han ejercido sus derechos estampados en la Constitución de 1999 instalada por Chavez. Esta población, decepcionada y cansada, sigue exigiendo un retorno a la democracia, respeto a la constitución y libertad.

Los venezolanos rechazan con vehemencia la injerencia de una isla en bancarrota a la cual Chávez y Maduro les entregaron nuestras riquezas y soberanía. No aceptan que el régimen hubiese invitado a una fuerza extranjera a instaurar el modelo totalitario cubano, aplicando a sangre y fuego la visión de Fidel Castro.

Venezuela es un país secuestrado y oprimido por un pequeño y despótico grupo de delincuentes. Un país en un callejón sin salida. Un pueblo que en las últimas dos décadas lo ha dado todo por recuperar su libertad. Cada vez que ha sido convocado a defender sus derechos lo ha pagado con sangre. Cómo no admirar la valentía de un pueblo dispuesto a enfrentarse con dignidad a un régimen que desdeña la vida humana.

En 2015, el embajador de Maduro ante la OEA, Roy Chaderton, al referirse a los ciudadanos asesinados con disparos a la cabeza en las protestas del 2014, dijo: “cuando la bala de un francotirador pasa por el cráneo de un opositor suena hueco. Pero eso se sabe después de que pasa el proyectil”.

Fue escalofriante descubrir la fría y tétrica planificación en el incremento de la represión militar.

Al principio usaron gas pimienta, ballenas, tanquetas de agua y cientos de bombas lacrimógenas vencidas, llenando la ciudad de un humo espeso y ahogando a la gente. Pero por las noches la gente continuaba protestaba con cacerolazos, repique de ollas.

La primera víctima, el 6 de abril de 2017, fue Jairo Ortiz, estudiante de 20 años. Había nacido con la revolución y fue asesinado por la revolución. Un policía le dio un tiro en el pecho. Su asesinato provocó una ola de protestas en todo el país. Ya no había miedo, solo rabia y dolor.

Los grupos paramilitares junto con las fuerzas del Estado, como hordas robaban, golpeaban y mataban a manifestantes o cualquiera que pasara por la zona. El objetivo era crear miedo, aterrorizar a la población.

A los pocos días del primer asesinato, mataron a dos, luego a tres, a cuatro… hasta sobrepasar la centena. Disparaban a la cabeza o al pecho, disparaban a matar, a quemarropa. Y Maduro bailaba.

Todo en ellos es mortífero: las bombas lacrimógenas las disparaban horizontalmente, a veces a quemarropa, convirtiéndolas en armas letales, destrozando los pechos de los jóvenes. A los chorros de agua les añadieron químicos y le subieron la presión para que hicieran más daño, los fusiles de perdigones los cargaban con canicas y tuercas para asegurar que fueran mortales. Éramos espectadores de muerte, asaltos, humillaciones y golpizas a plena luz. A los detenidos los torturaban en las mazmorras del régimen con técnicas aprendidas de los cubanos para vejar, quebrar y herir.

Desde el inicio de su gestión se enfocó en desprestigiar a...

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Esta violencia continúa hoy no solo con la represión ejercida por grupos armados y militares contra venezolanos en las fronteras con Colombia y Brasil, solo por ingresar ayuda humanitaria al país. El asesinato de indígenas pemones con cientos de heridos, en febrero de 2019, por reos con uniformes de la GN, así como el desplazamiento forzoso de unos 800 indígenas ha sido calificado de “limpieza étnica”.

Los continuos cortes de electricidad y la falta de suministro de agua ahora los utilizan para someter aun más a una población castigada. Y a los que protestan le caen a plomo, usando a los “colectivos” para reprimir con armas de fuego y dar así la apariencia de que es un enfrentamiento de pueblo contra pueblo.

Investigar y escribir este libro, Sangre y Asfalto, ha sido un sombrío regreso a mi país. Un retorno lleno de dolor e impotencia, pero también cargado de orgullo por la perseverancia, el coraje y la dignidad de mis compatriotas. Hay mucho por escribir sobre mi país. Mucho que saber. Mucho que contar. Esta historia se sigue escribiendo. Se escribe con sangre de venezolanos que siguen luchando, que no se resignan a vivir sin libertad. A sobrevivir literalmente en la oscuridad impuesta por el régimen. Esta es mi pequeña ofrenda a la memoria de quienes lucharon y continúan luchando por recuperar la libertad en mi país.