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Así sobrevive el éxodo venezolano en Madrid: con la bici y una mochila de Glovo

jueves 04 de julio de 2019, 21:18h
Daniel Gómez (ALnavío).- Carlos, Nazaret, Isve, Eduardo… Médicos, ingenieros, periodistas, arquitectos… Así son los venezolanos que trabajan en Glovo, la aplicación de reparto de comida más popular de Madrid. Una empresa que se ha convertido en un salvavidas para muchos de estos rostros del éxodo. En el diario ALnavío te contamos sus historias.
Como dice Carlos, hidratarse es importante cuando se trabaja en verano / Foto: ALN
Como dice Carlos, hidratarse es importante cuando se trabaja en verano / Foto: ALN

Montar en bicicleta por Madrid no es el mejor plan para el verano. El sol aprieta, el asfalto quema, el aire asfixia, mientras el termómetro sobrepasa los 40º. No es el mejor plan, pero hay veces que no queda otra opción. Son muchos, muchísimos los venezolanos que han hecho de la bicicleta su forma de vida. Por necesidad. Para tener algún ingreso en España. Para mantener a los hijos. Para ayudar a la familia…

Carlos tenía la frente empapada de sudor y también la camiseta. Sobre todo, los hombros y la espalda, donde descansan las aparatosas mochilas amarillas de Glovo. Era por la tarde. Bebía ansioso una botella de agua de litro y medio hasta que se paró a hablar con el diario ALnavío. “Hidratarse es importante”, dijo chistoso mientras sacaba una bolsa de cereales con frutos secos. “Y comer de vez en cuando también”.

Carlos, de 29 años, nació en un pueblito de Venezuela. Trabajaba como enfermero, pero, “harto de la situación allá”, decidió venirse a Madrid. “Por suerte tengo abuelos españoles, pude obtener la nacionalidad, tener mis papeles en orden, y ponerme a trabajar”.

Trabajar, aunque no como enfermero. No tenía tiempo para realizar la prueba de convalidación que exigen en España, y como necesitaba el dinero urgente consiguió empleo en Glovo.

Esta startup española compra, entrega y recoge los pedidos que encargan los usuarios por su aplicación. Son sobre todo pedidos de comida, pero Glovo también funciona como una empresa de mensajería.

“En días buenos logro hacer cuatro, cinco pedidos en una hora”, cuenta Carlos. “Con eso me gano unos 1.200 euros de media al mes. Me da para vivir en Madrid y para ayudar a mi familia que sigue allá”.

“En días buenos logro hacer cuatro, cinco pedidos en una hora”, cuenta Carlos. “Con eso me gano unos 1.200 euros de media al mes. Me da para vivir en Madrid y para ayudar a mi familia que sigue allá”.

Los trabajadores de Glovo son autónomos. Se dan de alta en la aplicación y se organizan para entregar los pedidos que solicitan los usuarios. Mientras más entregas, más ingresos. Y mientras más entregas, más privilegios.

Glovo categoriza a los repartidores con un sistema de puntos. “El primer mes es el más difícil. El objetivo al principio es sumar 50 puntos. Para ello hay que hacer todos los pedidos que te llegan. Trabajar 100% y tomar pedidos de alta demanda, que son de viernes a domingo en la noche”, explica a este diario Fran.

Fran ya no trabaja en Glovo. Dejó el trabajo hace dos meses para preparar el MIR, el examen de Médico Interno Residente. Fran era médico en Caracas, pero en España eso no le vale. Debe superar el examen si quiere obtener su puesto.

“Yo llevo más de un año en España. En octubre de 2018 me apunté en una academia para sacarme el MIR. Las clases variaban mucho. Los martes en la mañana, los jueves en la tarde, algunos sábados. Mi prioridad era hacer el curso del MIR… y también trabajar para mantenerme. Pero con esos horarios de academia, necesitaba un trabajo flexible y entonces un familiar me recomendó Glovo”, comenta Fran.

¿Trabajo precario? “Una vía de escape”

Fran se sintió un poco decepcionado. Pensaba que con Glovo iba a tener más autonomía de la que realmente tuvo. Al principio se vio asfixiado por el esquema de puntos. Cuando se tienen pocos, la aplicación no permite configurar buenos horarios. Y eso le obligó a dedicarle más tiempo a la bici de lo que le hubiera gustado.

“Yo para el primer mes me compré una bicicleta normal, barata, básica. Nunca pensé en comprarme una bici eléctrica, porque tampoco pensé que trabajaría tantos meses en Glovo”, dice Fran riéndose.

Eduardo tiene 57 años y trabaja en Glovo / Foto: ALN

Se ríe porque el primer mes fue un caos. Por todo. Por los pedidos. Por la exigencia del trabajo. Porque nunca había montado bicicleta. Porque se cansaba. Tenía agujetas. Dolores. Tenía de todo, menos puntos para cuadrar un horario que le permitiera tener una vida normal.

“¡Hasta adelgacé!”, comenta. “A mí me gustaba trotar. Practicar deportes. Pero nunca la bicicleta. Y ahora no te sé decir cuántos kilómetros hacía en un día, pero horas sí. En tres días llegué a rodar hasta 25 horas y, claro, el cuerpo decía basta. No daba para más”.

A la quincena, que es cuando paga Glovo, Fran ingresaba unos 400 euros de media. Le daba para vivir, pero finalmente tuvo que dejarlo para centrarse en el MIR. ¿Cómo valora la experiencia?

“Al final, no me arrepiento de haber trabajado ahí. Es una vía de escape. Pero sí hay cosas como la falta de autonomía para ser un trabajo de autónomos o la atención de soporte que no me convenció”, dice.

El sistema de puntos, la dificultad para conseguir horas, el trato con soporte -soporte es el sistema de administración, y no siempre resuelve los problemas que les surgen a los riders- son las dificultades típicas de los trabajadores de Glovo.

A otros les molesta que, siendo enfermeros, médicos, ingenieros, periodistas o arquitectos, no encuentran trabajo en lo que les gusta y tienen que recurrir a Glovo. Les molesta también que cuando entregan un pedido no les den ni las gracias. O les echen la culpa de que el envío haya llegado tarde.

“Hay muchas personas que nos tratan mal, unos pocos nos tratan bien... Pero no pasa nada mientras podamos trabajar y pagar las cuentas. Lo vemos mejor que ir al metro a pedir ayuda. Las personas a veces son flojas y prefieren mendigar, pero nosotros venimos a trabajar”, cuenta al diario ALnavío Daniel.

Daniel se ganaba la vida como piloto profesional en Venezuela. Por la crisis, se mudó a Madrid hace dos años. Se vino con la novia y con ella, en España, tuvo su primer hijo. “Me siento mal cada vez que veo compañeros de Glovo haciendo videollamadas con su hijo o hija a quienes ni siquiera pudieron ver nacer. Yo estoy muy agradecido de haber visto a mi hijo nacer”.

Daniel está en forma. Cada mañana va al gimnasio y cuida la alimentación. De hecho, cuadra las calorías que consume para que montar en bici no le haga perder peso ni reducir la masa muscular. “Sólo debo comer adecuadamente al ritmo de actividad física que estoy llevando”.

A Joan le ocurre justo al revés. “A mí pedalear me da hambre. Como más, engordo y todo se me va a las piernas”, dijo señalándose a los muslos. Grandes como jamones. Tan grandes que no le caben unos vaqueros normales, y siempre tiene que ir en chándal o en mallas de deporte.

Iván, ingeniero mecánico, cuenta a este diario que ha perdido 13 kilos. “Al principio fue terrible. Empecé trabajando dos, tres horas porque no tenía la condición física para más. Y al final pedaleaba hasta 10 horas seguidas haciendo más de 60 kilómetros diarios”.

Con los ‘panas’ en los McDonald’s

La práctica hizo a Iván mejor ciclista. Y también conseguir compañeros. “En Glovo te relacionas fácil, haces panas (amigos), como la mayoría son venezolanos pues te dan consejos sobre cómo vestirse, cuáles son las mejores zonas, qué tienes que comer, que beber…”.

Apunta que la relación entre los riders es excelente. También que en algunos sitios “se organicen auténticas rumbas (fiestas)”. Las puertas de los McDonald’s -empresa asociada con Glovo- son auténticos nidos de venezolanos que esperan por los pedidos. Pero no aburriéndose. No. Hay hasta música. La de los altavoces que incorporan en sus bicicletas para armonizar el camino.

El McDonald’s de Cuatro Caminos, al lado de la rotonda, es uno de esos lugares. Allí ALnavío conoció la historia de Nazaret, una joven de 18, nacida en la isla deMargarita, que emigró a España hace apenas seis meses. Para comenzar también eligió Glovo. No tenía dinero. Ni siquiera para comprarse una bicicleta.

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