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Jorge Arreaza no pierde el tiempo para decir tantas mentiras juntas

miércoles 23 de octubre de 2019, 22:30h
Por Juan Carlos Zapata (KonZ).- Jorge Arreaza, el canciller de Maduro, afirma y pregunta. Lo que afirma es mentira. Y en las preguntas, la mentira también va primero. Lo hace en un artículo en el diario El País de Madrid, al que titula Venezuela: la agresión que no es noticia.
Arreaza le reclama a los medios de Europa cómo se ocupan de Venezuela / Foto: CancilleríaVE
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Arreaza le reclama a los medios de Europa cómo se ocupan de Venezuela / Foto: CancilleríaVE

Hay un reclamo de Jorge Arreaza a los medios de Europa. Sobre la forma como se ocupan de Venezuela. Con esa misma línea de reclamo comenzó Hugo Chávez. A reclamarle a los medios en Venezuela a los cuales después amordazó. Chávez también le reclamaba –insultaba- a los medios internacionales, a los que no podía censurar. Que es lo que tampoco puede hacer el régimen de Maduro. Pero en lo interno, Maduro y su grupo dominan los medios, controlan los medios, y persiguen periodistas. A Chávez siempre le incomodaron los medios y los periodistas. Lo mismo le ocurre a Maduro y por lo que se ve, a Arreaza. A Chávez no le gustaba que los periodistas de Venezuela lo entrevistaran. Lo mismo hace Maduro. Y lo mismo hace Arreaza.

Señala Jorge Arreaza que son las sanciones de la Administración de Donald Trump las que han creado las secuelas inhumanas, o el impacto que se hace sentir en toda la sociedad venezolana. No reconoce, y nunca lo reconocerá, que la crisis del modelo comenzó con Hugo Chávez y se profundizó con Maduro, mucho antes de que se dictara la primera sanción. No dice que la estatización fue un fracaso. Que las tierras que confiscaron ya no producen. Que destruyeron las industrias de aluminio, acero, y petróleo. Que destruyeron el tejido industrial. Que no invirtieron en electricidad y por eso no hay servicio eléctrico, que no invirtieron en acueductos, y por eso no hay servicio de agua. No dice que la corrupción se ha calculado en 400.000 millones de dólares, y que ese volumen de dinero creó una nueva clase: la boliburguesía. Esos son los ricos bolivarianos que no quieren soltar el poder.

Arreaza se queja de que los medios se refieran al régimen y al grupo del poder como “dictadura, tiranía, narcotraficantes, carteles, corrupción, sufrimiento, antidemocrático, indolentes, mafiosos, asesinos, comunistas, y pare usted de contar”.

¿Falta más? Por supuesto. Falta crueles, incapaces, censores, controladores, mentirosos, manipuladores, torturadores, fascistas, militaristas, entreguistas del país a Cuba.

Escribe Arreaza que “Poco, o nada, se dice en medios europeos sobre la raíz de las turbulencias políticas y económicas en Venezuela: la evidente pugna histórica entre la burguesía venezolana, sometida a los intereses de Washington para retomar el poder de la mayor reserva de petróleo del planeta, versus la revolución bolivariana, que desde hace 20 años se ha dedicado a reinvertir las riquezas de la industria energética del país en las necesidades más sentidas de las mayorías y no en los bolsillos de la antigua plutocracia”.

Parrafada llena de mentiras. La turbulencia política la comenzó Chávez con su proyecto excluyente y hegemónico. Ganó unas elecciones para luego arremeter contra todo aquello que le era incómodo a su propósito de poder. Y no es la burguesía la que quiere ponerle la mano a las reservas de petróleo. Es el chavismo el que le puso las manos a Petróleos de Venezuela, PDVSA, y al petróleo, y a los dineros del petróleo, y de paso los despilfarró, los botó, se los robaron, los regaló a Cuba y a otros países. Es el chavismo, y es Maduro, y Arreaza en plan de cómplice, los que destruyeron PDVSA. Y ya esto echa por tierra que la “revolución bolivariana” ha reinvertido la riqueza en las necesidades de los más pobres. No es verdad. No la reinvirtieron. La gastaron. Se la robaron. No crearon riqueza. No vieron el futuro. No vieron el largo plazo. El chavismo con Chávez y Maduro a la cabeza, llevaron el clientelismo al extremo y por ahí destruyeron la economía del país. Y no lo dice el FMI. Lo dicen los indicadores del propio Banco Central de Venezuela.

Señala Jorge Arreaza que son las sanciones de la Administración de Donald Trump las que han creado las secuelas inhumanas, o el impacto que se hace sentir en toda la sociedad venezolana. No reconoce, y nunca lo reconocerá, que la crisis del modelo comenzó con Hugo Chávez y se profundizó con Maduro, mucho antes de que se dictara la primera sanción. No dice que la estatización fue un fracaso. Que las tierras que confiscaron ya no producen. Que destruyeron las industrias de aluminio, acero, y petróleo. Que destruyeron el tejido industrial. Que no invirtieron en electricidad y por eso no hay servicio eléctrico, que no invirtieron en acueductos, y por eso no hay servicio de agua. No dice que la corrupción se ha calculado en 400.000 millones de dólares, y que ese volumen de dinero creó una nueva clase: la boliburguesía. Esos son los ricos bolivarianos que no quieren soltar el poder. Que mantienen jugosas cuentas en los bancos internacionales, en paraísos fiscales. Esa es la nueva plutocracia que extiende sus tentáculos hacia el exterior porque el petróleo y los ingresos petroleros alcanzaron hasta para crear la boliburguesía internacional. Tampoco dice Arreaza que a pesar de los fabulosos recursos, Chávez endeudó al país y endeudó a Petróleos de Venezuela. Maduro tuvo que declararse en default y no fueron las sanciones las que cerraron el sistema financiero internacional al régimen sino la incapacidad de pago. Antes de las sanciones, el crédito ya estaba cerrado para Maduro.

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De todo ello se desprende que no hay peor sanción para el país que el modelo chavista. El modelo que dejó sin medicinas y sin alimentos al pueblo, que dejó sin asistencia médica al pueblo, que dejó sin servicios públicos al pueblo, y es ese pueblo, más de cinco millones de personas, el que ha tenido que migrar. Casi todo el planeta es testigo.

Dice Arreaza esta gran mentira: “Desde Washington han confesado abiertamente que ‘sus sanciones’ tienen como objetivo someter al pueblo a las circunstancias más crueles, para que se cumpla con su voluntad intervencionista de cambio de régimen”. ¿Someter al pueblo? ¿Quién ha confesado eso? Estas afirmaciones confirman el uso de adjetivos que incomodan a Arreaza: manipuladores, mentirosos.

Escribe Arreaza que “Es una verdad del tamaño de una catedral que la agresión inhumana contra la economía venezolana genera dificultades, sufrimiento e incluso muerte. Ya son varios los estudios independientes que así lo confirman. Desde el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, tanto su alta comisionada, como el relator especial sobre el impacto de las medidas coercitivas unilaterales, han manifestado su preocupación por las consecuencias devastadoras de esta política estadounidense en el disfrute y garantía de los derechos humanos”.

La manipulación es fragrante. La mentira también. No dice que el informe de Michelle Bachelet apunta que la crisis ya estaba gestada desde antes, desde mucho antes de las sanciones. Aunque, por supuesto, hay que reconocer que las sanciones profundizan el drama, así vayan dirigidas no contra el país sino contra los que usurpan el poder.

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Arreaza formula las siguientes preguntas. Y aunque estas ya están respondidas en los párrafos anteriores, vale la pena anotarlas para que el lector tenga una impresión más detallada de hasta dónde llega el esfuerzo de la manipulación. “Surgen entonces preguntas necesarias: ¿Los ciudadanos europeos son informados con imparcialidad sobre Venezuela? ¿Tiene alguna importancia que pacientes con enfermedades crónicas, en las que el factor tiempo es determinante, no puedan ser tratados oportunamente por el bloqueo financiero? ¿Significa algo para esos medios que las medidas o sanciones genocidas de EEUU vayan dirigidas a las empresas que proveen de alimentos a Venezuela? ¿Puede ser noticia que la infraestructura de servicios públicos y hospitalarios se ve afectada por la negativa de las casas matrices a suministrar partes y piezas, o a cumplir con los protocolos de mantenimiento? ¿Podría tener repercusión mediática que a pesar de toda la agresión multiforme, el Estado venezolano no ha privatizado la salud, la educación, no ha cerrado escuelas, universidades, no ha dejado de entregar viviendas, de otorgarle pensiones a los abuelos y ha renovado y tecnificado su robusto sistema de políticas sociales? Tal vez pueda ser titular de primera página el robo de 30.000 millones de euros en dinero, oro y activos del Estado venezolano. Buena parte de esos recursos, por cierto, están bloqueados en bancos europeos”.

Dicho esto, hay que detenerse en el último aspecto. Los 30.000 millones de euros. Los expertos señalan que esto es mentira. Que no hay tales recursos en los bancos europeos. En cambio, Maduro despilfarró 45.000 millones de dólares que en 2014 le entregó PDVSA de manera directa, según ha escrito el exZar de la empresa, Rafael Ramírez. Y Arreaza, en vez de repetir la mentira de los 30.000 millones de euros, debería más bien preguntarse en cuáles bancos están y a nombre de quién los 400.000 millones de dólares de la corrupción. Claro que sabe cuáles son las “figuras”, los jefes de grupos o de mafias que detentan o detentaron el poder que acumularon más recursos. Por cierto, es el propio Maduro y su fiscal General (los medios reproducen), los que hablan de las “mafias” que destruyeron PDVSA y se robaron buena parte del dinero. Y son los señalados los que contratacan apuntando que es Maduro y las mafias en el poder, los que destruyeron la industria petrolera. De modo que mafiosos no es un adjetivo inventado por los medios de Europa. Sino una realidad del poder. Del poder chavista y madurista.

Lo que no recuerda Arreaza es que los calificativos los comenzó a usar Hugo Chávez. Y los siguió usando Maduro. En eso el chavismo ha sido prolífico. En la descalificación.