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Y si Telefónica vende la filial de Venezuela, ¿quién se atreve a comprarla?

jueves 28 de noviembre de 2019, 15:02h
Por Juan Carlos Zapata (KonZ).- Telefónica no descarta ninguna opción con sus filiales de América Latina. Aún no habla de venta por separado de las filiales, habla de concentrarlas en una nueva firma. Y esta nueva filial que sumará las operaciones de Venezuela, Colombia, Chile, Argentina, México, Ecuador, Uruguay y Perú, podrá ir a Bolsa, podrá asociarse, podrá aliarse, o la venta en paquete. ¿Pero y si hay comprador para mercados específicos?
Telefónica aún no habla de venta por separado de las filiales / Foto: EFE
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Telefónica aún no habla de venta por separado de las filiales / Foto: EFE

Por lo pronto, Telefónica acaba de tomar la decisión de concentrar los negocios en aquellos países que le resultan rentables y no muestran signos de inestabilidad política, ni riesgos cambiarios y regulatorios. De América Latina, Brasil se mantiene entre la operación global que incluye a Reino Unido, España y Alemania.

Los demás países, aquellos de América Latina, se traducen en riesgo, en esfuerzo, en exposición, en tiempo, en más capital, en muchos más recursos para garantizar la operatividad y competencia. Y para crecer, para seguir garantizando el servicio, dice José María Álvarez-Pallete en la carta enviada al entorno de negocios, hay que gestionar “los recursos de la manera más eficiente posible”. Ya la multinacional había salido de sus posiciones en Centroamérica.

¿Entonces quién? Queda la opción de la boliburguesía. Antes de que el Estado le pusiera la mano a CANTV, las telecomunicaciones estuvieron en el foco de los primeros boliburgueses, que ya desaparecieron del radar, al menos del radar doméstico. Sólo Rafael Sarría mantiene una posición minoritaria en Digitel. Es un sector que les atrae, pero son otras dimensiones. Los de antes, eran unos boliburgueses que habían acumulado hasta 2009 entre 500 y 2.000 millones de dólares en activos. Hoy, parece mentira, es poco si se compara con las cifras que se le atribuyen a grupos de poder, cifras que rondan los 10.000 millones de dólares, y más. Ya algunos pagaron cantidades de envergadura por la Cadena Capriles y el diario El Universal. Telefónica Venezuela es otra cosa.

Señala que “la historia de nuestra compañía no se entiende sin la apuesta desde hace 30 años por Latinoamérica, que ha hecho de Telefónica una compañía mejor. Siempre hemos mostrado un fuerte compromiso por la región, incluso en sus momentos más difíciles. Nuestras operaciones en Latinoamérica eran hasta hace unos años el motor de crecimiento de la compañía. Sin embargo, las condiciones particulares en estos mercados han impactado en la evolución de los negocios, mermando su contribución en los últimos años por distintos motivos y a pesar de los enormes esfuerzos de los equipos locales, que siempre han mostrado un fuerte compromiso”.

¿Qué pasará con Venezuela? Tiempo atrás fue la joya de la corona. Hoy es un conglomerado de problemas. Venezuela concentra todos los problemas que obligan a Telefónica a este cambio radical en el negocio.

Es un riesgo político.

Es un riesgo geopolítico.

Es un riesgo cambiario.

Es un riesgo regulatorio.

Todo ello se traduce en un riesgo de negocio. No hay garantías para la operación. Telefónica lo viene alertando desde hace cinco años, aunque también ha señalado que su decisión era mantenerse en el país. Hasta bien entrado 2017 sufría un rezago en las tarifas y al lograr el ajuste, la empresa anunció que fortalecería servicios e inversiones. Sin embargo, el entorno económico y político se deterioró aún más en 2018 y 2019. Y la llegada de las sanciones de los Estados Unidos contra el régimen de Nicolás Maduro, colocan un elemento de mayor limitación al negocio. Y la gente de Telefónica, dicho por Álvarez-Pallete, quiere “trabajar en una compañía más simple y con procesos más ágiles; en una compañía donde la experiencia del cliente sea el eje central, y en una compañía que actúa con valores en el nuevo mundo digital. Porque tan importante es gestionar el cambio climático o la transición energética como gestionar la transición digital”.

Si hay decisión de vender por separado las filiales, ¿quién puede comprar la de Venezuela? Este es un ejercicio por descarte.

Las sanciones impiden que empresas de los Estados Unidos vayan a asomarse por Caracas. Más bien, ya se fueron, cuando Hugo Chávez estatizó CANTV y cuando Bell South y Oswaldo Cisneros venden Telcel a Telefónica.

La última compañía que se interesó en el mercado, 2001, fue la eléctrica AES, la misma que había comprado La Electricidad de Caracas. Pero AES desapareció del radar de grandes compañías.

Oswaldo Cisneros no está en condiciones de darse la vuelta. Ya tiene Digitel, que la compró a la italiana TIM. Anda en los 80 años. Pierde dinero en los negocios. Sigue siendo un magnate, pero pérdidas son pérdidas. No es momento de tomar nuevos riesgos.

La Organización Diego Cisneros con Gustavo Cisneros a la cabeza no está interesada en invertir en Venezuela. Tampoco tiene el músculo de antes.

No hay a la vista empresarios locales de los tradicionales que se atrevan a estructurar consorcios como lo hicieron en los tiempos de las privatizaciones, en los gobiernos de Carlos Andrés Pérez y aun de Rafael Caldera.

¿Entonces quién? Queda la opción de la boliburguesía. Antes de que el Estado le pusiera la mano a CANTV, las telecomunicaciones estuvieron en el foco de los primeros boliburgueses, que ya desaparecieron del radar, al menos del radar doméstico. Es un sector que les atrae, pero son otras dimensiones. Los de antes, eran unos boliburgueses que habían acumulado hasta 2009 entre 500 y 2.000 millones de dólares en activos. Hoy, parece mentira, es poco si se compara con las cifras que se le atribuyen a grupos de poder, cifras que rondan los 10.000 millones de dólares, y más. Ya algunos pagaron cantidades de envergadura por la Cadena Capriles y el diario El Universal. Telefónica Venezuela es otra cosa. Tanto por el capital de entrada como por la inversión que requiere en el corto y mediano plazo. Pero las condiciones del país hacen que tampoco el precio se fije en parámetros de gran altura, y los boliburgueses acumularon dinero cuando el petróleo se cotizaba a 100 y más dólares el barril. A Telefónica le interesa salir de esa posición. Ya lo ha dicho. Es riesgo, esfuerzo y dinero. Exposición. Es pérdida. De modo que la boliburguesía bien puede dar un paso. El asunto es si el régimen de Maduro se atreverá a legitimar esa operación. Lo hizo en otro contexto con los medios, pero se trataba más de una operación política. Los resultados de negocios están a la vista. El régimen entiende lo estratégico que son las telecomunicaciones. En esto son expertos y llevan años controlando el sector. La compra por parte de un grupo boliburgués haría ruido, y al mismo tiempo sería un mensaje de confianza hacia el régimen. Maduro necesita esta operación.

Pero queda otra opción. Tal vez sea la oportunidad, al fin, de que Carlos Slim aterrice en Venezuela, después de algunos intentos. ¿Lo hará con Claro? Ya con esta marca, con esta empresa, tiene presencia en casi toda América Latina. En Venezuela quiso adquirir CANTV, envió emisarios al país, pero luego de algunas reuniones con personajes del Ejecutivo de Chávez, entre otros el entonces vicepresidente de la República, José Vicente Rangel, le quedó claro que no le convenía arriesgarse. Lo que se dijo en esos encuentros lo sabe Slim, y lo sabe Rangel. Este fallido intento fue el que terminó convenciendo a Hugo Chávez de ponerle la mano a CANTV. ¿Por qué lo haría Slim? En los círculos de negocios ya se asoma esta posibilidad. Porque sabe tomar riesgos. Porque arriesgándose en Venezuela y con el régimen de Maduro puede enviarle una señal al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, cercano al chavismo pero distante del magnate, uno de los hombres más ricos del mundo. Porque sería una apuesta a largo plazo, y la incursión estaría dentro de los “riesgos calculados”. Tal vez Carlos Slim quepa en esta diversidad a la que se refiere Álvarez-Pallete: “la aparición de nuevos competidores sujetos a distintas reglas demanda aproximaciones estratégicas muy focalizadas y alternativas a las tradicionales para seguir creciendo”. Pero Slim tendría que considerar un problema en ningún modo menor: Las sanciones y Donald Trump, quien tampoco es santo de su preferencia.