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Qué le pasó a este hombre con la basura, los olores y el aseo urbano en Caracas

miércoles 29 de enero de 2020, 15:02h
Ezio Serrano Páez (KonZ).- Vivir solo tiene una gran ventaja: si la casa permanece limpia, nadie nos puede disputar el mérito. La gran desventaja es que si permanece sucia no hay a quien culpar. Tal dilema desaparece cuando se relaciona la suciedad con la rebeldía. Esto es, la limpieza e higiene trastocadas en abominable prejuicio pequeño burgués, que se debe combatir desde la mugre convertida en trinchera.
La basura inunda esta ciudad revolucionaria / Foto: Aporrea.org
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La basura inunda esta ciudad revolucionaria / Foto: Aporrea.org

Ha de ser por esto que, en Caracas, esta ciudad revolucionaria, florecen los basureros, los malos olores nos ruborizan y los líderes de la cuadra incuban golondrinas en sus sobacos inspirados por el Che Guevara, acérrimo enemigo del jabón para el aseo personal. Les voy a contar esta experiencia.

Día 1.

Como buen reaccionario pequeño burgués, aunque sin adicciones al baño, me dediqué a limpiar la vivienda ubicada en una comunidad en la cual predominan personas de la tercera edad. Por alguna extraña razón, quienes prometieron un hombre nuevo, están logrando que en la ciudad predominen los viejos, o por lo menos eso es lo que parece en el lugar donde vivo. Y el sistema de recolección de basura se acomoda a las personas que ya no cumplen horarios de trabajo, por lo cual esperan pacientemente el corneteo que anuncia la llegada del camión recolector. Sin día ni hora prefijada, la bolsa de basura se va convirtiendo en el único miembro adicional de la familia, sólo que posee una altísima capacidad reproductiva.

Día 2.

Mi basura y yo estábamos preparados para el “advenimiento” del camión. Al parecer, pronto pasará. Entendí que estar acompañado por una bolsa de basura era un privilegio desde que vi a un anciano, probando suerte, ‘acompañado’ por un cilindro de gas de unos 18 kilos. Debía cargarlo varias cuadras desde el lugar asignado para la distribución del combustible. Pero mi bolsa era portable y hasta amigable, de no ser por los desechos orgánicos que ya se habían descongelado tras una larga espera. Todo resultó ser una falsa alarma. El camión no pasó. Debí devolver los orgánicos al congelador y coloqué la bolsa justo a la salida de la casa para no olvidarla en una próxima salida.

Día 3.

Hoy no podré esperar el camión del aseo urbano, debo ir al trabajo. La mañana se mostró auspiciosa cuando se dejó escuchar el ruido producido por la presión en las tuberías: ¡Había llegado el agua! Un acontecimiento sublime, sin duda, pero que marcaba la agenda doméstica con señales de urgencia. Había que hacer de todo bajo la presión del horario de trabajo. Y así fue. La urgencia desatada por el agua cerraría con broche de oro: ¡un buen baño antes de salir! El ruido de la regadera impedía escuchar con claridad el sonido exterior. Estaba enjabonado hasta las orejas cuando pude identificar la corneta del camión y el grito al compás ¡Aseo! Debí acelerar el proceso mientras la bocina seguía sonando. Medio seco, medio mojado, medio vestido y medio desnudo corrí hasta la nevera, saqué los orgánicos, recogí la bolsa negra, (aunque ya había parido una verde con los desechos del día). Corriendo atravesé el largo patio que sirve de estacionamiento, pero al llegar a la calle pude ver el camión alejarse, mientras varios ancianos redoblaban esfuerzos inútiles para alcanzarlo. De regreso por el estacionamiento tomé una decisión trascendental: me llevaría la bolsa negra en el maletero del carro para cazar un contenedor y allí abandonar a mi acompañante.

Hoy no podré esperar el camión del aseo urbano, debo ir al trabajo. La mañana se mostró auspiciosa cuando se dejó escuchar el ruido producido por la presión en las tuberías: ¡Había llegado el agua! Un acontecimiento sublime, sin duda, pero que marcaba la agenda doméstica con señales de urgencia.

Al pasar por una calle posterior al mercado vecinal, un hombre de mediana edad abre un portón que deja al descubierto un vertedero. Es el depósito de desechos del mercado. ¡Era lo que estaba buscando! De no ser por el mosquero y la pestilencia reinante, habría respirado profundo para inflar mi pecho con fervor ciudadano y ecológico. ¡No abandonaría la bolsa negra con la basura en cualquier lugar por solitario que fuese! Ya era un asunto de honor. Insuflado con ese espíritu me dirigí al infeliz que arrumaba los desperdicios sin ninguna protección para su salud. Sólo la consabida franela roja, y una gorra alusiva al comandante eterno le cubría la mollera. Con una orgullosa sonrisa de buen ciudadano, me acerqué al personaje para anunciarle mi entrega. El hombre reaccionó con ira, empuño la pala y la elevó hasta su pecho:

- ¡Acá sólo se bota basura producida en el mercado!

Abrumado por la vergüenza y con cara de idiota, regresé con la bolsa al carro, justo cuando ya no tenía otra opción que dirigirme hacia el trabajo. Fue un día suficientemente movido como para olvidarme de mi inseparable compañera, la que aguardaba su destino en el maletero.

Día 4

La bolsa verde va creciendo velozmente, creo que pronto va a parir una azul. Pero hoy debo hacer varias diligencias y no podré esperar el camión del aseo urbano. Tampoco moveré el carro. Voy a caminar.

Día 5

Nació la bolsa azul con los desperdicios del día. La verde alcanzó la madurez y ya está preparada para ser presentada en sociedad. Lamentablemente hoy debo ir a trabajar y no podré esperar el camión. En la mañana, rumbo a la oficina siento un raro olor en la cabina del vehículo, abro los vidrios y desaparece. Por la tarde, ya cerca del vecindario observo a un anciano cargando un pesado cilindro de gas. Estaciono el vehículo en un lugar seguro y me acerco para ofrecerle ayuda. El anciano la acepta con incredulidad:

-No tengo dinero para pagar- afirma

- Señor, no le voy a cobrar…aspiro ganarme el cielo- le respondí sonriendo

Pero al abrir el maletero, la fetidez contenida se liberó como bomba de Hiroshima portátil. Desde el interior, algunas larvas parecen saludar con candidez. El anciano se tapa la nariz y me arrebata el cilindro de gas:

- ¡Usted lleva un cadáver podrido en esa bolsa, zape!

Y siguió cargando su pesada cruz, mientras yo cerré la puerta para seguir camino a casa. Al llegar, debí sacrificar uno de los tobos con agua restantes y abundante jabón para contener la asquerosa rebelión del maletero.

Día 6

Declarado en cuarentena: suspendí todo compromiso laboral o social para dedicarme a la basura. La bolsa negra y su prole (verde y azul), las introduje en un bolsón con suficiente capacidad. Decidí esperar tenazmente el paso del camión. Con ropa de atleta, listo para correr, así permanecí todo el día. ¡Pero el recolector no pasó! Mi espíritu cívico-conservacionista estaba conmovido. ¿Qué debía hacer para derrotar la basura? ¿O tendría que aliarme a ella declarándome en rebeldía? Pensé en Greta Thunberg y su mensaje contra el consumismo de los ricos, los mayores productores de basura. ¿Acaso somos muy ricos y no nos hemos enterado? Me sentí culpable por haber trasteado la casa y por limpiar los cajones. Y hasta me pareció admirable la vida del cochino en su chiquero. Claro, lo malo es que cuando les llega su sábado les sale palo cochinero.

Día 7

El reloj marca las 4 horas de una fría madrugada. Mi espíritu cívico-conservacionista está en ruinas, al punto de salir a desafiar el peligro. Decidí trasladar mi basura hasta un promontorio que se yergue imponente a las puertas de un conjunto residencial cercano. No sólo el aseo urbano llega poco a la zona, también el alumbrado público es escaso. Lo cual resultaba muy bueno para la operación encubierta que estaba por realizar. En minutos recorro varias cuadras a oscuras, sosteniendo la asquerosa carga por el cuello. Ya estoy frente al promontorio, y me apresto al lanzamiento de rigor, pero en ese momento una voz estalla en la penumbra:

- ¡Quieto, no te muevas!

En tanto, desde otra dirección, alguien rompe una botella y se aproxima amenazante exponiendo el dilema salvador:

- ¿La bolsa o la vida?

Era obvia la elección. Arrojé la bolsa y en la arrancada pude ver a dos espectros disputarse el privilegio de buscar en los desperdicios que finalmente pude despedir.