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Es el modelo político de Maduro y no la economía lo que más se parece a China

jueves 13 de febrero de 2020, 15:02h
Por Juan Pablo Olalquiaga y Santiago Olalquiaga (KonZ).- ¿Cuál es el significado político de que las autoridades de facto, que se sienten fuertes luego de sobrevivir en el poder, den una aparente luz verde a la dolarización transaccional? Esta pregunta cobra vigor adicional si, además, consideramos que las autoridades parecen haber reducido la presión que venían ejerciendo sobre los comercios a través de controles de precios.
Maduro privilegia el gasto en importaciones a expensas de la producción nacional / Foto: Presidencia
Maduro privilegia el gasto en importaciones a expensas de la producción nacional / Foto: Presidencia

Algunos, aparentemente colmados de optimismo, hablan de un nuevo modelo chino en Venezuela, entendiendo por esto un sistema carente de libertades políticas que cría en su seno a una economía de mercado. Sin embargo, antes de predecir el nacimiento de una China tropical, cabe cuestionarse cómo se dio el extraordinario crecimiento de la economía china bajo un sistema autocrático.

Fue Deng Xiaoping, luego de la muerte de Mao Zedong en 1974, quien inició y lideró la transformación económica china. La economía había sido devastada por las políticas colectivistas y supresoras del derecho de propiedad del “Gran Salto Adelante” y la “Revolución Cultural”, que el gobierno de Mao implementó desde 1958 hasta la muerte del dictador.

Estos programas sólo lograron revolucionar la miseria y el caos, produciendo –por ejemplo– la muerte por hambruna de entre 10 y 40 millones de personas. Deng Xiaoping, que había ocupado diversos cargos en el gobierno de Mao (como miembro del Comité Central del Partido Comunista Chino), vio en el fracaso del “Gran Salto Adelante” la necesidad de cambio, que buscó instrumentar a través de políticas reformistas, junto a Liu Shaoqi.

Quizás en lo que más nos parecemos a China es en otros aspectos del modelo: ni Venezuela ni China tienen gobiernos legitimados a través de elecciones directas, secretas y transparentes; y en ambos países, la represión política, la violación de Derechos Humanos y la corrupción son prácticas inherentes al sistema de gobierno.

Este esfuerzo le ganó un enorme descrédito como infiltrado capitalista, la remoción de sus cargos y que lo enviaran –junto a su esposa– a trabajar en una fábrica de tractores en la provincia de Jiangxi. En la histeria revolucionaria, los Guardias Rojos lanzaron al hijo de Deng, acusado de ser un capitalista como su padre, desde una ventana de la universidad de Beijing, dejándolo parapléjico.

Luego de la muerte de Mao y de lograr rehabilitarse políticamente, Deng ascendió al poder y dio un giro a la economía desde el comunismo maoísta hacia la liberalización –giro encapsulado en su idea de que “no importa que el gato sea blanco o negro, con tal de que cace ratones”.

Las reformas de Deng empezaron por revertir la colectivización, permitiendo a los campesinos transar los productos que cultivaban. De ahí tomó rápidamente la forma de las llamadas “Cuatro Modernizaciones”:

-liberalización económica de la industria,

-institución de incentivos a la agricultura,

-promoción del desarrollo científico y tecnológico,

-y renovación de la defensa nacional.

Estas dieron inicio a un proceso de industrialización marcado por privatizaciones, apertura a la inversión extranjera y descentralización. El gobierno chino mantuvo el yuan subvaluado para hacer competitivas las exportaciones, mientras desarrollaba la infraestructura necesaria para sostener la principal razón del éxito chino: el foco en exportar.

Con ese objetivo, el gobierno chino no reparó en leyes que diesen beneficios o protección a los trabajadores, ni que mitigasen el impacto de la industrialización sobre el medio ambiente; tampoco se preocupó por respetar derechos de propiedad intelectual, impulsando el robo de tecnología a otros países.

Por otro lado, con este cambio de velocidades, el gobierno chino se empezó a enfocar en que su población se educase, aprovechando la educación en el extranjero e invirtiendo también en la doméstica.

Los resultados hablan por sí mismos. Viendo sólo algunos números más allá de la tasa de crecimiento, tenemos que hoy cuatro zonas de China continental (Beijing, Shanghái, Jiangsu y Zhejiang) ocupan las primeras cuatro posiciones globales en la prueba PISA, que mide las destrezas en matemáticas, ciencias y lectura de los niños de 15 años en 78 países. Además de estas cuatro regiones, Hong Kong y Macao también se cuentan entre las primeras ocho posiciones.

Por otro lado, China era ya para 2012 el primer productor de acero del mundo. También en 2012 comenzó a operar la Presa de las Tres Gargantas en el río Yangtsé: a un costo estimado de 24.000 millones de dólares y con una capacidad de 22.500 megavatios, es la represa hidroeléctrica con mayor capacidad de generación en el planeta. En 2012 también ha debido empezar a operar Tocoma II, nuestra central hidroeléctrica. Esta, a un costo de 12.000 millones de dólares, se planificó para generar sólo 2.160 megavatios de electricidad (un 9,6% de la capacidad de la presa en el río Yangtsé), y hoy no produce ninguno.

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Todo esto nos indica que el gobierno chino aprendió de sus desastres en política económica, adoptó una intención de desarrollo, y la ejecutó a través de un viraje de políticas públicas acertado. En contraste, las autoridades de Venezuela intensificaron la centralización y la destrucción de la infraestructura, el sistema educativo, la capacidad productiva y –finalmente– la moneda.

La aparente política de apertura comercial que hoy vemos en Venezuela, muy lejana a la de China, continúa privilegiando el gasto en importaciones a expensas de la producción nacional: recarga con aranceles las importaciones de maquinaria y materia prima, mientras reduce los aranceles a la importación de bienes terminados. Las autoridades de facto de Venezuela desestimulan la producción y el comercio formales mediante impuestos y sanciones que secuestran el capital de trabajo de las empresas, mientras los funcionarios públicos vandalizan las diminutas exportaciones no petroleras existentes en búsqueda de coimas para financiar su supervivencia.

Celebrar esto como un nuevo modelo chino es, cuando menos, desacertado. Las políticas económicas que hemos vivido y continuamos sufriendo se parecen más a las implementadas por Mao Zedong en el “Gran Salto Adelante” o la “Revolución Cultural” que a las “Cuatro Modernizaciones” de Deng Xiaoping. Estamos hoy más lejos que nunca de convertirnos en una China tropical.

Quizás en lo que más nos parecemos a China es en otros aspectos del modelo: ni Venezuela ni China tienen gobiernos legitimados a través de elecciones directas, secretas y transparentes; y en ambos países, la represión política, la violación de Derechos Humanos y la corrupción son prácticas inherentes al sistema de gobierno.