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En Venezuela el coronavirus inmoviliza, Maduro se empodera y el hambre moviliza

martes 24 de marzo de 2020, 21:00h
Ezio Serrano Páez (KonZ).- La pandemia otorga legitimidad al uso de la fuerza para el control social. Esto ocurre porque el poder se enmascara legítimamente bajo la forma del bien común (la salubridad del país). No sólo el coronavirus; el poder también sufre una mutación, se convierte en poder de hecho, poder a secas.
La pandemia otorga legitimidad al uso de la fuerza para el control social / Foto: Pixabay
La pandemia otorga legitimidad al uso de la fuerza para el control social / Foto: Pixabay

Para algunos (vaya contradicción), el coronavirus tiene poder sanador pues supuestamente, después de la pandemia surgirá un mundo mejor. Seremos más cooperativos, menos individualistas. Aprenderemos a valorar la vida, a limitar nuestro narcisismo y sobre todo, seremos más humildes tras la felpa propinada por un ser microscópico capaz de poner en vilo hasta la propia civilización. Seremos más igualitarios tras la lección democrática de una peste que ataca sin distinciones de clase.

Esta forma de relato que ya empieza a circular, sin proponérselo, coincide con la idea del fuego sagrado en sociedades primitivas: después del fuego arrasador y purificador, quedan las cenizas. Desde ellas emerge una nueva vida. Como el conuquero que tala y quema para sembrar, en un ciclo que termina cuando el suelo se vuelve estéril, pero bueno… para algo sirve la quemazón.

Esta posibilidad de obtener una cura para el mal venezolano, no luce probable pues la dictadura nos mantiene aislados, desarticulados, sin liderazgo. A lo sumo produciremos anarquía y más infectados.

Carecemos de audacia para afirmar o negar la ocurrencia de esa maravilla en otras sociedades con distinta configuración. Pero tratándose de Venezuela, aquella posibilidad sanadora y purificadora nos despierta sospechas, a pesar de no estar apegados a las profecías.

Nuestras dudas empiezan cuando notamos que el relato antes indicado, también coincide con la promesa revolucionaria de un Hombre Nuevo. He aquí la gran paradoja: la promesa incumplida de un mundo mejor, ¡ahora será posible gracias al virus sanador! Los optimistas, como quien esto escribe, preferimos remitirnos a los hechos y por ello le atribuimos al coronavirus un poder esclarecedor más que sanador. Tal poder se pone en evidencia al observar que en Venezuela:

1.- En tiempos de pandemia, los presidentes suplentes tienen poca figuración, y menos si no tienen vocación de poder.

2.- En tiempos de pandemia vale más el distanciamiento social que la unidad familiar. Pero si a eso se añade la escasez de gasolina, se impone la unidad nacional tal como la pregone el gobierno, así esté representado por un dictador.

3.- La pandemia otorga legitimidad al uso de la fuerza para el control social. Esto ocurre porque el poder se enmascara legítimamente bajo la forma del bien común (la salubridad del país). No sólo el coronavirus; el poder también sufre una mutación, se convierte en poder de hecho, poder a secas.

4.- En Venezuela, además del Covid-19, estamos padeciendo el síndromeGillette doble hojilla: lo que al Maduro-virus se le pasa, el coronavirus lo repasa. Es decir, por muy sanador que sea el fuego sagrado, ya tenemos un conuco suficientemente estéril.

5.- La pandemia podría producir (según otros), un gran incendio sanador cuyo combustible sería, otra paradoja, la escasez de combustible. De esta falta, pasaríamos al duelo de titanes: coronavirus inmovilizador vs hambre movilizadora. Esta posibilidad de obtener una cura para el mal venezolano, no luce probable pues la dictadura nos mantiene aislados, desarticulados, sin liderazgo. A lo sumo produciremos anarquía y más infectados, bajo el famoso y consabido esquema de candelita que se prende, candelita que se apaga.

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6.- Algo muy serio nos ocurre como sociedad para ser capaces de superar la ficción y a la vez ser ineptos para defender nuestro futuro. Si en Mad Max, tras una hecatombe nuclear, Tina Turner puede controlar la producción de energía a partir del excremento de los cerdos, nosotros en cambio, con una industria petrolera cuyos orígenes son más que centenarios, y a pesar de poseer las mayores reservas petroleras del mundo, hoy somos incapaces de producir la gasolina para llevar los requeridos de diálisis a un centro asistencial (sin la ocurrencia de una hecatombe nuclear). Lo cual significa que somos capaces de tolerar un genocidio silencioso.

Pero no se debe perder la esperanza y la fe, pues siempre se puede estar peor. En la historia suele aparecer el factor X. El imponderable. Por lo demás, los cubanos han sobrevivido 60 años de cuarentena, incluyendo un Período Especial con un número incalculable de víctimas fatales. Así, el coronavirus nos da la gran oportunidad de precisar el nivel alcanzable por nuestros verdugos. Pero también nos muestra la infinitud de nuestra indolencia.

Hasta donde se sabe, no existen experiencias históricas para sociedades de progreso, que hayan logrado cambios entendidos como positivos, sin una élite con vocación de poder, dispuesta a cargar sobre sus hombros el peso de tales cambios. La responsabilidad en el nivel de postración al cual ha llegado este desdichado país, ya no puede ser atribuida sólo a la maldad de unos gobernantes ladrones, validos de la bondad de un pueblo chévere. Tal destrucción no habría sido posible sin el silencio, la omisión y complicidad de una sociedad enferma antes de la llegada del coronavirus.