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¿Se puede ser optimista en Venezuela? Aquí hay tres razones para serlo

martes 21 de abril de 2020, 15:38h
Juan Pablo Olalquiaga (Konz).- La historia venezolana de las dos últimas décadas no es constructiva, no cabe dentro de una narrativa de desarrollo y configura una foto de debilidad institucional y nacional. Como país, ha sido un tiempo esencialmente perdido, durante el cual la sociedad se ha estancado y una porción de ella se ha pervertido.
Las empresas en Venezuela han resistido a pesar de todo / Foto: Pixabay
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Las empresas en Venezuela han resistido a pesar de todo / Foto: Pixabay

Para una familia cualquiera de clase media –esa clase que debe ser la porción más voluminosa de todo país estable–, la vida se ha vuelto imposible de planificar, habiéndose empobrecido y fragmentado. ¿Qué debe ser la vida? Según la filósofo Marta Nussbaum, el desarrollo de la vida consiste de una serie de capacidades fundamentales que las personas deben poder ejercer; éstas incluyen la búsqueda de la longevidad, tener salud, experimentar seguridad, tener alfabetización, desarrollar el conocimiento, gozar de libertad de expresión, y tener acceso a la participación política. También incluye otras oportunidades aún más difíciles de cuantificar, como las capacidades de experimentar recreación, de tener afiliaciones sociales y desarrollar relaciones con ataduras emocionales sanas.

¿Podemos los venezolanos planificar nuestras vidas sobre la base de desarrollar y ejercer estas capacidades? ¿Son nuestros problemas tan profundos como para considerarlos del tejido social, o más bien sólo de políticas públicas?

En este periodo de veinte años, el infame teniente coronel Hugo Chávez cultivó lo que podemos llamar la era de la “misantropía venezolana” – no en el sentido del desprecio por el hombre, sino en el sentido de la dicha por la desgracia ajena, como el júbilo de un gobierno sordo y sonriente ante la destrucción que causa. Durante este tiempo, la esencia de la vida en institucionalidad, y la cotidianidad que de ahí se desprende, se fracturaron.

Así, una precaria separación de poderes públicos, en lugar de fortalecerse, desapareció.

Cabría preguntarse si compañías con tantas fortalezas como American Airlines, Boeing, o una gran tienda como Bloomingdale’s hubiesen sobrevivido en circunstancias similares a las que nosotros hemos transitado.

Así, las bases electorales del sistema democrático, cuyo principio de alternabilidad funcionó durante 40 años, se manipuló para ofrecer tan sólo una apariencia de legitimidad.

Así, las expectativas de conseguir trabajo en una empresa en crecimiento, o de emprender un negocio sobre la base de una idea innovadora, cedieron camino a intermediar un canje de divisas o a importar deshonestamente basura a través de una autorización de CADIVI – siempre que la basura estuviese suficientemente sobrevalorada.

Así, la posibilidad de adquirir una vivienda mediante un crédito hipotecario de largo plazo se extinguió, para ceder el paso a entrar en una lista de Misión Vivienda, en la cual ni vale ni se posee la propiedad, sino sólo el comodato regalado de un apartamento.

Así, las oportunidades de enviar a los hijos a colegios o universidades privadas para procurarles una mejor educación se desvanecieron, pues los precios de esos colegios y universidades hicieron imposible sostener las remuneraciones necesarias para mantener profesores de calidad.

El Indice de Desarrollo Humano en Venezuela

En medio de esta fractura de la esencia de la vida y de la cotidianidad, las familias venezolanas enviaron a sus hijos a educarse a otros países, con la esperanza de que regresasen – pero ese regreso no ocurrió, y las familias venezolanas se fragmentaron. Y, mientras sufrimos nuestra pesadilla local, el mundo no ha parado: la digitalización ha sustituido innumerables puestos de trabajo profesionales; la especialización ha dividido a la humanidad entre aquellos que tienen las competencias, y aquellos que no entienden bien lo que pasó; los algoritmos toman decisiones por nosotros que son mucho más racionales que las que nosotros mismos podríamos tomar. Y uno se pregunta, ¿dónde está la prosperidad a la cual yo una vez aspiré? ¿En dónde está la guaya que saca el paracaídas, para frenar esta caída libre? ¿Cómo consigo una nueva dirección en esta vida? ¿A qué bienestar puedo aspirar, de aquí en adelante?

La Organización de las Naciones Unidas, ONU, adoptó el Índice de Desarrollo Humano para evaluar el bienestar de las personas. Las políticas públicas de los gobiernos deben orientarse a conseguir el ascenso progresivo en este índice, fundamentado en consensos sociales – es decir, en la cosmovisión de la sociedad, que necesita estar convencida de los principios y valores sobre los cuales este ascenso se construye. Este índice está compuesto por tres pilares, que su vez miden múltiples variables relacionadas.

El primer pilar del índice mide la longevidad de las personas ­– su esperanza de vida. En Venezuela, a diferencia del resto de las Américas, la esperanza de vida promedio experimentó un pico de 73,1 años en el 2011, tras lo cual comenzó a descender, de acuerdo con cifras de ourworldindata.org. Entre otras cosas, esto se debe a que Venezuela eroga tan solo 3,2% de su PIB en salud pública – en comparación, digamos, con erogaciones de 17,1% en salud pública en Estados Unidos, según cifras de la revista británica The Economist.

El segundo pilar del índice mide los años de escolaridad de las personas. Para el año 2016, más del 85% de la población global de edad superior a los 15 años era letrada; para este año 2020, se proyecta que casi 3.500 millones de los aproximadamente 7.500 millones de personas que hoy viven tengan escolaridad primaria, secundaria o posterior. Venezuela no llega si quiera a ofrecer cifras oficiales confiables sobre estas cuestiones, pero el deterioro sostenido del sistema de educación venezolano está a la vista de todos.

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El tercer pilar del índice mide calidad de vida de las personas, considerada en términos del producto interno bruto per cápita. En Venezuela, el PIB per cápita cayó desde aproximadamente 11.000 de dólares en 2012 a 2.500 dólares en 2019: una caída superior al 75%, que nos coloca hoy por debajo de países tan pobres como Bolivia o El Salvador, y cerca de la mitad del nivel de PIB per cápita de un país como Guatemala. ¿Cuáles son los consensos sociales a los que necesitamos llegar para estructurar políticas que nos ayuden a revertir esta caída?

La llegada del general Belisario

En el año 468 d.C., los Vándalos (un pueblo de origen germánico, de conducta parasitaria y dedicados al pillaje) conquistaron los territorios romanos en el norte de África, que por aquel entonces eran un reducto estable de un Imperio decadente. Luego de haber ejercido una política meramente defensiva y de amedrentamiento contra sus enemigos, la aristocracia provincial romana, los Vándalos se encontraron incapaces de sostener las estructuras administrativas heredadas del sistema romano, conduciendo a la definitiva ruina de la región. Hacia el año 534 d.C., habiendo agotado el botín y causado la ruina, los Vándalos fueron expulsados por Belisario, un general del Imperio Bizantino, regresando la paz y la estabilidad a aquella frontera del Imperio.

La historia reciente de Venezuela guarda relación con la del norte de África de aquel momento. Así como el Imperio Romano había empezado su declive, Venezuela comenzó a vivir un proceso de decadencia económica y social desde mediados de los años ’70. Así como las provincias romanas en el norte de África, la decadencia de Venezuela ha alcanzado su cénit bajo la administración que, por similitud, puede describirse como enteramente vandálica del infame teniente coronel y de su sucesor. En Venezuela, este deterioro ha resultado en la pobre medición que podemos tener hoy en el Índice de Desarrollo Humano –pérdidas en la longevidad, escolaridad, y calidad de vida de los venezolanos– y su contraste con el claro crecimiento de la mayoría de los países de la región, del mundo occidental, y del mundo más amplio.

¿Qué sería de Venezuela si llegase a nosotros un general Belisario del Imperio Bizantino, enviado por un Emperador Justiniano? Un Belisario, pero del siglo XXI que en nombre de la lucha contra el narcoterrorismo pueda restituir la política como forma de alcanzar consensos sociales, en el marco de una institucionalidad que establezca los márgenes para un nuevo sistema democrático. La respuesta es obvia: comenzaría en Venezuela un acelerado y vigoroso proceso de construcción del país. Hay una larga lista de razones que funcionan como antivirales para ser optimistas sobre cuán exitoso puede ser ese proceso, pero aquí haré referencia a sólo tres de ellas que, considero, vale la pena debatir.

Tres razones para ser optimistas en Venezuela

La primera razón para ser optimistas es que Venezuela no podrá vivir exclusivamente del ingreso petrolero por mucho tiempo más. La adopción de tecnologías limpias para frenar el calentamiento global y su simultáneo impulso a través de legislación en muchas partes del planeta ha puesto fecha –la cual es objeto de debate, pero fecha en todo caso– al pico de la demanda petrolera. Este pico, además, ha sido ahora impactado por lo que The Economist plantea como los cambios asociados a la pandemia del COVID-19: la pandemia no solo traerá una disminución puntual de la demanda de petróleo, sino que causará cambios profundos en la conducta de los seres humanos que, habiendo descubierto el trabajo a distancia como forma efectiva de desempeño, requerirán desplazarse en automóviles y aviones menos que antes. Esto, claro, al margen de la situación vandalizada de la industria petrolera venezolana, que ha mostrado su cara más diáfana en el agotamiento de la gasolina que hoy sufrimos.

La segunda razón para ser optimistas es que, llegando a lo que parece ser el final de esta experiencia socialista, conceptualizada en un Estado totalitario, surge un venezolano muy distinto del que entró en ella hace veinte años.

Pero, ¿por qué es esto algo bueno para la construcción de una Venezuela futura? Según el politólogo Francis Fukuyama en su libro El Final de la Historia y El Último Hombre, el mundo está destinado a instrumentar la democracia liberal como el sistema de gobierno más eficiente. De igual modo, el hombre que construye y se desenvuelve en una democracia liberal se desarrolla dentro del principio Hegeliano de la independencia del espíritu individual, alcanzando su realización máxima como ciudadano libre y desarrollándose a través del trabajo que sustenta esa independencia. Este concepto Hegeliano es la esencia de una sociedad capitalista que adopta el libre mercado. Fukuyama, que sostiene como verdadera esta concepción, aclara que existe para ella una excepción: los petroestados, por ser sociedades en las que el trabajo y los ingresos no están vinculados. Por tanto, la percepción de que Venezuela requerirá construir ingresos distintos de los petroleros sobre la base del esfuerzo y del trabajo individual demarca la construcción de una sociedad muy distinta en los años venideros de la que hemos tenido hasta ahora.

La segunda razón para ser optimistas es que, llegando a lo que parece ser el final de esta experiencia socialista, conceptualizada en un Estado totalitario, surge un venezolano muy distinto del que entró en ella hace veinte años, un venezolano que parece haber aprendido de los muchos errores cometidos. El venezolano de hoy, según rigurosos estudios privados muy recientes, es marcadamente liberal, y muy especialmente lo son los venezolanos de los estratos socioeconómicos C, D y E.

Estos venezolanos de hoy consideran no sólo que el sector privado es necesario para la recuperación del país, porque lo vinculan con la creación de empleo y la producción de bienes y servicios, sino que tienen en alta estima a la empresa privada. Consideran, además, que la empresa privada debe operar sin controles de precios u otras obstrucciones impuestas por el Estado, con inversión individual nacional y en un marco de respeto a la propiedad privada. Asimismo consideran que el Estado no debe asumir el rol de productor, sino que debe apoyar a las empresas. Creen, también, que la falta de conciencia electoral condujo a la escogencia pasional y equivocada del populista Chávez; que Chávez produjo malas políticas públicas, y que con su regaladera malacostumbró a las personas; que lo que Chávez ha debido hacer fue incentivar el trabajo y la producción.

Estos venezolanos de hoy, además, valoran la educación, pues manifiestan que los niños no deben pasar de grado sin tener los conocimientos suficientes; que es necesario recuperar los valores y principios; y que la formación de profesionales es fundamental para el desarrollo del país. Este conjunto de conceptos, por sí solos, constituye el fundamento de un contrato social muy distinto al que hemos tenido estos últimos veinte años.

La tercera razón para ser optimistas es que la sociedad venezolana ha demostrado cabalmente su resiliencia e ingenio. Una demostración de esto es su empresariado: habiendo experimentado una contracción de la economía del orden del 70% en los últimos seis años –una contracción de casi tres veces la talla de la Gran Depresión americana– y una contracción de la demanda individual cercana al 85%, ha logrado mantener operativas a empresas que, además, sobreviven en hiperinflación, sin financiamiento, en medio de un sistema tributario depredador, y haber perdido por el éxodo migratorio más importante de las Américas una parte fundamental de su talento humano. Además, las empresas han experimentado las conocidas precariedades cotidianas como las carencias de electricidad, telecomunicaciones, agua potable y seguridad personal.

Cabría preguntarse si compañías con tantas fortalezas como American Airlines, Boeing, o una gran tienda como Bloomingdale’s hubiesen sobrevivido en circunstancias similares a las que nosotros hemos transitado, a la luz de que requirieron, casi inmediatamente, fondos del Tesoro americano al ver sus niveles de actividad caer como consecuencia del COVID-19. Así, pues, destaca la resiliencia de todos los grupos que integran la sociedad venezolana, que han sobrevivido los embates que nos han traído hasta aquí.

Tomando en consideración estas tres razones, parece que hay mucho a nuestra disposición con lo cual comenzar a construir nuevamente un país una vez salgamos de esta era de la “misantropía venezolana” – pese a que el mundo no hará una parada para que nosotros nos pongamos al día. La vida es un continuar que no se detiene y, cuando uno se queda atrás, hay que correr para alcanzarla – y las políticas públicas que requerimos lo único que deben procurar es ayudarnos a todos a dar esa carrera.